Anuncio: vendo datos virtuales por un café en La Castellana

Está a punto de entrar en vigor la ley europea de protección de datos GDPR. No hago más que hacer clicks diciendo “sí” o “no” a todas esas empresas concienciadas que, sabiendo que la posesión de mis datos les puede comprometer, me anuncian que tengo que aceptar esta o aquella nueva cláusula en un contrato tipo Google o Facebook, que no he leído anteriormente porque no baja de catorce páginas.

A algunos les preocupa tanto lo de los datos que incluso en Emiratos el Consejo de Negocios de Canadá organizó unas sesiones informativas ya en febrero o marzo, para que nadie se perdiera. Otros han visto el filón que supone negociar los datos y te proponen volcar tu vida virtual en su app, o lo que es lo mismo, vender tu comportamiento de buen ciudadano, para que tu teléfono anuncie tu presencia al pasearte y los comercios te inviten a café, porque les gusta que se vea a gente cool en la terraza. En Secco, británica para más señas, tienen un concepto muy idealista de lo que vale cada uno digitalmente hablando, porque no hay muchos más beneficios aparte de las invitaciones de los pequeños comercios –que también ganan visibilidad-, pero hay otras opciones que permiten, sin ser un influencer de pacotilla, sacarse un dinerillo vendiendo los datos aquí y allí. Datum se dedica a eso: sus clientes les permiten vender sus datos y a cambio la empresa les paga en criptomonedas que pueden redimir en el mismo sistema. En cualquier caso, para que los datos sean más vendibles lo mejor es quedar bien con todos y tener pocas controversias en las redes, así que deje las pancartas y los pasquines en casa.

Otros se restriegan por las narices las leyes de protección europea: un proyecto estrella de “la última milla” en Dubai, con sus sherpas para subir la compra a casa, prometía a los inversores que no malgastarían ni un céntimo porque su app controlaba al vecindario hasta límites insospechados. Inocentemente, les pregunté cómo sabían si sus usuarios estarían de vacaciones en julio o en agosto –ojo, aquí no hay persianas para ver si están subidas o bajadas- y la respuesta fue fulminante: “Porque podemos saber los billetes de avión que compran”. Qué mareo me entró. Aplicaciones como Yesware se anticipan al cliente y le llaman cinco minutos de su hora habitual para pedir una pizza el sábado noche -la estrategia podría discutirse como acoso al cliente-. Pero que el frutero que sube los tomates sepa mis fechas para irme al Caribe o al Naranco en bicicleta, es demasiado. Inquirí si sabía que ese espionaje era poco menos que ilegal con clientes europeos, y acabamos mal, negándose a comprender que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento. De vuelta a casa, decidí que subiría la compra para trabajar mi corazón, subiría la información sana a mi perfil, y a cambio, las terrazas de La Castellana me ofrecerían un expresso este verano al verme pasar. Con mucho hielo, por favor.

 
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