¿A setas o a médicos?

Tenemos que aclarar ideas para mantener el bienestar social.

Los médicos no son setas que crecen de repente después de la lluvia otoñal.

En estos días miles de titulados en medicina acuden nerviosos a realizar las pruebas del famoso MIR. Llevan ya estudiando medicina media docena de años, y aún les falta una formación adicional para poder ser endocrinos, oftalmólogos, internistas, estomatólogos etc. Alguno será incluso gerontólogo. Y después del MIR, comenzar a trabajar. Con toda la dedicación que esta profesión absorbe, es lógico que requiera una gran vocación y goce de un merecido prestigio social.

Ser médico implica años de formación, en muchos casos financiada básicamente por el Estado. El coste que supone a las arcas públicas lograr un nuevo médico en la universidad pública supera ampliamente los 60.000 Euros. Y estamos generando muy buenos médicos, pero ¿suficientes?

Un amigo economista me recordaba los principios fundamentales para que funcione una economía de mercado competitiva: oferta ilimitada, ajuste instantáneo de precios y cantidades. Indudablemente, no aplican en el ámbito médico. Ofertar un nuevo médico conlleva una década y, en consecuencia, el número de estudiantes que accedan a la facultad este año debe estar en función de la demanda y la oferta esperada dentro de diez años.

Adicionalmente, por el lado de la oferta, se subestima que también los médicos se jubilan. Por lo tanto el número de nuevos médicos debe compensar las bajas más el incremento esperado de la demanda. 

Distribución por edad de los colegiados por profesión sanitaria

Como se desprende del anterior gráfico, la mitad de los médicos se van a jubilar en los próximos veinte años. En efecto, el colectivo profesional de los médicos tiene un perfil más envejecido que la media. Sólo por este hecho, deberíamos reconsiderar inmediatamente el restrictivo acceso a la formación superior en medicina que existe actualmente.

Pero es que además está el factor de la demanda. El proceso de envejecimiento de la sociedad nos conduce a una reducción del número de niños (con menor demanda de pediatras), pero un crecimiento tan intenso como previsible de las personas de mayor edad, que lleva asociado un crecimiento explosivo de las prestaciones sanitarias. Las compañías de seguros de salud conocen bien que, tras los sesenta y cinco años, la demanda del uso de los servicios sanitarios y su coste medio se dispara, por lo que intentan paliarlo con tarifas que crecen exponencialmente con la edad, y reducen el número de asegurados mayores.  Por lo cual, de prolongarse en el tiempo este curioso efecto crowding-out inverso, recaerá un coste adicional en el sector público.

Pirámides de la población en España

Para la profesión médica y para el Ministerio, este gráfico debería ser su clave de planificación. Los jóvenes que ahora ingresan en la facultad con dieciocho años tendrán que atender mayoritariamente a personas mayores de cincuenta y cinco años, con achaques mayores o menores, pero recurrentes. Muchos de ellos crónicos. En 2039, cuando los hoy estudiantes alcancen los cuarenta años, la mayor cohorte de edad de nuestra historia llegará a los sesenta y cinco años y saturará las consultas (las públicas especialmente) si no hacemos algo en los próximos años.

Estamos a tiempo de crear suficiente número de médicos y especialmente gerontólogos, aunque para esto necesitamos cambiar de mentalidad. Hasta hoy predomina la idea de que las facultades de medicina deben generar médicos de alta calidad pero en pequeña cantidad. En la práctica lo que conlleva es emplear mal muchos recursos públicos para formar facultativos con tanta calidad que emigran a naciones donde les pagan mejor. Y, a la vez, nosotros importamos médicos con menor coste y de calidad no tan homologada.

¿No sería más sensato ampliar el número de estudiantes hasta que puedan atender a la demanda previsible de servicios sanitarios? ¿E impulsar especialistas gerontólogos? Estamos a tiempo. Todavía.

 
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