¿A los políticos les mola la corrupción?

El constante goteo de noticias sobre casos de corrupción que nos brindan los medios de comunicación, parece que se ha convertido en un tsunami en los últimos días. No importa el diario que leas, la emisora de radio que escuches ni el canal de televisión con el que te martirices: la corrupción es la que marca la actualidad, la principal protagonista de todos los noticiarios.

Parece que todo vale por la pasta, que los discursos sobre honradez y ética de nuestros prohombres no son más que un nuevo y cínico Club de la Comedia, en el que son ellos quienes se ríen de nosotros. Políticos que -- tras hacer mil promesas -- han sido escogidos por los ciudadanos para velar por el Bien Común, para conducirnos a un mañana mejor. Dedican su capacidad y esfuerzos a llenarse los bolsillos a cuenta del contribuyente, del empresario, de los necesitados o de quien haga falta.

No hay vergüenza, ni pudor. No importa el partido en el que uno milite, sinvergüenzas y ladrones crecen en todas las casas. Ante este espectáculo, nosotros -- cual nuevos fariseos -- nos llevamos las manos a la cabeza y nos rasgamos las vestiduras, arremetiendo contra la bajeza moral de los políticos y de los directivos de los grandes emporios empresariales, bancarios o burocráticos. ¡Seremos hipócritas! 

Tengamos el valor de mirarnos a nosotros mismos para responder con sinceridad a estas sencillas preguntas: ¿Nunca te has llevado un bolígrafo del banco después de firmar? ¿Nunca has guardado en tu bolsillo un mechero que no era tuyo? ¿Nunca te has quedado con un libro que te prestaron y que decidiste no devolver? ¿Nunca has impreso documentos personales en la impresora en color del trabajo? ¿Nunca te has llevado a casa folios de la empresa en la que trabajas para poder escribir o imprimir? 

La mayoría de nosotros somos tan corruptos como quienes hoy ocupan todas las portadas porque tenemos tendencia a mirar por nosotros mismos, porque no prestamos atención al daño que hacemos cuando éste nos va a producir un beneficio, porque nos apropiamos de todo aquello que podemos… Siempre que nos parezca que no hay riesgo (para nosotros, por supuesto) al hacerlo. Quien trabaja en una oficina no tiene al alcance millones de euros, sólo los bolígrafos y los folios… ¡Y hay que ver cuántos bolis y paquetes de hojas desaparecen! 

¿Y pensamos que no haríamos lo mismo si pusieran a nuestro alcance más dinero del que ganamos en un año y estuviéramos convencidos de que no hay riesgo de que nos pillen “porque lo hace todo el mundo”, porque “es práctica habitual”,  porque “si no lo hago yo lo hará otro”?. Tal vez podamos poner la mano en el fuego por nosotros mismos el primer día o el segundo o el tercero… Pero cuando jornada tras jornada se repiten esas prácticas, uno lo ve con sus propios ojos, y ve que no pasa nada…, ¿realmente seríamos capaces de mantener nuestras convicciones y nuestra integridad? ¿O nos sentiríamos idiotas por no aprovechar la oportunidad?

La corrupción no es más que la consecuencia del camino que -- consciente o inconscientemente -- se nos ha recomendado.  Se nos educa en una mentalidad economicista, materialista y mercantilista que nos invita a buscar el máximo beneficio con el menor esfuerzo.  El ideal de nuestra sociedad es obtener un sueldazo sin hacer absolutamente nada. Soñamos con una Primitiva o un Euromillones, con una herencia inesperada. No nos llama el mérito, el esfuerzo, el logro. Ganar dinero trabajando no tiene gracia, me decía un conocido. No, queremos el resultado de un modo rápido, fácil, inmediato, aunque ello implique hacer trampas o saber que no lo hemos ganado.  

La noción de bien y mal fue substituida por la de útil o inútil cuando se eliminó la Filosofía del plan de estudios. Ahora han decidido cargarse también la asignatura de Literatura Universal. Parece que todo aquello que puede ayudarnos a ser más humanos, más sensibles al ser que al tener, más libres de las pulsiones y de las falsas necesidades, todo eso debe ser eliminado de la educación de nuestros hijos porque no es necesario para encontrar un trabajo. Ya no tratan de educarse personas, ya no se persigue hacer -- de nuestros niños -- hombres de bien. No, el objetivo de nuestra educación es convertir a nuestros pequeños en formados empleados, en máquinas de producir y trabajar, en instrumentos eficientes. Tal vez no haya que preocuparse tanto por la robótica, tal vez no seamos substituidos por máquinas porque nosotros mismos nos habremos convertido en autómatas tremendamente eficientes y rentables.

Parece que olvidamos que la crisis y la caótica situación actual nacen de las decisiones tomadas por personas que habían sido formadas en las mejores universidades y escuelas de negocios, directivos, banqueros, políticos y ciudadanos de a pie con grandes conocimientos económicos y financieros.  Grandes profesionales y técnicos, pero malas personas. Sin más ética, principios y valores que los bursátiles. 

Por este motivo, a la vista de las últimas reformas educativas del Gobierno, en las que todavía se margina más a todo aquello que suena a Humanidades yo me pregunto: ¿no será que a los políticos “les mola” la corrupción?

 
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