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El escritor Carlos Ruiz Zafón, en la presentación de una de sus obras / EP

El Stetson de Zafón y el abrigo de Gogol

En la literatura del escritor barcelonés, como en la del ruso, un adverbio, por insignificante que parezca, puede provocar una pesadilla incontrolable

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Me di cuenta de que Ruiz Zafón podría haber comprado su Stetson (como modestamente hicimos muchos vecinos) en la sombrería de Fortuny, aquel hombre malvado que pegaba a su mujer. Solo al cabo de un tiempo entendí que, con aquel sombrero, el autor festoneaba las aceras de La Sombra del Viento, su novelón, con 15 millones de ejemplares vendidos y traducido a todos los idiomas. Me acordé de Aurora, la portera de la casa de la sombrerería de Antonio Fortuny, el padre oficial de Julián Carax. Como en realidad el dueño de la tienda no era su padre, Carax le llamaba “sombrerero” y don Ricardo Aldaya, el padre biológico de Carax, le llamaba Fortunato. La esposa de Fortuny y madre de Carax, Sophie Carax, era profesora de piano en casa de señoritas de alta alcurnia. Sophie era la hija de un músico francés que murió de tuberculosis; su única amiga, la Vicenteta, era la depositaria de todos su secretos: “mi marido me pega, mi hijo no es de Fortuny”.

Un día, Sophie se hartó y se marchó a Buenos Aires. Al cabo de un tiempo, acabó en Bogotá, donde al parecer fue feliz y abrió su propia escuela de música. Penélope Aldaña era la hermana menor de Jorge Aldaya y de Julián Carax, el ilegítimo; ella estaba enamorada de Julián Carax y sabía que no eran hermanos; pero cuando su padre se enteró de que estaba embarazada, la encerró en un cuarto oscuro, donde la chica murió desangrada y también perdió al hijo. La enterraron en la cripta de la casa en un ataúd blanco, con su hijo en brazos.

El afamado escritor español, Carlos Ruiz Zafón, fallecido este viernes 19 de julio de 2020 / EP
El afamado escritor español, Carlos Ruiz Zafón, fallecido este viernes 19 de julio de 2020 / EP

Camino de Buenos Aires

Por su parte, Ricardo Aldaya, padre de Penélope y de Ricardo Aldaya, había tenido a Julián Carax fruto de una infidelidad con la pianista fugada. Don Ricardo era empresario textil y uno de los hombres más ricos de España. Julián debió acabar harto de todo porque, camino de Buenos Aires, a bordo de un vapor, se tiró al mar y se lo comieron los tiburones, como cuenta un fragmentito del dramatis personae infinito de Ruiz Zafón.

Con el tiempo, aquel Stetson de can Fortuny se fue ajando de viejo. Empezó a parecerse a El abrigo de Gogol. Hablamos del drama y la comedia, reinos de Zafón, nuestro divino estenógrafo. En la narrativa del escritor fallecido, como en la del escritor ruso, una palabra, un adverbio, por insignificante que parezca, puede provocar una pesadilla incontrolable.

La novela increpa al mundo del alma

Caí en la cuenta de que Akaki Akákievich, el empleadillo funcionario de la Rusia de los zares, que lleva el abrigo y lo pierde en la novela de Gogol, podría parecerse al Daniel Sempere de La sombra del viento, el libro que cerró la tetralogía del autor, junto a El cementerio de los libros olvidados, El juego del ángel y El prisionero del cielo. En el caso de los narradores más conspicuos, la diferencia entre lo cómico y lo cósmico puede depender de una sibilante, la consonante que suena muy parecida al sonido del viento.

El Akákievich de Gogol y su abrigo acaban peor de lo que empiezan; en La sombra del viento, al lector no se le enmascara ninguna realidad, por malévola que ésta sea. La literatura no consiste en apiadarse del oprimido ni en maldecir al prepotente. La novela increpa al mundo secreto del alma, un escenario colonizado por las sombras de otros mundos, a veces más recónditos. Sin que nos demos ni cuenta, lo inexplicable pasa por delante de nuestras narices; suele ser una inclinación oscura, como la que empujó a Julián Crax a tirarse por la borda. Un segundo antes de lanzarse al océano, uno se imagina a un joven, vestido de tafetán blanco, apoyado en la cubierta agradable de un vapor, que bien podría ser de la poderosa Compañía Trasatlántica del marqués de Comillas.