Jan Millastre quería ser bombero cuando a los 19 años acabó con quemaduras de tercer grado en el 90% de su cuerpo. Un incendio en la fábrica de productos químicos en la que que trabajaba acabó con sus sueños.

Después de 24 años y 33 operaciones todavía recuerda a la perfección aquel momento. “No era dolor lo que sentía. Era como una bomba a punto de explotar en el corazón: la adrenalina", asevera. Lo único que no se quemó fueron su cinturón y las zapatillas que llevaba.

Despertar

Tuvieron que pasar tres meses para que pudiera verse la cara ante un espejo. Cuando despertó en el hospital, no podía hablar, ni ver. Las abrasiones que tenía en su piel apenas le permitía moverse y mucho menos coger nada.

Desde 1999, preside la Asociación de Afectados por las Quemaduras de Cataluña tampoco quiere dar una imagen de lo más negativa. “Tampoco ha sido siempre un camino complicado, la vida tiene muchas sonrisas y muchas cosas buenas, y muchas cosas que hay que aprovechar”, afirma.

Optimismo

“Cuando uno se encuentra tan hundido, uno tiene que aprender a aceptarse porque tienes toda una vida por delante. Hay que ponerle ganas, marcarse objeticos e intentar conseguirlos”, señala. Con este mensaje trata de animar a los que están en el lugar en el que él estuvo cuando soñaba ser bombero.

“Ahora estoy dando charlas sobre el mismo tema, pero desde el otro lado. Mi objetivo es darme a conocer para que la gente vea que es posible volver a ser tú mismo, a ser persona, a ser normal”, señala.

Mensaje a navegantes

Su vida, por eso, no gira en torno a ese momento. Su personalidad lo lleva a colaborar desde hace 15 años con la ONG Gerd, que apoya a asociaciones locales de discapacitados y fabrica sillas de ruedas.

Las palabras de Millastre se han convertido en todo un ejemplo para muchos. Su testimonio es un referente para aquellas personas que, tras un accidente como el suyo, se ven incapaces de seguir. A ellos, les emplaza: “Si alguien está deprimido, que me llame”.