La productividad en la era de la automatización

La llamada Cuarta Revolución Industrial ha transformado la estructura de la productividad, la automatización podría ser su acelerador

Imagen de un robot / Pixabay

Imagen de un robot / Pixabay

Que el pasado mes de diciembre el programa DeepMind aprendiera sólo a jugar al ajedrez (machine learning), puede representar para muchos únicamente un hito más en los logros de la computación. Sin embargo es un notable avance para la Inteligencia Artificial (IA) que bien puede avanzar lo que vendrá los próximos años. Y ese futuro no está muy lejano.

Como ha escrito Marc Vidal, en los próximos Juegos Olímpicos que se celebrarán en Tokyo en el año 2020 será la IA la responsable de juzgar la técnica y plasticidad de las gimnastas. De hecho, según Marc, Tokio está preparando una aldea de robots, taxis sin conductor y una lluvia de meteoritos artificial como parte de lo que espera sean los Juegos tecnológicamente más avanzados de la historia.

La medicina, el comercio, internet, el transporte,..., no hay nada que escape al uso de la IA para mejorar en algo nuestra calidad de vida. A esto cabría añadir, entre otras, la automatización, la realidad aumentada, que forman parte ya parte de nuestra vida y los avances que estamos observando nos enseñan un futuro más cómodo. La llamada Cuarta Revolución Industrial ya está transformando de manera profunda tanto la estructura productiva de la economía como el proceso de difusión tecnológica. Como afirman desde CaixaBank Research, con el actual progreso lo más razonable sería que se observara una aceleración del crecimiento de la productividad. Pero esto no es así.

La desaceleración de la productividad

Los componentes principales del crecimiento económico son la expansión de la fuerza laboral, el incremento de la inversión (pública y privada) y la productividad, es decir, la cantidad de producción que, con el concurso de nuevas ideas, puede lograrse con una misma cantidad de factores o, dicho de otra forma, los incrementos en lo que cada trabajador puede producir en una hora. En suma, es la clave para que sigan aumentando los estándares de vida de los ciudadanos. Sin embargo, como recuerda el economista Kenneth Rogoff "vivimos en una era de aumento de la desigualdad y disminución de la participación de los trabajadores en el ingreso respecto del capital". Se necesita más redistribución estatal de los ingresos y la riqueza. 

Oriol Aspachs, director de Macroeconomía y Mercados Financieros de CaixaBank Research, en la presentación del último informe mensual ha señalado que "hemos constatado que las métricas tradicionales de medir la productividad o el crecimiento económico vía PIB, son insuficientes para reflejar la realidad de la situación actual. Por ejemplo, no incluyen la actividad de empresas tan importantes como Google, Facebook, etc". Como ejemplo, en Estados Unidos, si el crecimiento de la productividad laboral de los últimos cuatro años hubiera sido el del periodo 1996-2007, actualmente el poder adquisitivo de sus ciudadanos sería un 8 % más alto de lo que es. Cierto es que señala una época pre-crisis, pero en la actualidad la productividad ha caído en 0,8 puntos porcentuales respecto a la registrada antes de la crisis.

El paso de un televisor de 7.000 euros a uno de 300 euros es un claro reflejo de ganancias en productividad, pero la magnitud de esta mejora no es solo la diferencia de precios, sino que también hay que tener en cuenta la mejora de la calidad, algo que es difícil de cuantificar en términos económicos.

Caixabank Research determina que la productividad laboral (PL), la capacidad de producir más, sin trabajar más horas, depende de tres factores clave: el capital físico que acumula una economía, el capital humano y, finalmente, lo que los economistas denominan la productividad total de los factores (PTF). Los dos primeros indican son relativamente triviales, pues el aumento de la productividad laboral se produciría por una intensificación del uso del capital físico o del capital humano, respectivamente. El tercer factor se refiere a las mejoras tecnológicas u organizativas que aumentan la eficiencia con la que se combinan capital y trabajo. Un ejemplo de ello es el entorno institucional y legal, que es clave para que el entorno empresarial sea competitivo.

Según datos del Conference Board, la productividad laboral mundial ha pasado de crecer un 2,6 % anual en el periodo 1996-2007 a un 1,8 % en el periodo 2013-2016, 0,8 p. p. menos al año. Por su parte, el ritmo de crecimiento de la PTF no solo se ha desacelerado sino que, en promedio, ha registrado una tasa de crecimiento negativa en los últimos años. Concretamente, ha pasado de registrar un crecimiento anual medio del 0,7 % a un descenso del 0,2 %. Como puede apreciarse en el siguiente gráfico, la ralentización del crecimiento de la PL se ha producido de manera extendida, tanto en los países avanzados como en los emergentes.

Evolución de la productividad laboral / Caixabank Research

No obstante, y a pesar de lo que pueda parecer, la explicación podría, como siempre hemos defendido, ser mucho más sencilla: nos encontramos en un fase de transición en la que empresas y consumidores todavía están aprendiendo a utilizar de manera efectiva la nueva tecnología. Y esta fase ocurre dentro de la crisis financiera en la que vivimos desde el año 2007 en la que las empresas han frenado ostensiblemente la contratación, inversión y formación y en la que tanto la inversión pública  lastrada por los elevados niveles de deuda que acumulan muchos países) como la privada (que sufrió una caída de la demanda y la incertidumbre) se desplomaron.

Según recuerdan desde Caixabank Research, las aceleraciones históricas que ha vivido la productividad han sido debidas a innovaciones, pues, en general, el crecimiento de la productividad suele tener un comportamiento procíclico: aumenta en las fases expansivas y se reduce en las recesiones. Así, por ejemplo, entre 1995 y 2004, Estados Unidos transcurrió por una aceleración puntual de la productividad, que se atribuye a la difusión de los ordenadores e internet. Pero, si nos abstraemos de este episodio, nos encontramos ante una desaceleración que se remonta a la década de 1970 y que reflejaría el fin de la difusión de las ideas de la primera y la segunda revolución industrial. De hecho, algunas de las innovaciones que desencadenaron estas revoluciones, como el ferrocarril, el motor de combustión interna o la electricidad, fueron la base de nuevos desarrollos tecnológicos, como la expansión y la sofisticación de la red de transporte, la climatización o los electrodomésticos, que siguieron estimulando el crecimiento económico hasta más allá de la primera mitad del siglo XX

La educación en la segunda fase de la segunda era de la máquina

Hay una máxima que prevalece: la tecnología es una herramienta, pero las decisiones las continuaremos tomando nosotros. Hay trabajos que las máquinas nunca sabrán desarrollar y que, por lo tanto, precisarán de la intervención del hombre.

En este sentido, tal y como ha pasado en periodos anteriores de la historia, en la llamada segunda fase de la segunda era de la máquina (caracterizada por la capacidad de la tecnología de llevar a cabo acciones rutinarias y por aprender a resolver problemas de forma autónoma), el efecto de complementariedad es el que acabará imponiéndose. Las nuevas tecnologías serán fuente de creación de empleo, pero en una primera etapa también agudizarán la brecha salarial. Sí, para ello, será indispensable el reciclaje de nuestros conocimientos que el individuo deberá liderar y abordar apoyado por la empresa y desde el Estado con un ambicioso programa educativo.

Hay trabajos que sufrirán cambios importantes bien porque puedan hacerse con muchos menos empleados bien porque sean completamente automatizados. Sirva como ejemplo el nuevo concepto de supermercado de Amazon que, a priori iba a ser sin dependientes ni cajeros, pero que, al final, ha tenido que emplear a personas especializadas. Javier García-Arenas, en el informe de Caixabank Research, apunta que "también observamos que están ganando peso aquellas ocupaciones en las que hay una complementariedad entre el trabajo de las máquinas y lo que aporta el trabajador. Un ejemplo claro son aquellas profesiones (mánagers, data scientists, estadísticos...) capaces de utilizar las nuevas herramientas digitales (técnicas de machine learning, big data o software capaz de realizar predicciones precisas) para mejorar la calidad del servicio que ofrecen sus empresas o hacer el proceso de producción más eficiente". 

Por lo tanto, a medida que las nuevas tecnologías realicen un mayor rango de tareas, como el aprendizaje automático o la asunción de tareas más abstractas, muchas ocupaciones deberán especializarse en aquellas habilidades complementarias que dichas tecnologías no sabrán desarrollar, como la capacidad para entender los sentimientos humanos o lo que solemos llamar el sentido común. Eliminaremos el ruido para centrarnos en la aportación de valor. 

No sólo cambiarán los empleos, sino también los sectores, las empresas (con estructuras de producción cada vez más descentralizadas) y la relación con los trabajadores (aumentará la proporción de autónomos y el denominado smart working). El futuro se nos presenta con empresas digitales que, además de ofrecer productos digitales, también lo hagan de servicios y productos físicos. Piensen en Amazon o en Alibaba. O también en Spotify en donde ya no sólo es escuchar música, sino también es compartirla, recibir sugerencias relacionadas con mis preferencias musicales o información de conciertos de los músicos o grupos que escucho). 

Como bien afirma Oriol Aspachs, "adaptarse a estos cambios es imprescindible y, seguramente, inevitable. Pero, si se actúa tarde o de manera reactiva, difícilmente se podrá sacar el máximo provecho de las nuevas tecnologías". 

 
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