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El actor Imanol Arias / EP

Imanol Arias: "La gente joven quiere obras y experiencias menos fantasma e irreales"

El actor vuelve a meterse en la piel de Willy Loman en 'Muerte de un viajante' y ha decidido alejarse de las polémicas que lo rodean

16 min

Dice Imanol Arias que se ha "jubilado de lo público". "He ido a un notario y he dicho que a partir de ahora sólo hablo de mi profesión. He hecho como Fernando Fernán Gómez, soy mayor, no tengo opinión", bromea. Todo porque "últimamente he tenido algún éxito demasiado sonoro" que ha corrido como la espuma, señala. Precisamente él, que reivindica el poder de la palabra y la escucha, ha caído en eso y teme que manche una carrera llena de éxitos.

"Después de 40 años puedes equivocarte diez veces, pero esas veces hacen que uno se vea tan ridículo", lamenta. Como dice, "esperaba que la edad ayudara un poco a no caer en eso. Antes preguntaban si uno tenía novia, ahora me preguntan otras qué sé contestar peor", dice con todo su sentido del humor. La catástrofe, en todo caso, no es del todo cierta.

Willy Loman

El actor sigue al pie del cañón. Lejos de Cuéntame, que le ayudó a conectar con un nuevo público, se reivindica desde hace tiempo sobre las tablas. Después de dejar el personaje de Fernando Luján en El coronel no tiene quien le escriba --bajo la dirección del gran Carlos Saura--, ahora cumple un año metido en el papel de Willy Loman, el protagonista de Muerte de un viajante

Cartel de 'Muerte de un viajante'
Cartel de 'Muerte de un viajante'

Su personaje es el de un viejo mercader, mentiroso, que inculca unos valores cuestionables a sus hijos. Uno le adora, el otro lo repudia. Ambos son creaciones suyas y de un sistema que prima el engaño. Un retrato oscuro del sistema capitalista y el american way of life que Arthur Miller puso sobre las tablas ya en 1948.

'Muerte de un viajante'

La obra mantiene la misma potencia que entonces. Arias lo siente así, sobre todo en los silencios que se generan en la platea al final de la obra. "Miller dijo que la obra se iba a llamar Lo que tengo en la cabeza, luego Escenas de la vida cotidiana y un réquiem. Y después de un réquiem es lo que pasa", ríe. Una composición dedicada a una sociedad en las que los catálogos sustituían a los comerciantes, a esos charlatanes cuyo objetivo era vender a cualquier precio. No por placer, sino por obligación, para sobrevivir dentro del sistema, aunque fuera con mentiras. 

Ese ocaso del sistema no se dio. Sigue vigente. El actor encuentra muchos ecos en la sociedad actual, en las redes, en la mentira que se vende y que fascina y genera hastío, que muestra un brillo que trasluce corrupción de valores, mucho más que cualquier otra cosa. 

--Pregunta: ¿Cómo plantea esta reentrada en la capital?

--Respuesta: Tras los seis meses en Madrid y la gira, con la que hemos hecho 160 funciones, había una fecha de caducidad. Dos de los intérpretes tenían otros compromisos y dos nuevos actores se han incorporado para seguir de gira. Al ver que había un hueco en el Infanta Isabel y que era el inicio de la temporada se nos ocurrió hacer este estreno con los dos nuevos actores. Madrid fue clave para asentar la obra. Una pieza que uno debe realizar muchas veces para estar seguro de que se hace bien. Ahora empezamos de nuevo aquí esta segunda tanda de muchas veces.

--¿Cuál es el secreto de esta nuevo enfoque de 'Muerte de un viajante'?

--Siempre fue un texto que funcionó, pero con el condicionante de la duración. Pertenece a una época en la que el teatro ocupaba toda la tarde. Eso ya no existe hace tiempo y, a veces, este tipo de obras requieren de un ajuste --que no es cortar texto-- para hacer un teatro más vivo. Nosotros esperamos a que viniera Szuchmacher porque es un maestro del vacío. Por tanto, sabíamos que iba a funcionar, lo que intuíamos pero no esperábamos era esta resultado. Lo que demuestra que el teatro, cuando se centra en lo importante, que es el texto, y le quitas alharacas, funciona. Asimismo, esta obra requiere de una actuación sobria, vacía, porque aquí, cuando sientes una emoción como actor y te regodeas en ella, se te ha pasado el tren. Fracasas. Has de estar montado en un ritmo.

--Hace hincapié en el texto que parece completamente actual. ¿Es por el golpe que le da al 'american way of life', al capitalismo, a la familia...?

--Hay obras, incluso del mismo actor, que hablan de eso más concretamente. El éxito de este texto es colocarlo en la tesitura dramática necesaria. Miller advertía de los riesgos de tratar la pieza como un melodrama demoledor, que es como se ha venido haciendo siempre. Y más allá del texto, cuando lo haces como un concierto sonoro, con la pureza máxima del teatro, es una función demoledora que no pasa de moda. A la crítica del sistema americano se le une el dibujo de la tragedia. Miller decía que la tragedia es como la pintura negra de Goya, un sólo trazo es más fuerte. El éxito es hacerlo en dos horas y por eso nos ha costado tanto. Lo curioso es que la gente reacciona de manera muy similar a como lo hacían antes en Estados Unidos y en Madrid, con otras versiones: el público al final tarda medio minuto en aplaudir.

El actor Imanol Arias / EFE
El actor Imanol Arias / EFE

--¿Por qué cree que sucede?

--Pasó ya en su estreno en el 48, y se habla de que el público tardó minuto y medio o dos en aplaudir. En esa época, además, era la primera vez que los padres no entendieron que sus hijos no vivieran mejor que ellos. Ahora, en el 2022 esto mismo es lo que le pasa a los padres, es evidente. La gente de unos 25 años que está en la sala, siente exactamente lo mismo. Hay algo de asentamiento de ciclo. Por eso, Muerte de un viajante es una radiografía de las generaciones. Yo nunca pensé que iba a vivir peor que mi padre, en cambio, ahora, tengo que ver cómo la vida de mi hijo es más precaria y vive con otros modelos. Esto apareció este año y vimos que atraía a más gente joven a la función.

--¿Y no les da miedo a esos jóvenes enfrentarse a este retrato o ayuda que se acerquen el hecho de reducir los tiempos de la obra? ¿O sirve para acercarlos al teatro?

--En el arte de la palabra y del audiovisual los tiempos se han comprimido mucho. Yo recuerdo haber hecho televisión de más de una hora. Luego llegaron los Mad Men que lo bajaron a 45-40 minutos. Luego los hay grandiosos de 37 minutos como Breaking bad. De alguna manera, la ocupación de la atención del espectador está mucho más limitada. Tiene más inputs: Internet, los juegos, las redes sociales... Encajar una obra completa en el tiempo del espectador ha sido un acierto. Autores como Szuchmacher, Veronese o algunos de aquí han empezado a hacerlo así: meten al espectador en algo trepidante y se dejan de faustos y alharacas. Hay una sustracción del texto y eso ha beneficiado a la función y la ha hecho moderna.

--Detrás de este montaje está el argentino Ruben Szuchmacher, con el que ya ha trabajado varias veces ¿Cómo es su relación? ¿Cómo logra esa creación de espacios sonoros de los que habla?

--Rubén hace siempre un análisis de los textos y de las palabras de forma que tienen una progresión. Es como montar una ópera: hay poca exhibición del sentimiento y es necesario mucho dominio de tu instrumento. Al final esto es un concierto sonoro que en vez de notas tiene palabras que juntas crean una atmósfera, un ambiente, una obra. Los flashbacks de Miller, que se adelantó a su época, no eran para emocionarte sino que te ponía delante la tragedia: el rídículo del hombre blanco joven confundido. Todo eso lo hago sólo con quitarme las gafas mis personajes, sin necesidad de cambios de vestuarios. El peso cae en la palabra, que dicha tiene tanto valor como la escrita. La historia se queda grabada en la memoria a través de los sonidos.

--¿Es por eso que dice que es uno de los mayores retos a los que se ha enfrentado?

--Eso lo digo porque yo tenía mucha ilusión de hacer la obra, pero quizás era un viejo espectador de ella. Esta función te convierte en un lugar tan visible como actor que tu experiencia solo sirve para decidir si quieres seguir siendo actor, porque todo lo demás es nuevo. Yo me voy a subir de nuevo el día 5 de septiembre al escenario del Infanta Isabel y será como un estreno. Hay personajes que te exigen, por eso uno no se retira. Es como un campeonato del mundo cuando ya tienes edad de ser comentarista del evento [bromea].

--¿Cómo podríamos definir a su Jimmy, entonces?

--Este padre es un impresentable desde cualquier punto de vista, pero es tan común, tan representativo de una época, que llega a creerse sus mentiras. Y los hijos son un poco su herencia y están acostumbrados a robar. Los chicos están perdidos y este tipo no les hace ningún bien.

--¿Es la obra una manera de reivindicar ciertos valores que igual se han perdido hoy en día?

--Esto tiene que ver con una crisis social de contenido. La filosofía de Willy Loman es la de caer bien y salir adelante, sin importar lo que se dice, sino cómo se dice. Ahora, ese es el contenido de negocio de las empresas más poderosas del planeta: el metaverso. Es el cae bien, invéntate una vida, miente, es la representación, la falsedad, crear una red clientelar de necesidades que no existen para mantener el ritmo de producción. Willy Loman sería el rey de Facebook. Las redes viven de lo que hace Willy Loman, de la apariencia. Pero ahora cada vez escucho a más gente joven que no soporta Instagram, ve que es un coñazo, que es todo mentira y que sólo sirve para anunciarte. Willy Loman sólo pensaría en conseguir seguidores y te diría a qué hora de qué día es mejor lanzar según qué para conseguir likes y más seguidores.

El actor Imanol Arias / EFE
El actor Imanol Arias / EFE

--¿Cree que entonces el teatro puede ayudar a salir de esto? Y a usted, personalmente, ¿qué le da el teatro?

--El teatro me da la posibilidad de trabajar el meollo de esto: los textos y los autores. Ahora en España hay una generación más joven que yo que son los cuatro o cinco puntales del teatro de un nivel alucinante. Eso hace que, los que hemos estado en la orilla, si los escuchamos tenemos mucho trabajo por hacer. Ahora mismo, lo importante es la autoría, el trabajo con la palabra, la creación de nuevas formas e incluso la revisión de formas clásicas en un mundo que tiene otros tiempos y que exige que todo sea más resolutivo. El espectador tiene una gran capacidad de ver imágenes y sin embargo tiene una torpeza enorme de escuchar una palabra detrás de otra. Hay que apostar por el contenido y despojarlo de cualquier imagen falsa. Allí está la apuesta del teatro. Yo veo La ternura, de Sanzol, y creo que es un Shakespeare, o veo lo de Juan Diego Botto, lo de Peris Mencheta y me parece que estoy en Londres. Hay algo del espacio sonoro que te sirve como espectador.

--¿Es decir, cree que el teatro está en un buen momento en este país? Y, sobre todo, ¿se valora lo suficiente?

--Está en un buen momento en el mundo. La gente ha visto muchas cosas en pantalla líquida y en soledad. Por un lado, se reivindica la experiencia de juntarse, como vemos en las fiestas, viajes, reuniones, conciertos y demás. Por el otro, se ha puesto de manifiesto que la imagen soterra el poder del contenido. Por eso también los jóvenes se han pasado a los podcasts o tiene tanto éxito el audiolibro. Una imagen te puede engañar al ojo, pero hay algo en el tono que no puede hacerlo al oído. Se trata de volver a la palabra, a la literatura. Todo lo demás es pasajero y la gente joven quiere obras y experiencias menos fantasma, menos irreales.