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Andrea Jiménez y Noemí Rodríguez (Teatro en Vilo) / CDN

Teatro en Vilo: "Escuchar la fragilidad ajena es subversivo y no todos podemos hacerlo"

Andrea Jiménez y Noemí Rodríguez regresan al Centro Dramático Nacional con un grito generacional que pide cambio

26 min

Andrea Jiménez y Noemí Rodríguez son Teatro en Vilo, en mayúsculas y en minúsculas. Más allá de ser el nombre de su compañía conciben así su manera de hacer teatro, que empezaron en pequeñas salas, autoproduciéndose ellas mismas, y que las ha convertido en un fenómeno que llega ya a grandes salas.

Su última propuesta es Blast, un canto generacional, performativo. Un encuentro de personas jóvenes que gritan a un mundo y a un teatro que requiere cambios. Un teatro de lo posible para un mundo posible. 

--Pregunta: ¿Qué tal va por el Centro Dramático Nacional (CDN)? ¿Cómo es la respuesta del público?

Andrea Jiménez (A.J.): Todas las funciones tienen un proceso en el que varían con el público que asiste. Al hacer Man up, vino primero nuestro público, mujeres de nuestra edad, y poco a poco se fue llenando de hombres, que eran los más representados. Aquí creo que va a pasar algo similar y cada vez vendrán más jóvenes. Aunque no esté destinada sólo a ellos, Blast es un canto generacional tan fuerte en un espacio tan raro de expresión que me da que cada vez más el CDN se llenará de centennials, porque sienten excitación de ver representado el sentir de su generación.

--¿Al entrar al CDN sienten que ayudaron a cambiar un poco el público de ese teatro y el público que asiste al teatro? ¿Sienten que ha rejuvenecido el público del teatro? Y si es así, ¿cómo lo han hecho?

A.J.: Yo siempre he querido hacer un teatro que me represente a mí primero. Yo siempre he sido una apasionada y una hater del teatro. Lo he buscado y a la vez siempre he vivido con él un alto nivel de decepción, porque me frustraba cuando no representaba la vida. Creo que allí ha habido un deseo, tanto en la temática como en su apariencia de ser muy improvisado, fresco y gamberro, de traer la vida con todos sus matices y contradicciones, fracasos y estupideces. Eso ha invitado a venir a gente que no es muy de teatro y a muchos millennials. ¡Ahora también a esa generación más joven a la cual ya no pertenecemos! Pero nuestro trabajo consiste en poner la experiencia de las personas que lo hacen en el foco e inevitablemente atraen a sus pares. Por eso, el día del estreno me pareció muy heavy ver el palco del María Guerrera lleno de gente que a mí me parecía muy joven. Es chocante, porque son personas que no conozco y no estaban allí antes. Eso es lo divertido de Blast, abrir el diálogo y fomentar el encuentro donde no suele suceder.

--Y el público más tradicional, ¿cómo lo vive?

A.J.: No tengo la percepción agudizada para ver cuál es ese fenómeno en el público. En el estreno se fueron cuatro o cinco personas. Obviamente, habrá un público al que, por mucho que lo que hagamos sea una comedia fácil de ver, le produzca un cierto choque generacional. Otras están en el desconcierto y la fascinación observadora, y otras se entregan con el recuerdo de querer cambiar el mundo. Muchos han pasado por ahí, hay quien sigue ahí, pero no te sé responder del todo. Sé que hay gente a la que no le va a gustar (ríe).

Escena de 'Blast' / LUZ SORIA
Escena de 'Blast' / LUZ SORIA

--Cuando eso sucede y reciben críticas negativas o muy duras, ¿cómo se enfrentan a ellas?

A.J.: Siempre uso la crítica como aprendizaje y busco darle la razón en algo, porque nos ayudan a entender. Las críticas nos ayudan a crecer, incluso las más voraces en las que nos han dicho "bestias testosterónicas que gritan" o nos insultan por ridiculizar a los hombres. En este caso hablan de "la superficialidad respecto a la respuesta de la pregunta". Que dices, claro, como cambiar el mundo es una pregunta errática, la respuesta sólo puede ser errática porque la búsqueda también lo es. Lo que me frustra es que lo relacionen con el salto generacional, porque creo que hay un desprecio generacional por cómo esta generación se relaciona con el dolor. Es una generación que presta más atención que nunca al lenguaje, a las luchas identitarias de género, antirracistas, ecologistas... Eso supone un grado extra de atención. Se les llama generación de cristal de forma despectiva para decirles que son demasiado sensibles. Lo cierto es que son los primeros que han dicho que no tienen que soportar el mismo nivel de dolor que los otros o estar en ese nivel de esfuerzo y sacrificio que tenemos los millennials, que estamos abocados a hacer lo que se debe hacer. Hay algo de esto que me cortocircuita. Es un cambio de paradigma sobre a qué dar importancia. Se centran en la salud mental, la experiencia personal, no pasar por encima de los sentimientos. Todos los anteriores hemos priorizado el trabajo y el esfuerzo frente a eso y esta mutación es la que está en el foco del espectáculo y genera reacciones.

Noemí Rodríguez (N.R.): Siempre se produce este fenómeno con las generaciones que llegan a la edad adulta. Causan un shock en los que somos adultos hace un rato, una sensación de incomodidad, de mirar por encima porque “no tienes idea”, “porque ayer eras un bebé”. Un lugar en el que hemos estado también a lo largo de nuestra trayectoria personal y como artistas. Te has de hacer un hueco desde tus propios valores generacionales y tu lugar en la historia. Y el contexto influye. Yo me he visto en ese lugar pero, como entendemos el teatro como lugar de encuentro, esas personas me han alumbrado en cuestiones que no habría reflexionado de esta manera o con las que no habría conectado.

--Ante todo esto que causan sus obras, ¿cómo definirían la última, 'Blast'?

A.J.: Siempre decimos que es un encuentro. Entre los siete que son, que son muy distintos entre sí y nunca se hubieran encontrado si no fuera por Blast; entre nosotras con ellos y entre el público con ellos. Un encuentro de diferencias, el encuentro improbable. Y a su vez un homenaje o invitación a la escucha. Que es escuchar cuando no puedes escuchar.

N.R.: Estoy de acuerdo con ella. En la superficie y en el fondo es un intento muy grande, con mucho esfuerzo de mucha gente de querer entender más, desde la incertidumbre, la ambigüedad, el atrevimiento, el dolor, la alegría, el encuentro.

A.J.: Es intentar algo con la certeza del fracaso. Intentar cambiar el mundo es abocarse al fracaso, pero es un intento desde la fe y la conciencia de que es un posible imposible.

Ensayo de 'Blast' / LUZ SORIA
Ensayo de 'Blast' / LUZ SORIA

--¿Eso enmarca su teatro dentro de un mensaje esperanzador o naif?

A.J.: La esperanza es naif hasta que se convierte en acción. Al final, es una incitación a la acción. Puedes trabajar el músculo de la fe, pero lo que provoca que eso deje de ser naif es lo que hace la gente cuando sale del teatro. Puede ser naif o no en función de donde queda colocarlo cada uno. El derribo de la esperanza por el insulto de lo naif es la estrategia de los cobardes.

--Definen 'Blast' como un encuentro, pero todas sus obras se convierten en encuentros y planteamientos y reflexiones que surgen de ellos con algo que surge de lo emocional y personal ¿Se ha perdido la idea del teatro como encuentro y lugar donde expresar las emociones?

A.J.:No lo sé. Ya en Blast nos hemos planteado hablar del mundo en abstracto, lo que no tiene sentido, porque uno habla del mundo desde su experiencia personal. Con Blast nos hemos enfrentado a la dificultad de superar la experiencia individual y cómo convertirla en una experiencia colectiva. Que una lesbiana racializada exprese su rabia en el María Guerrero ya no es sólo la expresión de su rabia individual, porque con el encuentro con el público genera un mundo. Cómo dejar de escuchar sólo las historias de amor burguesas con las que has crecido y espejado y abrir el espacio de lo representable en el teatro es un tema. Para mí, está muy viva la pregunta de cómo trascender la experiencia individual para cambiar. Eso desborda el lugar del teatro como espectadores-actores y entra lo performativo, salir a la calle... algo que está en Blast aunque se hace en un teatro a la italiana, con unas reglas determinadas que no se pueden desafiar para que siga existiendo al teatro. La pregunta para mí no es qué hace más falta en el teatro sino cómo hacemos para que el teatro desborde su propia herramienta y siga en la calle y en la vida.

N.R.: Si pensamos si el trabajo refleja el mundo tal y como es por mucho que se cambien formas, lenguajes, contenidos y lenguajes es una gran pregunta. Viendo la programación del CDN, por ejemplo, muchas obras en contenido se vinculaba a la idea de reconstrucción del mundo tras este periodo de obstrucción. Es normal, es escuchar el momento, pero una manera de atender más a lo que el mundo es, en el teatro como en otro medio, debe ser más diverso. El artista crea desde lo que conoce y sabe y para ampliarlo debes ampliar tus mundos, tus realidad y hacer procesos de investigación para ensanchar y no quedarte en lo que sabes. Esto implica nuevas maneras de hacer y nuevos tiempos. Para intentar reflejar el mundo en su diversidad y sus preguntas difíciles de responder necesitas tiempo y el teatro atiende a tiempos muy de economía que no permiten investigar profundamente.

--Muchas compañías apuestan por lo performático y no llegan al CDN. Ustedes hacen un trabajo que se acerca a lo performático, entran en las instituciones con un teatro reflexivo en cuanto plantea preguntas más que dar respuestas, pero es poco común. ¿Eso se debe a una falta de apuesta por parte de las instituciones o a la falta de público? ¿Creen que pueden abrir o han abierto un hueco, una vía de exploración? 

A.J.: Nosotras hacemos un proceso libre, arriesgado y radical de investigación. Eso en España no se financia normalmente. Ese es el gran tema. Ernesto Caballero fue el primero en abrirnos la puerta institucional del CDN tras ver Generación guay, que ya fue una obra autoproducida salida de un larguísimo proceso de investigación y una suma de intentos. Cuando nos dijo de hacer algo, tuvimos que avisarle de que no sabíamos si nuestro proceso era posible en una institución, porque requeríamos hacerlo en tres fases y un nivel de tolerancia al riesgo, porque nadie puede leer el texto antes, porque ni nosotras sabemos de qué va la obra. Cuando llegamos al primer ensayo sólo hay una pregunta, radicalmente. Hay ideas, hay deseos, ejercicios, provocaciones. Tras la pregunta hay un elenco. Y allí sí que creo que hemos pelado un hueco para exigir 60 días en vez de 45 de exhibición. En España es una locura porque la misma Unión de actores exige que se hagan 45 días seguidos. Allí ya hay un montón de problemas porque la institución misma está diseñada para que sean 45 días de puestas en escena de un texto y que la escenografía esté seis meses antes del primer día de ensayos. En nuestro caso no es posible, puede serlo, pero lo normal es que surja cuando finalice el proceso de investigación. Eso nos requiere estar en un nivel de peligro y reto constante para defender un proceso propio sin sentirnos culpables. Es el liderazgo de la femenino, el lugar de la escucha en la relación con los actores, el proceso,... Nosotras cambiamos cosas hasta el final, es nuestra manera de trabajar, somos Teatro en Vilo. Esto es lo que crea un teatro vivo y se asocia a la institución y al deber ser algo más fijo. Permanecer en esta tensión es difícil. Es un privilegio acceder a los recursos de una institución y, desde luego, este CDN está francamente abierto a propuestas. Pero la estructura institucional no es receptiva con este tipo de procesos y requiere estar fuertemente en el cambio. Básicamente es muy cansado, porque todo el rato te hacen sentir culpable de que así no es. Y no, es que así es que así es también. No es que lo otro esté mal y esto sea mejor, pero que nos dejen de poner en peligro el peligro. El arte nace de esta fragilidad. Es maravilloso que alguien esté dos años y tenga todo clarísimo, pero para hacer lo que hacemos lo necesitamos hacer así. Como ves tengo un poquito de enfado.

--¿Comparte el enfado, Noemí?

--Comparto la sensación de vulnerabilidad al traer un nuevo sistema a un sistema que ya es. Hay que hacer un ejercicio de confianza tan grande en tu manera de hacer. Con los años se ha visto recompensada por el público. Por lo que decías, porque existía una demanda real de ver no tanto otros lenguajes, sino el resultado de creaciones colectivas con puntos de vista más variados. Comparto la bola en el estómago. Ahora ya llevábamos varias obras en el CDN, pero al principio no sólo era traer esta manera de hacer sino ser dos mujeres jóvenes, que era algo raro. Hay que hacer muchos ejercicios en casa, de defender lo que estás haciendo.

A.J.: ¡De defenderlo! Porque es tan fácil como artista sentir que no estás haciendo lo que debes hacer que darle la vuelta al discurso para decir, no, yo defiendo esto y lo pongo como virtud y no como defecto. Es un ejercicio divertido y creo que cualquier compañía o ideador debe hacerlo, pero es cansado. A veces ves la recompensa y el cambio y situación que genera. Queda mucho trabajo en España para el teatro de creación. No es el CDN, que es el que está en el cambio, va desde el INAEM, la Unión de actores, las ayudas de producción, la formación actoral, los tiempos de residencia técnica y contratación del equipo artístico... Todo esto no está preparado para un proceso de trabajo de creación. Claro, es más caro, por ello no está adaptado.

N.R.: Y si vienen dos personas como nosotras que somos unas matadas que cogemos lo máximo que nos dan y con él hacen esto… no es el ideal. Ya hay personas que trabajan en procesos más convencionales y ya están el límite, ¡imagínate! No tienes tiempo para hacer un landing, llegas estresada, con tensión. Hay que ir así.

--La pregunta es obligada tras todo esto y tras sus propuestas. ¿Se pueden cambiar tanto el mundo como el teatro?

A.J.: Sí. Es muy fácil cambiar, se trata de hacer o dejar de hacer algo a partir de ahora, ya. Es dejar ese trabajo que te pesa, reciclar la lata, no comprártela, ir a terapia... Hay tantas posibilidades de empezar con el cambio... Se trata de iniciar algo que deseo, me reta y está en la justa medida de dificultad entre quien soy y quién me gustaría ser. Nosotras no queríamos hacer una obra de “cambiar el mundo es cambiar las pequeñas cosas de cada día”, pero es que lo es. Se trata de entender esta premisa desde la fe y sentirte que desde este cambio eres parte de un conjunto de otras personas que también están en ello. No es esa idea neoliberal de sonríe y cambia tus pequeñas cosas, sino empieza por algún lugar y piensa que somos muchos y si te caes y te hundes en la angustia y la ansiedad de lo imposible no va a pasar nada. Empieza con lo que puedas, mira a tu alrededor, observa como otros cambian y recoge de ellos la esperanza para seguir cambiando y sosteniendo lo que has elegido cambiar.

N.R.: La idea de cambio era mi motivación principal. Más que la idea misma de cambiar el mundo, cómo se cambia, cómo dejar de oponerse al cambio y vivirlo como una oportunidad. El cambio es inevitable, como decimos en la obra. Pero ¿cómo miramos el cambio a la cara cuando es un cambio de paradigma y de sistema cuando para tí ha sido la base de tus creencias y valores hasta ese momento? Eso es extensible a nivel personal y macro. Cómo ver el cambio, cómo verlo como algo excitante que te permita vivir más por ser de otra manera.

A.J: El cambio siempre es aterrador, no puede ser de otra manera. Si no es aterrador no es cambio. Desafiar algo que quieres ser, desafiar una verdad da miedo, por eso sólo puede hacerse conjuntamente, para que alguien te sostenga la mano en el peligro que es dejar de otorgarle la credibilidad absoluta a que eso es la única manera.

Escena de 'Blast' / LUZ SORIA
Escena de 'Blast' LUZ SORIA

--¿Sienten que ahora hay más necesidad de cambio y sensación de crisis y a la vez más rechazo? 

A.J.: Me parece que para sobrevivir al conflicto nos encerramos en grupos que retroalimentan nuestras creencias, que es exactamente lo que hacen las redes sociales. Se trata de la cancelación constante de lo otro. Por otro lado, es agotador ser racializado o trans y tener que justificar porqué ciertas cosas son racistas o tránsfobas y de allí la necesidad de crearse burbujas de seguridad donde eso no pasa. Yo creo, y por eso hago teatro, que hay que desafiar las burbujas de seguridad y salir de ellas aunque sean necesarias. No digo que haya que explotarlas, sino salir. Una vez se tienen las energías y las fuerzas es necesario volver a escuchar, volver a abrirte a la posibilidad de que tu enemigo también puede sentirse amenazado por ti. Ver la fragilidad de incluso quien te ataca y hacerlo desde un lugar de autocuidado. Escuchar la fragilidad ajena es subversivo y no todo el mundo está preparado para hacerlo. A veces, no puedes porque el nivel de trauma, de dolor es demasiado grande, tu cuerpo ya ha vivido demasiados impactos y no puedes abrirte a escuchar a este posible agresor. Pero quién sí tenga el privilegio de poder escuchar y estrechar lazos debe usarlo. Es fuerte, pero detrás de cada acto de violencia hay alguien con dolor. Preguntarse sobre la escucha es preguntar hasta dónde escuchas, a quién escuchas y quién escuchable. En un contexto de guerra hay quien pide “escuchemos” y cancela una parte de la historia con absoluta conciencia de manipulación de parte de la historia. Nosotras hemos decidido contar una parte de la historia, la de una juventud disidente --personas LGTBI, racializadas, ecologistas...-- y no son toda una generación y no son las únicas personas con ideas de cambio. También hay gente de Vox que piden ideas de cambio y no les estamos dando voz, sólo se la damos a una parte para compensar la balanza de quién habla y a quién se escucha. Hay más formas de pensar e ideas que traer, incluso más allá de las ideas políticas y sólo sentarte a escuchar sus historias, sus fracasos, la dinámica de cambio es subversiva como relación.

N.R.: Tras la pandemia, estamos gritando en nuestras casas, los psicólogos no dan más y buscamos salir del pánico e intentar hacer cosas con la esperanza y posibilidad de poder cambiar algo desde el encuentro y, si puede ser físico, mejor. ¡Yo para intentar tapar el caos de la información negativa vivo en Instagram! Quiero salir de aquí y no tengo idea de cómo hacerlo. A mí me sale cuando trato de recordar lo que es una vida sin miedo, porque estamos rodeadas de mucho miedo.

--Por último, ¿el teatro es un lugar para iniciar ese cambio?

A.J.: Absolutamente. Es un lugar donde se gesta lo posible, es un lugar donde gestar posibles sin peligro.

N.R.: Sí, porque si no lo creyera no podría hacerlo, sino no tendría sentido hacerlo, si no creyera que lo que hacemos va más allá del entretenimiento y está al servicio de la sociedad.