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Zyl Pasyon o cómo colarse en el paraíso

La isla Felicité, de Seychelles, un preciosista conjunto de naturaleza en estado puro con las mayores comodidades para el ser humano

8 min

Que la isla se llamé Felicité y que el complejo residencial y hotelero tenga por nombre Zil Pasyon dicen mucho del lugar. Que más de la mitad del territorio insular de ese espacio de las Seychelles sea un parque natural tampoco es ninguna tontería. Al contrario, si existe un lugar paradisiaco en el planeta por el que merezca la pena hacer cola en el universo de parajes pendientes es este espacio situado en el Océano Índico, próximo a las costas africanas de Tanzania, Kenia y Somalia.

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Imagen del trayecto en helicóptero que da acceso al lujoso y natural complejo hotelero / CG

Las Seychelles guardan mucho de sus periodos coloniales. Son un conjunto de 115 islas tropicales por las que pasaron primero portugueses, luego franceses y, al final y hasta su independencia en 1976, ingleses. De unos conserva el comercio marítimo, de otros la lengua, de los más presentes costumbres como conducir por la izquierda. Son un auténtico crisol en el que lo criollo se mezcla con naturalidad con sus obediencias europeas de antaño.

El turismo como industria

Felicité destaca en el conjunto del archipiélago por ser una isla pequeña, prácticamente inhabitada. Uno de esos lugares a los que el ser humano sólo accede por accidente o, como es el caso, por negocio vacacional. En pleno debate planetario sobre los efectos del turismo, los habitantes de las Seychelles, gobernados por una formación política socialista, tienen claro que su principal fuente de ingresos no puede alcanzarse a cualquier precio y se han especializado en una industria de alto nivel, en la que el lujo y los resorts más exclusivos se ofrecen a los visitantes como un preludio de lo que sería vivir en el paraíso. Son ingresos elevados para la economía doméstica y un nivel de PIB per cápita que para sí quisieran otros países africanos.

La mitad de la isla convertida en parque natural es inaccesible y allí se combinan fauna y flora en estado salvaje y sin apenas intervención humana. La otra mitad de Felicité ha sido adoptada por la cadena internacional Six Senses, especializada en vacaciones de máximo lujo en parajes naturales de gran interés, y por un minúsculo grupo de residencias construidas de la forma más integrada posible con el paisaje, pero sólo disponibles para grandísimas fortunas. Esa es la esencia de Zil Pasyon.

Un pequeño Edén

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Imagen del interior de una de las lujosas villas, que incorporan una piscina con vistas al océano / CG

Six Senses ha abierto el último de sus lujosos establecimientos. Se trata de un conjunto de villas individualizadas en las que todo lo necesario y una buena parte de lo que no lo es también está disponible. Con vistas al océano, piscina privada y una construcción que por más que se integre en el paisaje incorpora todo lo imprescindible para vivir la civilización occidental a kilómetros de distancia y en un entorno bien diferente. El hotel es un pequeño Edén en el que, depende de la época del año, no es extraño nadar entre tortugas o avistar tiburones baby en las inmediaciones de la playa, o incluso visibles desde la arena. Se trata de un lugar bucólico para los amantes de buceo y de la natural tecnología multicolor de los paisajes submarinos.

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Vista de una de las lujosas villas junto al hotel Six Senses de la isla Felicité / FOTO: Zil Pasyon

Junto al establecimiento hostelero, en la parte más elevada de la isla es donde se sitúan las Zil Pasyon Residence, un reducido grupo de mansiones elevadas frente al mar y cuyo precio más barato arranca en los seis millones de dólares. Cuesta hallar en las palabras suficientes adjetivos para describir con acierto las vistas que sus terrazas o varias piscinas proporcionan al residente. El propio hotel se encarga de su mantenimiento. A los afortunados propietarios el asunto les cuesta, sólo para tenerlo siempre disponible y en perfecto estado, del orden de los 60.000 euros anuales. Una nimiedad para los ocupantes, algún jeque árabe y los propietarios de grandes empresas francesas, como la mismísima Carrefour.

Llegada en helicoptero

A Felicité sólo se puede llegar de manera rápida con helicóptero. Se tarda unos 20 minutos en el trayecto de transporte desde el aeropuerto de Victoria, la capital de Seychelles. También existe la posibilidad de acceder en embarcación, pero el trayecto es más largo y el océano no siempre está dormido como en las buenas estaciones del año. Una de las claves para visitar las islas es evitar la época de los monzones, en la que los que los vientos y las constantes lluvias promueven una exuberante vegetación natural, pero hacen difícil la vida cotidiana.

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Vista del atardecer desde el hotel Six Senses Zil Pasyon, en Seychelles / CG

Algunas islas próximas a Felicité permiten conocer atractivos adicionales del archipiélago, como las islas de La Digue o Praslin. Especialmente interesante en esta ínsula es el Valle de Mai, una reserva natural de la palmera más curiosa de cuantas es posible conocer, la productora del llamado coco de mer. Dice la leyenda que estos cocos fueron bautizados inicialmente como cocos de las islas Maldivas porque caían al mar en las Seychelles y por efecto de las corrientes llegaban hasta Maldivas, donde eran muy apreciados por sus efectos medicinales. De hecho, un general francés de los tiempos de ocupación, no pudo evitar llamar al enclave de los cocos dobles y las flores de vainilla “jardín del Edén”.

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El 'coco de mer' es una de las variedades típicas de las islas africanas / CG

El enclave constituye, pues, una invitación a pasearse por anuncios e imágenes idílicas. Una especie de localización publicitaria con playas inmensas, selvas vírgenes y un mar que, en estado de tranquilidad, invita a descubrirlo y visitar en medio de la paz más absoluta y los ruidos propios de la naturaleza alejada del ser humano. Muchas sensaciones y una pasional visita que merece ser un capricho al menos una vez en una existencia terrenal.

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