Cara de tonta

Hace muchos años mi padre me dijo que había visitado a un cliente en Torre Picasso y cómo se había sentido tonto al enfrentarse a las máquinas de acceso. Eran de las primeras máquinas automáticas que veíamos en la entrada de edificios inteligentes en Madrid. Ahora la que me siento tonta soy yo.

Resulta que me han robado unos sesenta euros en una falsa compra por internet. Menos mal que utilicé Paypal como parte de mis criterios estándar de prudencia al comprar en webs que no conozco.  

Un domingo por la mañana me dispuse a perder el tiempo en Facebook, el cual se ha convertido en un vecino más de mi vida, como podría serlo el panadero, el portero de casa o el chico alto y delgado que pasea un perro Husky color canela por mi calle. El gigante tecnológico aterrizó en nuestras vidas hace años y ya es como uno más. Te da confianza tan solo porque llevas años tratando con él sin sorpresas.

Me encontré un anuncio por unos zapatos Furoshiki que se abrazan al pie y se pliegan a un tamaño mínimo para llevarlos en el bolso. Llevaba tiempo buscando una solución para los días de viajes largos de trabajo, en los que quiero ir cómoda en trenes, aviones y largas estaciones o aeropuertos, pero luego quiero llevar un zapato decente cuando llegue a la oficina de mi cliente.

Obviamente en Facebook saltan miles de anuncios ridículos de aparatos improbables que resuelven problemas típicos de estética: desde pestañas perfectas hasta sujetadores mágicos, pasando por dientes inmaculados. Colchonetas inflables o gadgets plásticos de cocina que parecen estar predestinados a contaminar nuestros océanos antes o después.

Pero nunca se me había ocurrido pensar que los anuncios de Facebook pudiesen ser un robo explícito. Tras hacer click sobre el anuncio de zapatillas Furoshiki, llegué a una web llamada “Addict Gear”, elegí mi talla y color, y pagué mis sesenta euros con Paypal, pensando que ya por fin había resuelto este reto logístico de viaje. Aunque tendría que esperar treinta a cuarenta días, según me informaron en el email de confirmación que me llegó. “Buff!”, pensé, “será que me los envían en un contenedor gigante desde China”.

Los eché en falta cuando me hice un viaje de ida y vuelta de Madrid a Barcelona hace un par de semanas, pero pensé que ya sería el último viaje de pies incómodos y cansados. Los vi anunciados ese sábado en la carta editorial del YoDona y pensé, “¡Qué lista he sido! ¡Yo ya los he comprado!”

Nunca llegaron. El email desde el que me confirmaron mi compra nunca respondió a mis solicitudes de información. Revisé la web del proveedor y metí mi número de pedido en su sección de seguimiento, pero resulta que no existe mi número, y que sus emails de contacto se escriben con ortografía diferente a los que me habían enviado mi confirmación. “Uy… esto es mala señal”, pienso. Escalo mi transacción a Paypal tras comprobar que el vendedor tampoco respondía a los mensajes enviados mediante el centro de resolución de disputas.

Busco y rebusco en Facebook a ver dónde contactar con ellos y explicarles lo ocurrido a ver qué me dicen. Envío dos mensajes. Ya no recuerdo qué he escrito en español y qué en inglés porque en realidad no sé con quién estoy tratando. Tampoco sé si algún día los leerá alguien. Y el link del anuncio al que respondí en su momento ahora me lleva a una página que no existe.

En definitiva. Me siento bastante tonta. Dudosa de que Paypal me devuelva el dinero, dado que han pasado más de treinta a cuarenta días desde la compra y yo no me he quejado hasta ahora. Habituada a comprar cosas en internet, creo que sé dónde me meto y más o menos cómo moverme. Pero Facebook me ha roto los esquemas.

Porque Facebook es como la viejecita que ves todos los días en la parada del autobús desde hace tres años, y no se te pasa por la cabeza que ahora vaya a colaborar con unos rufianes que te van a atracar. Vale que tiene amigos coloristas vendiendo cachivaches inservibles, pero de ahí a que te saquen la pasta descaradamente hay un trecho. Confías en la plataforma porque llevas años usándola más o menos. Está llena de amigos y familiares enviado vídeos de animales y diciendo tonterías.

Y al final resulta que Facebook no es más fiable ni seguro que la Gran Vía de Madrid o el Metro de Barcelona, lleno de carteristas y timadores esperando a que te distraigas. Sólo que cuando te roben no tendrás a dónde llamar, no habrá ningún policía cerca. Tan sólo un buzón de sugerencias. Escribirás a una empresa que pone más recursos en desarrollo de software que en atención al cliente, y que, visto lo visto, no se hace muchas preguntas sobre quién le paga por anunciarse en sus páginas.

Ya ves, papito. La tecnología nos pone cara de tontos a todos. Antes o después.

 
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