Menú Buscar
El directivo del Barça Pau Vilanova / FOTOMONTAJE CG

Las peñas apátridas de Pau Vilanova

Los aficionados del Barça en el resto de España y del mundo lo tienen claro: pasan de la política en cuestiones balompédicas

8 min

Son las peñas y, en muchas de ellas, en las más mestizas, la gente te dice: “Referéndum no”. Son las peñas, ese mundo abigarrado de caña de pescar y helado de membrillo; de domingo por la tarde y transistor en ristre; de cena en el portón, trifásico dulzón y jota aflamencada. Las peñas del Barça, el corazón latiente, donde todo presidente que se precie trata de hundir su huella y su memoria. En la prensa deportiva o la generalista, como cuando el Negro Fontanarrosa empezó a publicar su viñeta diaria en el diario Clarín de Buenos Aires, leía el diario por detrás.

Aquí pasa con las columnas de última del Sport y del Mundo Deportivo, dos ases del barcelonismo más conspicuo. El fútbol atrae al llamado humor fresco, el que choca contra la roca de la intolerancia expresada en un club machacón, como el Barça, portador de anhelos innecesarios como su adscripción al Pacto Nacional del Referéndum, una manera errática de mal entender el més que un club. Desde la entraña todo huele a Casa Gran, pero cuando hablas con presidentes de peñas te das cuenta de que la gente se reúne para comer arenques con uva o para cenar morcilla bien asada entre gol y gol de las retransmisiones sabatinas.

El himno del club, mejor que 'Els Segadors'

El mecanicismo de los directivos choca con la distancia de las peñas, más encantadas con el himno del club que con Els Segadors. Lo sabe muy bien Pau Vilanova, el directivo que lleva estas agrupaciones libres de socios y aficionados, ese tobogán internacional de miles y miles de barcelonistas desparramados por el planeta, pero concentrados espiritualmente en la Plana de Vic, el Baix Urgell, La Selva o en el Delta de l’Ebre. Sí, los peñistas de verdad empiezan a leer la prensa deportiva por detrás, aunque no se olvidan si toca la columna semanal de Minguella, un machihembrado de simbología y vieja gloria con mirada de lince y sonrisa de gaucho viejo. Llevan camisetas viejas de Ronaldinho, se apoyan en estanterías que presentan balones de oro plastificados y firmados por Leo. No están para afirmaciones ni para lacónicos comunicados del club que hablan de que los deberes patrios son más importantes que los goles de su delantera.

En las peñas hay gente seria como Andrés García, de la Peña Andrés Iniesta de Fuentealbilla, que tiene 300 socios; está apadrinada por el legendario jugador y se reúne en un bar de la localidad heredado de un abuelo materno del presidente. Lo dicen así de claro: “Los valores del club están por encima de la politicocracia”. Y punto. O Rafael Fontalba, un señor de Ceuta, con una peña de 200 socios que tiene equipo de fútbol sala federado en la liga local. Dicen muy claro que no creen en el pensamiento único. ¿Y saben qué? Están en contra del referéndum. No les importa la imponente cuenta de resultados de las empresas de fingers aeroportuarios del presidente Bartomeu, ni la vida de los urbanitas del Barça que tienen silla cada domingo en la lateral baja tribuna del Camp Nou, donde escupe el ruido de los pelotazos y los gritos de dolor de las entradas duras.

El club es del socio y del peñista

El Barça es mucho más que una endogamia de Pedralbes, vinculada al Eixample modernista de la capital catalana. El sevillano Eduardo Quiles, presidente de la peña El Gallo de Morón, tiene 50 socios y estás más cerca de la peña taurina de los de Gallito y Belmonte que del palco del Barça. Pero es más culé que los aguerridos espectadores del fútbol prehistórico del campo de La España Industrial, cuando saltaba Samitierl’home llagosta, y marcaba Alcántara, aquel delantero oriundo de Filipinas que rompía las redes con su chut. Ellos solo se acuerdan de la buena gente, como Amador Bernabéu, el abuelo de Gerard Piqué, que inauguró la peña en 1996, no hace tanto. “El Barça somos todos”. Lo resumen así, para que entiendan los directivos que ellos no son los dueños del club por mucho que señoreen las gradas y las oficinas, y por mucho que festoneen los restaurantes de moda cada vez que hay una comida de directivas previa al partido semanal.

En Madrid, donde ser del Barça es un purgatorio sin fin, hay muchas peñas blaugranas y una de ellas, la Blaugrana de Madrid, con 140 socios, está ubicada a 200 metros de la Puerta del Sol, que son cataplines. Se fundó hace medio siglo, cuando Fusté, el antiguo noi de Linyola (hoy abuelo respetable), era juvenil. Ellos no se han postulado por simple enfado con la casa. En Sao Paulo, cuna del fútbol paulista y de la selección brasileña, hay una de 200 socios entre brasileños, argentinos y chilenos. Y allí lo tienen más fácil para apoyar el referéndum, el procés y lo que convenga, como la misma DUI en el Parlament. Les pilla lejos, no discuten y adoran el jogo bonito del FC Barcelona, que maravilla al mundo del balompédico docto y ofensivo, muy por encima del tosco Bernabéu de Florentino. No creen en los entorchados; son hombres y mujeres de fútbol que revierten el dribling de Garrincha, la pegada de Tostao o el amago dulce de Romario, la estrella con más gesto que gesta (deportiva). Es la Peña Barcelonista de Sao Paulo.

Hay ejemplos a miles, extendidos por los cinco continentes, sin necesidad de utilizar el pretexto chino como el nuevo mundo de la industria del fútbol. Pero Vilanova lo sabe mejor que nadie y por eso calla en las juntas directivas de consigna y a seguir. Los peñistas son ejemplos de vidas cotidianas marcadas por el balompié: “Fui del equipo del barrio o me lo gané la noche de la Champions ante el Chelsea”, después del zapatazo de Iniesta, un tocador de fragilidad engañosa y elegancia extrema. Los peñistas que amaron a Cyborg y a Kubala en la Hungría inmortal que feneció ante Alemania en el Mundial del 54; los seguidores de la Naranja Mecánica (la Holanda de Johan), que se estrelló contra la Alemania de Beckenbauer (la soberbia Die Mannschaft) siguen al Barça por la fruición de gusto por el juego. No les hables de obligaciones nacionalistas. Son apátridas como la pelota o como las piernas del inmortal Sir Stanley Matthews.