Crónicas Trumpistas – Trumpnomics, Año 1. Segunda Parte: Comercio

Análisis sobre el nuevo enfoque de la política comercial de la administración Trump

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Hace unas semanas, coincidiendo con el primer aniversario del mandato de Trump, empezamos a analizar las políticas económicas de su presidencia, y tratamos de hacerlo dejando de lado cualquier simpatía o antipatía u otras consideraciones que no fueran las puramente factuales. Ya apuntamos entonces que, en el ámbito económico, estamos muy lejos de obtener una visión unánime, dadas las polvaredas emocionales y mediáticas que levanta el personaje.

Aquella primera entrega la dedicamos a estudiar la naturaleza y posibles efectos de su amplia y polémica reforma fiscal, un ambicioso paquete de medidas estimado en 1,5 billones de dólares, que supone la mayor transformación en este ámbito desde 1986. Decíamos entonces que, más allá de dicha reforma, resulta necesario también analizar otras áreas igual de relevantes para el devenir económico norteamericano y, por extensión, global. Hoy abordaremos otro elemento clave: el reenfoque de la política comercial norteamericana.

Trump con Ley

Promesas electorales

El comercio fue sin duda uno de los temas estrella de la campaña presidencial de Trump. Su famoso “Contrato con el Votante Americano” incluía la existencia de relevantes medidas de naturaleza comercial, destinadas a “proteger a los trabajadores norteamericanos”:

  • Renegociar o abandonar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA en sus siglas inglesas) entre Estados Unidos, Canadá y México.

  • Retirarse del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), destinado a reducir barreras comerciales y estrechar lazos económicos entre EE.UU, Japón, Malasia, Vietnam, Singapur, Brunei, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, México, Chile y Perú.

  • Denominar oficialmente a China como un país “manipulador de divisas”.

  • Identificar todos los abusos en comercio exterior que impactan injustamente en los trabajadores americanos y usar todas las herramientas legales disponibles para eliminarlos.

El mensaje de Trump, machaconamente repetido en campaña, era que Estados Unidos es rehén de sus socios comerciales debido a los malos acuerdos negociados por anteriores presidentes. El presidente llegó a proponer en campaña un arancel del 35% a los productos mexicanos y un 45% a los chinos.

Sin embargo, y salvo en el caso del TPP, del cual EE.UU se desligó en su primer día de mandato, las iniciativas comerciales de la Casa Blanca han adoptado un cariz más pragmático y posibilista, sin perder por ello el combativo espíritu trumpista. Ya anticipamos en un artículo anterior de estas Crónicas que la acción diplomática estadounidense se sometería a un completo proceso de recalibrado, reempaquetado y reenfoque, siempre pensando en qué es lo mejor para los intereses norteamericanos (“America First”). En asuntos comerciales ello significa, ante todo, ganar mayor cuota de acceso a los mercados a través de pactos principalmente bilaterales, y mediante la cancelación o renegociación de los tratados ya existentes, la puesta en marcha de medidas proteccionistas puntuales y la utilización de otros vehículos de intercambio económico. Después de un año, nuestras estimaciones se han demostrado acertadas.

NAFTA y otras cosas

A finales de 2017 parecía ya evidente que las negociaciones sobre el NAFTA estaban estancadas, lo cual resulta lógico teniendo en cuenta la envergadura de un acuerdo que tiene ya 20 años a sus espaldas, concebido para competir con el Tratado de Roma, germen de la actual Unión Europea, materializada después en el Tratado de Maastrich. De hecho, el NAFTA y el Tratado de la UE son contemporáneos. Meter la guadaña en un acuerdo que afecta a unas 450 millones de personas y que ha más que cuadruplicado el comercio entre EE.UU, Canadá y México desde su firma, no resulta tan sencillo como lo pintaba el presidente.

Mapa con el Nafta

En este sentido, coincido plenamente con el análisis efecutado por Crédito y Caución en su último informe sobre Norteamérica: “Estados Unidos, Canadá y México permanecen profundamente divididos sobre cuestiones sustanciales”. No obstante, “la expectativa general es que Washington moderará sus propuestas más radicales y que las negociaciones finalizarán con un marco NAFTA revisado en el transcurso de 2018”. Sin embargo, “si el NAFTA colapsa, el comercio entre Estados Unidos, Canadá y México podría revertir a las reglas de la Organización Mundial del Comercio”. Y ello tendría graves implicaciones para los tres países, pese a los argumentos de Trump. El sector del automóvil, por sí solo, podría enfrentarse a una reducción de ingresos netos estimada en 4.400 millones de dólares. Los sectores energético y aeroespacial también estarían entre los más afectados. Recomiendo la lectura de este artículo de Harvard Business Review sobre el posible impacto en las extensas y complejas cadenas de suministro de las empresas norteamericanas en caso de un cambio de las reglas del juego del NAFTA.

Con respecto al incremento general de aranceles, la administración norteamericana por ahora se ha limitado a intervenir en aquellos sectores en los que las compañías estadounidenses se han quejado de trato injusto. Así acaba de ocurrir con los paneles solares, a petición de las empresas Suniva y SolarWorld (30% de arancel el primer año, reduciéndose hasta la mitad a los 4 años) y las lavadoras, a petición de Whirlpool (20% para las primeras 1,2 millones de máquinas importadas en un año y 50% para las siguiente, además del 50% para los repuestos). Ya en octubre, el Departamento de Comercio impuso un 300% de arancel a la importación del de los aviones comerciales Serie C de la compañía canadiense Bombardier, ante las acusaciones por parte de Boeing de haber vendido aparatos a la aerolínea Delta muy por debajo del precio de mercado.

Paralelamente, Trump ha negociado un mayor acceso al mercado chino de productores de carne, compañías biotecnológicas, empresas de tarjetas de crédito y agencias de rating, entre otros, a pesar de los problemas no resueltos en temas de exceso de capacidad, transferencia forzada de tecnología e igualdad de trato entre empresas. Del mismo modo, la Casa Blanca pretende reforzar su presencia exportadora en la Unión Europea y otros mercados. Los recientes y polémicos comentarios en Davos del Secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, acerca de que un dólar más bajo es bueno para el comercio de los Estados Unidos (pese a la preferencia declarada del presidente por una “moneda fuerte”), han hecho crecer la preocupación en Europa. La divisa norteamericana acumula un descenso de un 3% frente al euro en 2018, tras una caída de dos dígitos durante el año pasado, hecho que Ewald Nowotny, miembro del consejo del Banco Central Europeo, atribuye a una acción deliberada de los EE.UU. En un entorno de aceleración del crecimiento en el comercio global (entre un 3,8% y un 4% en 2017), esta debilidad del dólar beneficia sin duda y de manera notable al país norteamericano. Curiosamente, las acusaciones de manipulación de divisas contra China han desaparecido del discurso de Trump. Habrá que preguntarle al viento qué ha sido de ellas…

Tabla Euros a Dólares

En cualquier caso, el énfasis que la Casa Blanca está poniendo en promover las exportaciones de sus sectores más potentes nos deja ver que, a pesar de su aparente dialéctica, Trump no es ajeno a los beneficios del libre comercio. En ciertos aspectos, y como bien apunta Nick Butler en el Financial Times, el presidente no anda desencaminado en sus quejas: a menos que el comercio sea justo, no será “libre” por mucho tiempo. “Libre y justo son términos que deben ir juntos. Cuando hablamos de política comercial, la reciprocidad lo es todo”. Y las prácticas comerciales de las grandes potencias exportadoras, lideradas por China, no siempre se caracterizan por el juego limpio.

Pero lo que Trump obvia es que la persecución de unas reglas más justas para todos, cuando hablamos de comercio internacional, pasa por evitar la unilateralidad. Si cada país empieza a buscarse sistemáticamente la vida por su cuenta, regresaremos a viejos patrones cuyo desenlace la historia nos ha demostrado sobradamente. La discriminación en el comercio puede resultar en mayores conflictos y menos cooperación en las relaciones internacionales. Si EE.UU se empeña en liderar la senda proteccionista, se arriesga una pérdida de influencia global que otras potencias comerciales aprovecharán. Y lo que es peor: al final del camino serán las propias empresas y consumidores norteamericanos los que, como casi siempre, acaben pagando el pato. Al tiempo.

 

 
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