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Carles Vilarrubí, empresario y marido de Sol Daurella, socio de Javier Godó en RAC1 y colaborador de Jordi Pujol Ferrusola / FOTOMONTAJE CG

Vilarrubí, el muñidor, deja a Bartomeu en genuflexión rosada

El empresario dimite de su cargo como vicepresidente del Barça con las vistas puestas en un posible adelanto electoral

7 min

Ahora sí; estaba cantado. Carles Vilarrubí, muñidor soberanista en el palco del Barça, se va. Adiós al magro discurso de Bartomeu y su peña mediocre. El presidente se queda sin ideólogo, de rodillas, en genuflexión rosada (los protagonistas de Scorsese les llamarían chupapollas, con perdón), ante la Federación Española que le amenazó con seis meses de sanción al club y la pérdida de seis puntos ligueros. Con él se van unos cuantos años de golpes de timón, los mismo que han acabado con la sutileza de los discursos heredados de Cruyff, Guardiola y compañía. Si se va la ideología (los cataplines también), qué le queda al Barça, el equipo en el que nadie propone, como vimos en el último partido de Champions frente al Sporting de Portugal.

Todo empezó en la primavera de 2011, la estación en la que el cielo acaricia los picos de nieves eternas. Vilarrubí le prometió amor eterno a Sandro Rosell, el pícaro. Sandro se hizo acompañar de Josep Maria Bartomeu y de Javier Faus, financiero de brocha gorda, en un encuentro en el café bonito que hay delante del lago de Puigcerdà. Vilarrubí, amigo del alma de Jordi Pujol y copiloto del primogénito (Pujol Ferrusola, el taimado) en las 24 horas de Lemans, adora las escenas poéticas. Es un voyeur con gusto supremo. Para aquel primer encuentro, deslizó la pantalla del instante cerca de la antigua casa de veraneo de los Vidal-Quadras (los hijos del pintor, primos de Alejo, el cainita), pegada al casco histórico de Puigcerdà y frente al lago que tantas veces hemos imaginado comparable al Lemans de los suizos; pero ni por esas.

Política y dinero, de la mano

El nuestro, el lago digo, es chiquitito y más mono, como los negocios del catalán de pastelito y misa de domingo, si lo comparamos con la banca ignota de la Confederación Helvética. Puigcerdà es sombrío y romántico, y extiende su melancolía por el valle de La Cerdanya, donde se ubica el Boix de Martinet, el restaurante que Vilarrubí salvó del desconcierto de los negocios midi-montagne y que ha servido para reuniones de alta prestancia política y bróker ciego. La política y el dinero se han dado la mano muy a menudo a través del vicepresidente del Barça, aunque él sale indemne siempre como el buen comisionista sefardí que lleva dentro.

Ayer, con la grada vacía, uno imaginaba al fondo norte del Camp Nou (allí habitan el encono y la nostalgia de un futbolista frustrado que acabó en portero de hockey del Barça) llevándole en volandas hacia unas elecciones que están a la vuelta de la esquina. Solo falta que el juez tome declaración al prisionero de Soto del Real, Sandro Rosell, para que Bartomeu diga adiós, pringado por el tema catalano-brasileiro del caso Neymar.

El Barça, en clave prelectoral

La disconformidad de Vilarrubí con el presidente del club viene de lejos. En cada tesitura del procés, el vicepresidente institucional dimitido le ha dado al club una vuelta de tuerca. El Barça es miembro de la plataforma por el Dret a decidir por Vilarrubí; actúa de sede electoral del día más largo por él y se mete en los carajales soberanistas por él.

Bartomeu y los demás hablan distraídos de catalanidad y del més que un club, pero desconocen el origen criptológico de los símbolos que crearon Agustí Montal, Narcís de Carreras, Armand Carabén y algunos más. El independentismo es insurgente y no por ello tiene razón, porque lo que pretenden sus promotores es la declaración unilateral. Carles Vilarrubí, hasta hace pocos días vicepresidente del Rothschild España, toma las de Villadiego. Deja al Barça tocado y en un momento de prelectoral por la inercia de los hechos más allá del reciente fracaso de la moción de censura de Benedito.

La excusa perfecta

Vilarrubí es sagaz. Diríamos que sabe marcharse a tiempo. Ya lo hizo en 1993, cuando saltó del estribo de Grand Tibidabo, la empresa creada por Javier de la Rosa, el financiero y conductor del KIO en España. Vilarrubí entró en la órbita de De la Rosa (por cierto, el financiero es perico a rabiar, como lo fue su padre, De la Rosa Marzal), pero salió a tiempo. En cambio, algunos de sus colegas de entonces (Piqué Vidal o Folchi Bonafonte) se quedaron en el panel de rica miel y allí siguen.

Cuando la Federación decidió ayer que el Barça jugara a puerta cerrada contra Las Palmas a cambio de no ser suspendido por seis meses y con seis puntos de multa en la Liga, Vilarrubí vio la luz. Tuvo el pretexto a mano. No se trata de un héroe del martirologio franquista, como lo fue Sunyol i Garriga, el presidente del Barça fusilado en la Guerra Civil. Lo digo por la exacerbada confusión entre víctima y héroes, tan en boga. Volvieron las sombras de Plaza y Pablo Porta (Pablete, le llamaba Butanito). Solo las sombras. Vilarrubí encontró al fin su momento. Deja una junta floja, floja, floja y él vuelve a sus cuarteles de invierno: la vivienda de Londres de su esposa, la Daurella de Coca-Cola o a su jardín romántico del alto Sarrià. Desde allí, en los remontes de la ciudad que encandiló a Forestier, prepara su asalto definitivo al Barça. ¿Será la última o tendrá que esperar como le ocurrió a Sixte Cambra, cuando quiso destronar a Josep Lluís Núñez?