Civilización y barbarie

Llevo varios días en silencio, observando y dejando reposar mis emociones. Son estos tiempos de especial densidad histórica, momentos decisivos que marcarán nuestro futuro y que -por eso mismo- exigen ser vividos con conciencia y reflexión. La rebelión de las masas de Ortega y Gasset está siendo mi compañera de viaje en esta amarga travesía y, como un faro, alumbra gran parte de la oscura necedad que nos rodea. 

Con la pluma, se han dejado en casa la cabeza, el corazón y el alma.

Necedad promovida por políticos de uno y otro color que han hecho de la trinchera su modo de vida, y de apagar fuegos con gasolina su peculiar modo de movilizar a las sociedades para obtener un rédito electoral de cuanto sucede. Necedad amplificada por periodistas al servicio del poder que no buscan la noticia sino la propaganda, que no hacen la foto que informa sino la que favorece a los intereses publicitarios de quienes retribuyen su trabajo. 

¿Dónde están hoy todos esos intelectuales con vocación de traer claridad frente a la confusión, comprensión frente al enfrentamiento y paz frente al conflicto y la violencia?  Muchos parece que han dejado la pluma para tomar la espada… Y que, con la pluma, se han dejado en casa la cabeza, el corazón y el alma.

Mil veces habíamos advertido, en éste y en otros foros, de que el desencuentro entre el nacionalismo catalán y el nacionalismo españolista no iba a traer nada bueno, que cuando dos egos se enfrentan desde la sordera y el egoísmo sólo cabe el choque de trenes. Lamentablemente, la profecía se ha cumplido. Los últimos tiempos --y especialmente los últimos días-- son la muestra palpable de ello. Los trenes han chocado, y hay heridos entre los viajeros, aunque todavía no entre los maquinistas… Y hay familias indignadas, eso sí, en uno y otro vagón.

La sociedad se está polarizando, y en esa polarización está perdiendo su capacidad de discernimiento para volverse una moldeable y manipulable masa unida por unos sentimientos comunes, alimentados y dirigidos por medios de comunicación reconvertidos en aparatos propagandísticos de políticos interesados, y lanzada contra la otra trinchera como arma arrojadiza que no se angustia por ello.

Políticos que utilizan a los ciudadanos como piezas de un tablero de ajedrez para el que no somos más que instrumentos

¿Nadie se da cuenta de lo peligroso que resulta el recurso a la violencia como instrumento político? ¿Nadie es consciente del riesgo que supone saltarse las leyes de un estado para obtener los objetivos deseados por medio de la acción directa y la conquista de las calles? ¿Nadie ha caído en la cuenta de que quienes hoy se saltan las normas de una sociedad agonizante, mañana se saltarán las del nuevo estado que quieren construir? ¿De verdad nadie percibe que la convivencia se está resquebrajando y que los ánimos se están caldeando aumentando peligrosamente la presión social? ¿Nadie nota en el aire el olor a sangre que está estimulando a los tiburones políticos que nos rigen y que, en sus feroces apetitos y ansias, son capaces de llevarse por delante cuanto haga falta? 

Y no hablo sólo del gobierno de España o de la Generalitat, también los líderes del resto de partidos están mostrando su peor rostro al actuar movidos por sus ansias de poder y no de lograr la paz social.  Auténticos demagogos a los que no importa estrangular a su pueblo, si ellos van a sacar beneficio de eso. Son como los “señoritos satisfechos” de los que hablaba Ortega: niños mimados acostumbrados a hacer su santa voluntad, a tener a todo y a todos a su servicio, a exigir derechos sin acordarse de las obligaciones que acompañan a éstos. Políticos que utilizan a los ciudadanos como piezas de un tablero de ajedrez para el que no somos más que instrumentos.

Hace tiempo que muchos nos quejamos de que España, como tal, carece de misión y de proyecto.  Que ha dejado de ser una empresa ilusionante.  Que no es consciente de la cultura y riqueza propias de cada una de sus tierras. Que se mira el ombligo, y no al futuro. Que sólo atiende al eco de su voz y no a las palabras de quienes tiene enfrente. El gobierno de España ha creído que -para ser una nación- basta con tener una historia común, y ha olvidado que es preciso lo que Renán denominó “el plebiscito cotidiano”. Por eso las naciones están siempre haciéndose… O deshaciéndose. 

La tentación de poner los cojones encima de la mesa y demostrar que él es más fuerte, que él garantiza el orden en esa casa

Y hoy España se deshace, mientras que la Cataluña independentista ha encontrado una ilusión que la une, un sueño que la mueve… Aunque, en opinión de muchos, sea hacia el abismo. La Cataluña independentista es como el hijo que decide irse de casa. El que ya tiene bastante de las normas de su padre, de que entren en su habitación y le exijan que la limpie, de tener un horario y de tener que colaborar con una familia de la que afectivamente se siente muy distanciado. El adolescente que no es capaz de contener su mala leche, incluso algún portazo, el que no se siente ni entendido ni valorado, y prefiere los riesgos de marcharse que la seguridad de seguir con una vida que no le satisface. Puede que le falte experiencia, pero le sobra coraje. Además, el bofetón que recibe de su padre cuando dice que quiere marcharse, tampoco ayuda mucho a convencerle para que se quede… Más bien le anima a devolverse antes de despedirse para siempre.

Por su parte, puede que “el padre” --el gobierno de España-- no sepa más, que le cueste expresar sus sentimientos, que no haya prestado más atención a su hijo porque parecía que “iba solo”, que sus quejas eran “cosas de la edad”, porque estaba preocupado por sus propios problemas de adulto, porque no le salían los números, porque otros de sus hijos también le reclamaban tiempo y atenciones, porque estaba “deprimido” porque no encontraba sentido a su existencia, o porque quería irse de gin-tonics con sus amigos…  Durante mucho tiempo obvió el problema y, al encontrárselo encima, optó por esa violencia que nace de la inseguridad, del miedo a la pérdida. La tentación de poner los cojones encima de la mesa y demostrar que él es más fuerte, que él garantiza el orden en esa casa. Olvidó que Auctoritas y Potestas no son lo mismo, que uno no manda porque tenga fuerza sino que tiene fuerza porque manda, porque se ha ganado la obediencia (que le escuchen con atención y voluntad de seguimiento) demostrando lucidez y bondad.

El amor sólo cabe en un entorno de libertad, afecto, escucha y diálogo

Es difícil recomponer una relación rota, sólo el amor es capaz de cicatrizar las heridas e integrar la historia compartida, con sus luces y sus sombras. El amor exige mirar al otro atendiendo a la mejor versión de sí mismo, desde la mejor versión de nosotros mismos, y aceptando que cada uno es como es. El amor exige un esfuerzo por empatizar con sus sentimientos y necesidades, comprendiendo que no todos somos iguales y que no podemos exigir a los demás lo mismo que nos exigimos a nosotros mismos. El amor exige asumir que --como defiende el hermetismo-- en ocasiones es preciso separar para unir y, al mismo tiempo, que la mayor parte de nuestros problemas y dificultades nacen de nuestras acciones y omisiones, de nuestras carencias y limitaciones, y no de un tercero al que convertimos en excusa para justificar todos nuestros fracasos. El amor sólo cabe en un entorno de libertad, afecto, escucha y diálogo. En un escenario abierto a nuevas posibilidades, lejos de las amenazas, presiones y chantajes a los que es tan fácil recurrir cuando uno se siente herido o atacado. Es preciso comprenderse para entenderse, y eso exige enterrar -todos- el hacha de guerra.

Debemos recuperar la civilización antes de que sea tarde, antes del advenimiento de la barbarie.  Como decía Ortega y Gasset: “civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia. Se es incivil y bárbaro en la medida en que no se cuente con los demás. La barbarie es tendencia a la disociación. Y así todas las épocas bárbaras han sido tiempos de desparramamiento humano, pululación de mínimos grupos separados y hostiles”. 

Todos tenemos a un bárbaro dentro, estos últimos días lo han puesto de manifiesto, en uno y otro bando. Pero también tenemos un corazón humano que late y que es capaz de abrirse a los demás buscando su bien y su felicidad… Incluso cuando no piensan como nosotros, incluso cuando son una minoría, incluso cuando podríamos imponerles nuestra voluntad.

¡Ojalá cada uno de nosotros se decida -en estos tiempos decisivos- a ser instrumento de civilización y no de barbarie! Todos saldremos ganando. Hoy y siempre.  

 
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