La reducción del carbono: una necesidad medioambiental y financiera

Las inversiones verdes se posicionan como uno de los principales atractivos a medio y largo plazo en un contexto de bajos tipos de interés

Servicio Biotren que une actualmente las principales ciudades de la conurbación de Concepción / EFE

Servicio Biotren que une actualmente las principales ciudades de la conurbación de Concepción / EFE

Las economías están obligadas a reducir su intensidad en carbono si quieren mantener el calentamiento global por debajo de los 2 grados respecto a los niveles preindustriales, y cumplir así con los compromisos alcanzados por la comunidad internacional tras la Conferencia sobre el Cambio Climático de París (COP21). El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) estima que en ausencia de medidas que mitiguen el actual ritmo de emisiones, la temperatura media global subirá para el año 2100 entre 3,7 y 4,8 grados en comparación al nivel preindustrial. Si realmente quiere evitarse este escenario, y evitar los problemas que se derivarían, la reducción del carbono es obligada. Esto, unido a los nuevos avances tecnológicos traerá, desde su punto de vista, un abandono de la energía basada en combustibles fósiles y activos relacionados. Por ello, es necesario crear un nuevo modelo de desarrollo basado en tecnologías limpias, lo que supone en términos económicos una revolución productiva y con unos retos a corto y medio plazo.

Según el informe "Cinco claves financieras contra el cambio climático" elaborado por el Instituto de Estudios Bursátiles (IEB), este cambio impactará en algunos sectores económicos expuestos con intensidad a activos no sostenibles. En este sentido, hay que tener en cuenta los ‘stranded assets‘, que son activos varados que representan un importante valor actual, pero que a medio y largo plazo sufrirán una importante devaluación dado que no podrán formar parte de un nuevo modelo productivo, en este caso de una economía basada en bajo carbono. Se estima que la magnitud de estos activos no es despreciable, ya que aproximadamente el 35% de las reservas de crudo, el 50% de las de gas y el 90% de las reservas de carbón no podrán utilizarse.

En Europa, según el Consejo Europeo de Riesgo Sistémico (ESRB) la exposición del sistema financiero europeo a activos varados asciende a 1.061 billones de euros. Este riesgo podría alcanzar proporciones sistémicas en términos financieros si se considera la alta exposición de compañías de ese sector con estos activos varados. Por tanto, una adaptación y evolución tardía hacia una economía basada en bajo carbono, podría suponer un riesgo económico si se incrementa el coste energético por una adaptación brusca a energías no contaminantes.

Desde el punto de vista de las inversiones, el atractivo “verde” se mueve en el trinomio de rentabilidad, plazos y volatilidad, y juega a su favor. Existe una substancial prima de rentabilidad por cada euro invertido en el sector verde frente a los tipos de interés de referencia en el mercado a largo plazo. Se debe a que las inversiones "verdes" están ligadas a sectores que soportan activos a largo plazo con baja volatilidad subyacente, como pueden ser el transporte o la gestión y tratamiento de aguas. Lo que diferencia a un bono verde de uno convencional es el compromiso por parte del emisor de canalizar los fondos recaudados sólo a proyectos que tengan carácter verde y de sostenibilidad. Desde 2010 las inversiones en energías renovables superan a las inversiones en energía convencional a nivel mundial. La inversión anual en 2015 en renovables ascendió a 329 billones de dólares. Según dicho informe del IEB, esta transición hacia una economía de bajo carbono no resulta “tan cara“. En 2010, este mercado movió 4.000 millones de dólares y seis años después, alcanzó cifras cercanas a los 70.000 millones de dólares (65.542 millones de euros)  , según datos de Bloomberg y el Banco Mundial.

 
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