Cómo extendemos el terror sin querer

Cómo no. Otro artículo de opinión sobre el atentado de Barcelona. Y los que quedan. Así es como contribuimos los articulistas a extender la onda expansiva del terror. Cada uno lo hace desde su lugar en la sociedad, con sus propios medios. En lugar de contenerlo, lo extendemos y multiplicamos. Sin quererlo ni saberlo.

Cuanto más queremos que acabe, más preparamos el terreno para que se repita en el futuro. Como insectos atrapados en la telaraña, con cada retortijón y cada gesto de resistencia “No tengo miedo”, nos envolvemos más en esa sustancia emotiva tan viscosa, pegajosa y grimosa. Porque somos la sociedad más formada e intelectual, pero la más emocionalmente inculta, ignorante y vulnerable que ha existido nunca.

Desde que ocurrió la terrible tragedia que ha cambiado nuestra historia para siempre, los medios han corrido desesperadamente tras el morbo de la última noticia. Los políticos han aprovechado la atención mediática para promover sus ambiciones personales. Lamentablemente. Los ciudadanos de a pie han filmado a los muertos y a los moribundos. Y los demás hemos inundado las redes sociales con comentarios llenos de temor, odio, repulsa, condena implacable y enjuiciamiento de todos los culpables que hayamos podido encontrar.

Vomitamos nuestras emociones para descargarnos del horror que se nos ha pegado. Ese alivio momentáneo que sentimos al enviar un whatsapp a todos nuestros amigos con el vídeo de un señor mayor llamando “mamones de mierda” a los terroristas. Ese sentimiento de implicación en la tragedia que nos invade al retwitear críticas culpando a esa religión, este partido o aquél político. Ese artículo sabelotodo puntillosamente relleno de datos y ese ridículo comentario en tertulia mediática sobre cómo ha sido una conspiración de esta policía o aquella guardia. Todos estos millones de gestos individuales sirven solamente descargar nuestro espanto, extendiendo así la ola global de terror que detonaron los terroristas.

Es comprensible. Es tan tentador. Tan desagradable y espantoso es el conjunto de sensaciones y sentimientos que se despiertan en nosotros al presenciar un acto lleno de odio ciego, destrucción impersonal y pura locura. A manos de un puñado de chiquillos que aún no saben nada de la vida. Para más INRI. 

Lo único que detiene esta ola expansiva de sentimientos pegajosos, venenosos y dolorosos, sin embargo, es hacernos conscientes de cómo nos están afectando. Detenernos un momento, hacer el silencio y vaciar la mente. Sí. Eso tan pijo y trendy: meditar. Pero no para sumar puntos en la app inconsecuente que nos hace “coaching” de “mindfulness”. No. Sino para llorar. Para chillar. Para descargar nuestras emociones en un sitio donde no impacten ni contagien a nadie más.

Los expertos en trauma conocen muy bien esto que nos ha pasado a todos mientras leíamos periódicos y veíamos vídeos de asesinatos masivos: “traumatización vicaria”, según lo define el Dr. David Berceli. Otros lo llaman “estrés traumático secundario” o “desgaste por empatía”.

Es el cambio de pensamientos y sentimientos que se produce en una persona por el solo hecho de presenciar un evento traumático en un individuo cercano. Ya sea porque está ahí delante, o porque se lo cuenten. Y es típico en personas que ayudan constantemente a víctimas de violencia, graves enfermedades y abusos. Se acumula con el tiempo hasta dejar a estos ayudadores insensibles e incapaces de empatizar. Súper deprimidos.

Todos nosotros hemos presenciado un acto de una violencia descomunal. Hemos empatizado con las víctimas. Y hemos empezado a sentir todas las emociones que sacuden un cuerpo durante un evento traumático, es decir, un evento de vida o muerte: la rabia asesina que pelea contra el culpable, el temor paralizante, el dolor insoportable de la pérdida, y peor que todo esto, la pegajosa, viscosa e insoportable sensación de que todo está perdido y sólo queda esperar la muerte. De que no merece la pena seguir viviendo.

En la Biblia hay una historia de Jesús que dice que si te pegan, que pongas la otra mejilla. Yo he tardado toda mi vida en entender esta historia. Porque no se trata de ir de buenista idiota por la vida. Para nada. Se trata de contener la violencia del otro hasta que vuelva a calmarse y ser persona. De no responder emocionalmente a su golpe. De permanecer blando, compasivo y comprensivo. Estoy segura de que debe haber historias similares en las demás religiones. Es un mensaje recurrente en muchas líneas de espiritualidad y crecimiento personal. Y un proceso de sanación observado en tribus indígenas.

No se puede forzar ni fingir, ni tampoco es fácil comprender esta idea cuando el golpe en la mejilla ha asesinado a quince inocentes de modo brutal y despiadado. Lo que sí se puede hacer es contener nuestra reacción emocional y expresarla solamente en un entorno seguro, en el que no impacte ni contagie a nadie más.

Y así, de dolor incomprensible en tragedia terrible vamos entrenando una capacidad personal para frenar la onda expansiva de los violentos. Porque la violencia en todas sus formas, no lo olvidemos, es en sí un síntoma de síndrome post-traumático. Una deformación de la persona. Una herida terrible del pasado aún sin curar.

Y lo único que disuelve la oscuridad, el odio y la violencia más absoluta es el amor, la luz, la humanidad, la otra mejilla. La blandita comprensión que no juzga ni increpa. Que solo lamenta profundamente tanto, tantísimo dolor. 

 
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