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El portavoz del Barça, Josep Vives

La Grada de Animación del Barça de Josep Vives

La plataforma es la voz de un club colonizado por el clima independentista

9 min

Ensordecedor. Es el golpe al tímpano que te propina el Camp Nou al llegar a tu asiento y que no te abandona hasta el silbido final. No hay descanso en aquel estadio, altar del jogo bonito que respetaba los momentos de silencio compacto —antes de una falta con barrera, en un quiebro imposible o en el interregno que va de un control al momento del chut— como si estuvieras ante la suerte de la verdad en la Maestranza sevillana. El del Camp Nou actual es un ruido metálico y molesto que te impide concentrarte en la pelota. Es el rugido del barcelonismo hooligan de la junta de Josep Maria Bartomeu y de su portavoz, Josep Vives, ignorante por lo visto de las señas de identidad que defiende.

¿Quién ha inventado este ruido-matraca? Sandro Rosell y su junta salvajemente imberbe lo facilitó al anunciar una grada de animación al estilo británico que castiga a la buena gente con cánticos y mensajes inflamados durante 90 minutos. Adiós a la pausa sucesiva de los Kubala, Suárez, Fusté, Marcial, Guardiola o Xavi, en gradación histórica. Y hola a la vociferante rauxa salvaje de los chicos malvados del Gol Sur, que fueron el origen del mal; la gestación del hincha enrabietado, del facha culé. Y finalmente el detritus civilizado de todo eso: la grada de animación que tanto le gusta a Luis Enrique, un futbolista de nervio, pero un entrenador cuyo atrabiliario carácter tapona sus dudosas cualidades tácticas.

Messi, tapado por la 'estelada'

Hablar del més que un club en medio del infierno acústico no es posible. El lema que ya arruinó Josep Lluís Núñez con su totalitario “visca el Barça, visca Catalunya” se ha venido desnaturalizando a lo largo de los últimos tiempos. En el FC Barcelona, el espíritu de la junta del tocho se ha prolongado hasta hoy, pese a la renovación generacional de 2003 liderada por Joan Laporta. A pesar de la etapa de plenitud deportiva, con cuatro copas de Europa en este primer cuarto de siglo, la falta de rigor, que criticó el llorado Armand Carabén, persiste.

La simbología del club está siendo pasto del movimiento independentista, aunque esta tendencia no sea mayoritaria en la sociedad catalana. El independentismo ha traspasado todas las membranas de la entidad y hoy el Barça es más conocido en el mundo por su minuto 17 con 14 segundos, por los gritos de "¡Llibertat!, ¡llibertat!", por la multitud de esteladas y por sus peleas con la UEFA para colocar pancartas indepes en partidos de Champions. Ni Leo Messi, el mejor jugador de todos los tiempos, ha sido capaz de imponer el fútbol frente al uso sectario del aforo.

La simbología del Barça

Fue Narcís de Carreras, durante el acto de toma de posesión de su presidencia interina en los años sesenta de la pasada centuria, quien pronunció estas palabras: “Vengo con todo aquel entusiasmo que vosotros podéis pedir porque el Barça es algo más que un club de fútbol…”. Se vivían los peores años del plomo. Bajo la dictadura militar, el Barça significaba un anhelo de libertad y de cohesión social; era el ágora que unió a los de siempre con los de fuera, el imán que atrajo el flujo migratorio de la España interior hacia la periferia industrializada.

Aquello ya pasó, pero el rescoldo de un momento en el que se apostó por mantener unida a una afición se está desvaneciendo con el entrismo de la militancia nacionalista y la importancia de formas de participación que no son homogéneas en el mundo. El Barça no es el Liverpool ni tampoco el Celtic de Glasgow; sus hinchas no tienen por qué cantar a capela el himno, ni mirar al cielo de la patria con la mano en el corazón cuando invocan la suerte deportiva.

Estética

Cataluña es un país estético, aunque algunos solo quieren destacar su sentimentalismo. Desde las elecciones a la presidencia del club, que en los primeros 90 enfrentaron a Núñez con Sixte Cambra (actual presidente del Port de Barcelona), el nacionalismo reclama la gestión blaugrana. El último empuje, el de Laporta, Rosell y ahora Bartomeu, demuestra que la colonización es un fait accompli.

Sea como sea, el socio del Barça no acude al estadio para imponer allí frustraciones y sentimientos exacerbados. La masa social que acude cada semana y los millones de seguidores que van al campo una vez al año en calidad de turistas van a rendir sus banderas ante la última trinchera del fútbol romántico. Van a ver el juego de pelota pensado desde el control y la filigrana con capacidad para ganar, pero no siempre y, sobre todo, no a cualquier precio.

Fútbol y política

El portavoz Josep Vives no lo entiende porque no lo sabe. No posee de raíz la cultura del Barça que se transmite por ósmosis familiar y que es muy anterior al paseíllo de sus colegas metidos a militantes indepes. La voz de un club de fútbol se contiene en la exclamación de sus seguidores, no en la palabra medida de un portavoz que recita argumentarios.

El Milan practicó un fútbol de derechas y casi autoritario, frente al Juventus, Vecchia Signora, patrimonio inmaterial de Turín y de la Emilia-Romaña roja e industrializada. Sobre la sombra del primero planeaba la figura de Il Cavaliere, Silvio Berlusconi, y sobre la del segundo se veía la blanda imagen de Gianni Agnelli, el presidente de Fiat​, uno de los puntales de la Italia del Sorpasso. Claro que hay política en el fútbol, pero señor Vives estamos hablando de matiz, no de la procaz utilización de la estelada como si fuera patrimonio de todos.

Eran otros tiempos

Cuando el gran abogado e industrial Narcís de Carreras habló del “més que un club” sabía dónde se libraban las batallas entre Cataluña y España, entre la periferia y el centro, bajo un régimen autoritario. Él fue el presidente del Barça que en 1968 vivió una recordada final de la Copa del Generalísimo en el Bernabéu contra el Real Madrid. Aquel día ganamos; nos tocó a nosotros como les había tocado en los políticos de los bienios liberales que motearon aquí y allí dos siglos de pronunciamientos militares. Las crónicas de la época hablan de un partido tosco y de un público agresivo con el ganador. En el palco, De Carreras vivió un ambiente de tensión que le confirmó la simbología del Barça. Eran tiempos de silencio, de listas negras, de estados de excepción y de presos políticos. Tiempos que Vives y su presidente Bartomeu desconocen, no por edad, sino por omisión interesada a la hora de comparar la incomparable situación de la autocracia de entonces con el Estado de derecho de hoy.