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Rodrigo Pla y Laura Santullo / EFE

Rodrigo Pla y Laura Santullo: “No creemos en el cine como manual para vivir mejor”

El realizador y la guionista ponen sobre la mesa el debate de la sobremedicación en los tratamientos para el TDAH

12 min

Rodrigo Pla (Montevideo, 1968) y Laura Santullo (Montevideo, 1970) no tienen miedo a nada. Sus películas, por pequeñas que puedan parecer, dan donde más duele a la sociedad, pero desde el debate. "La función de una película no es dar respuestas", aseguran; lo que sí hacen es mostrar visiones diferentes sobre ciertas temáticas.

En El otro Tom es claro. El protagonista es un chico diagnosticado con trastorno por déficit de atención con hiperactividad infantil (TDAH), cuya madre se ve obligada a medicarlo para poderlo tener más tranquilo en casa y que no lo echen de la escuela. El problema aparece cuando esa medicación que tiene un efecto positivo en el pequeño hace aparecer algunos efectos secundarios.

El poder

El debate está servido desde el principio. Antes incluso que la película, los debates acerca de la sobremedicación y los criterios de TDAH ya circulaban como lo hacen ahora. En todo caso su vocación nunca fue posicionarse, sino tratar de indagar hablando con testimonios. Esto ha dado pie al filme y a un libro que escribió Santullo, aunque ambos tienen diferencias: "Son primas hermanas. Tienen elementos en común y otros divergentes".

El otro Tom desplaza la acción a la frontera entre Texas (Estados Unidos) y Ciudad Juárez (México), lo que "subraya el hecho de la dificultad de clasificar los límites", señala Pla. Eso también ayuda a poner la imagen de esas instituciones fuertes "que pudieran tomar decisiones sobre la vida íntima de esta familia", remarca Santullo. Porque, ante una escena en que una madre puede perder la custodia de su hijo por no medicarlo, ¿qué presión ejerce el Estado? ¿Y las farmacéuticas?

Poster de 'El otro Tom'
Poster de 'El otro Tom'

Dos visiones

Lejos de ser un panfleto antimedicación, sus realizadores también muestran las consecuencias que supone optar por retirar un tratamiento a esa persona diagnosticada. Cuando la protagonista tiene un susto con su pequeño, lo relaciona con los efectos secundarios de las pastillas que toma, pero al dejar de dárselas, convencida por grupos contrarios a los remedios farmacéuticos, su hijo se pone peor.

"Las películas viven mejor donde los espectadores pueden hacer su parte y, de alguna manera, aportar su punto de vista. En esta película, pero también en general. En nuestras cintas, siempre procuramos contar una historia más, no dar una clase didáctica de lo que la gente debe pensar. No creemos que la función de una película sea dar respuestas cerradas sobre asuntos", defiende la también guionista del filme. 

Sin doctrinas

La mexicana subraya que, "tanto el TDAH, como muchas temáticas, atraviesan la película, pero no son la película. La cinta es la historia de esta familia en particular que toma ciertas decisiones. Las que toman ellos". "No decimos en ningún momento que esas sean las decisiones que hay que tomar o no", matiza. 

"Para nosotros es importante aclarar que esto no es una especie de declaración de principios, es una película. Cada persona, mirándola, tomará su punto de vista. No nos corresponde a nosotros guiar la mirada o decirle a las personas lo que deben pensar al respecto de lo que piensen los personajes", prosigue en entrevista con Crónica Global.

--Pregunta: Esa voluntad de que el espectador rellene esos huecos, esos vacíos, la remarcan con el estilo de la película. Hay muchas escenas que suceden fuera de campo, incluso un accidente crucial que sucede en medio del filme.

--Rodrigo Pla (R.P.): Eso refuerza la idea de lo que decía Laura. La intuición es mucho más poderosa de lo que podamos ver. Aporta también dosificación del espectador. A eso se le suma la voluntad de mostrar los hechos desde el punto de vista de la madre y del hijo. El punto de vista implica mostrar lo que ellos ven y cómo miran las cosas y viven las situaciones. Nos gusta quedarnos con esos personajes sin necesidad de ser didácticos ni mostrar los planos de todo el mundo para explicar cada situación y reacción.

--En ese sentido, la burocracia sí tiene un cometido relevante en sus últimas tres películas y sí parece que toman posición sobre ella. Tanto en 'La demora', como en 'Un monstruo de mil cabezas' y en esta son mujeres que se enfrentan a ello. ¿Cuán determinante es la burocracia en la vida de uno? ¿Afecta más a las mujeres, es decir, el Estado ejerce mayor presión sobre ellas?

--Laura Santullo (L.S.): El hecho de tomar personajes masculinos o femeninos no es un posicionamiento a largo plazo. Vemos cuál es el personaje que nos apetece narrar y contar. Ha sido más coincidencia que una agenda pensada. Nos interesan los seres humanos en el sentido más amplio. Lo que sí nos gustan son los personajes que están en oposición a un sistema. En las dos anteriores era efecto colateral de la ausencia del Estado, porque las mujeres quedaban en una precariedad absoluta para defender sus derechos y acaban con unos resultados. En El otro Tom dimos un brinco y nos centramos en lo que ocurre cuando el Estado está muy presente. Nuestro personaje ahora se ve vulnerable frente a una maquinaria que se echa a andar y que ella no sabe cómo detener y la pone en la posición de poder perder la custodia de su hijo si no hace lo que se le pide. A la vez, también es una madre que intenta ser madre y comprender lo que le pasa a su hijo y actuar de lo que cree que es la mejor manera para que Tom esté mejor. Está entre lo que el Estado debe hacer con su vida y, al mismo tiempo, ella encuentra su propio camino para ser mamá, tomar decisiones propias que a veces le llevarán a enfrentarse a otros, a la institución, en este caso.

--Una de estas instituciones a las que se enfrenta es la escuela y el trato que se le da a los niños como Tom. ¿Está la educación preparada para abordar estas diferencias?

--R.P.: La educación no se ha movido mucho de lugar, se ha estrechado el criterio de lo que es normal o anormal. Rápidamente se clasifica, se diagnostica, se cataloga cualquier comportamiento que tenga ciertas diferencias como una patología. De eso hablamos. Se toman poco en cuenta las nuevas formas que hay en la sociedad, como esos niños sobreestimulados por una cantidad de pantallas mientras las clases tradicionales de las escuelas se han movido poco de lugar, no han sabido este nuevo ser de las personas. Es más fácil achacar las culpas y liberarse de ellas y de las responsabilidades y responsabilizar a los niños de no cumplir las expectativas de éxito. Ese es otro tema que reflejamos en esa toma de los dibujos de los alumnos que reflejan sus expectativas o las que la escuela tiene de ellos: la idea de que la vida es felicidad, superación y éxito y debe disfrutarse con una sonrisa. Se olvidan de que la vida se compone de diversas emociones, que uno esté triste porque se le muera alguien no le hace padecer una enfermedad. La vida no es felicidad constante, tiene altibajos.

--L.S.: Hay una presión social de felicidad y hacia el éxito, entendido este como una vida de éxito y productividad. Muchas veces, quienes no encajan en este esquema quedan como tachados, tildados, estigmatizados como gente problemática, inadaptada. Tal vez lo que tenemos es un campo demasiado estrecho para adaptarnos. La gente es más diversa de lo que queremos creer o nos gustaría ver. En ocasiones designamos como enfermedad o trastorno un montón de situaciones que podrían no ser más que diferencias, comportamientos distintos. Y sí es para preguntarse al respecto. ¿Qué hacemos, adaptarnos a eso o hacer que la gente se adapte? Hay muchas preguntas acerca de lo que es normalidad y enfermedad. Nosotros no lo tenemos claro, pero el propio TDAH como diagnóstico es muy cuestionado por médicos, no hay una única voz en eso. Puede que haya una voz más hegemónica que dice qué es la enfermedad mental y estos niños están enfermos, pero también voces discordantes que cuestionan el propio diagnóstico y el abordaje medicamentoso, como mínimo como único abordaje.

--¿Qué papel juega el cine en esto?

--L.S.: Nosotros no vemos el cine como un instrumento didáctico sino de emociones, para llenarnos de experiencias. No creemos que el cine cumpla el rol de decir a las personas cómo vivir, dialogar con ellas, les hace abrir la cabeza y las emociones. La función del cine no es de autoayuda, ni creemos en el cine como manual para vivir mejor. Lo que permite el arte o el cine es ampliar el rango de vivencias y hacer de tu vida algo más rico, pleno en la diferencia, porque te presenta un abanico importante y generoso de emociones, sentimientos e historias. Creemos en ese cine y en la diversidad de sus historias para que los espectadores puedan tomar luego su propio camino y visión de mundo a partir de esa variedad que se presenta.