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Una tecnología de reconocimiento facial

Me gusta / No me gusta... el reconocimiento facial en aeropuertos

La apuesta por esta tecnología biométrica en El Prat aviva la polémica que generan este tipo de soluciones por sus repercusiones a nivel de privacidad

Carlos Manzano / Víctor Recacha
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Me gusta el reconocimiento facial en aeropuertos, por Carlos Manzano
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Me gusta el reconocimiento facial en aeropuertos, por Carlos Manzano

La idea de tener una tecnología capaz de identificar a una persona con una imagen de su cara y que pueda ser utilizada para la verificación en diferentes espacios supone un gran salto en la revolución tecnológica actual. Aena y Vueling, junto a otras empresas de desarrollo técnico, han logrado agilizar este proceso en el aeropuerto Josep Tarradellas Barcelona-El Prat para embarcar​ en sus vuelos hacia Málaga.

 

El pavor a ser reconocidos por Aena y, por ende, el Gobierno es algo irracional, si tenemos en cuenta el uso masivo que damos al reconocimiento facial para desbloquear nuestros móviles, por ejemplo. Todos estos datos biométricos se regalan a grandes compañías para facilitar accesos y mejorar la experiencia del usuario. Algo similar a lo que sucede con las cookies que aceptamos sin pensar cada vez que entramos en la página web.

 

Está introducido en la sociedad, en el ámbito personal, colectivo y de las instituciones públicas y privadas, desde hace más de un lustro. De hecho, la Interpol comenzó a emplearlo en 2016 para establecer parámetros entre sospechosos. Entonces, ¿por qué deberíamos tener miedo a este sistema que evita las largas colas del aeropuerto, cuando ya lo utilizamos todos los días en nuestros dispositivos personales y podemos ser identificados por multinacionales y Administraciones Públicas?

No me gusta el reconocimiento facial en aeropuertos, por Víctor Recacha
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No me gusta el reconocimiento facial en aeropuertos, por Víctor Recacha

Mientras los políticos y la sociedad permanecen encallados en debates del pasado, la tecnología avanza y nos pasa por encima sin que nadie regule los avances que marcarán el futuro y, por lo tanto, sin límite ético o social alguno. Es el caso de la inteligencia artificial, la digitalización y también de soluciones aparentemente atractivas como el reconocimiento facial, que en realidad esconden un reto enorme de seguridad y protección de datos.

 

De hecho, el dilema es tan profundo que Amnistía Internacional ha pedido prohibir los sistemas de reconocimiento facial por la amenaza que representan para el derecho de manifestación o de discriminación racial por parte de los cuerpos policiales. Timnit Gebru, líder del equipo de inteligencia artificial ética de Google, también ha expresado preocupaciones en esta línea y otras voces han criticado el uso de esta tecnología por parte de la dictadura china para vulnerar los derechos humanos en la región de Xinjiang, donde dos millones de uigures y musulmanes permanecen en campos de concentración.

 

Y eso por no entrar en una interminable lista de riesgos que incluye la usurpación de identidad, el márketing agresivo dirigido a colectivos vulnerables --por ejemplo, personas con depresión o emociones determinadas detectables por los algoritmos--, espionaje y una infinidad de posibles usos ilegítimos. Si a las puertas del año 2022 no hemos sido capaces, a pesar de las estrictas normativas de protección de datos en vigor en España y la Unión Europea, de evitar que los teleoperadores nos incordien a todas horas a través de nuestros teléfonos personales, ¿qué no harán las grandes tecnológicas cuando les demos el poder de acceder a nuestros datos biométricos? Ya no solo podrán controlar nuestra ubicación y actividad a través de la geolocalización del móvil, sino mediante cualquier cámara una vez la tecnología consiga la suficiente omnipresencia.