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La directora de cine Neus Ballús / INSTAGRAM

Neus Ballús: "Lo natural es que las películas sean bilingües como mínimo y que no sea un conflicto"

La directora catalana presenta 'Sis dies corrents' en el festival de Locarno: "Es un bonito final y un gran inicio para que llegue al público

17 min

Neus Ballús (Mollet del Vallès, 1980) lleva tres largometrajes y una carrera imparable. El primero, La plaga, se presentó en el Festival de Berlín, fue nominado a los Goya y obtuvo cuatro premios Gaudí, entre ellos, el de mejor película. Con el segundo, El viaje de Marta (Staff Only), se atrevió con la ficción. Y ahora, regresa con un híbrido, Sis dies corrents, que ha sido seleccionada para el festival de Locarno y el de Toronto.

Para ella, la participación en estos certámenes “supone el final de una etapa de seis años de idear, fabricar y trabajar en un proyecto muy artesanal; de ver cómo ajustas esto a la financiación, a la industria…”. En definitiva, “que dos festivales de esta dimensión decidan estrenarla es un bonito final y un gran inicio para que llegue al público, que es el motivo por el que la hacemos”, asegura.

Entre la ficción y la realidad

La película ha supuesto todo un reto. Se trata de un híbrido entre documental y ficción que sigue a tres personajes: Valero, Pep y Moha. Ellos no son actores, son electricistas y fontaneros que se cuelan en la casa de los demás a trabajar, y la cineasta se mete con ellos.

Las situaciones, provocadas por la directora sin que los protagonistas lo sepan, hacen aflorar ciertas microviolencias, la mirada al otro, el racismo… La realizadora lo filma con total naturalidad, sin afectación, “con ligereza”. No existen los subrayados. Un desafío que ya tiene el reconocimiento de dos festivales referentes del cine independiente e internacional.

--Pregunta: ¿Cuál fue el germen de Sis dies corrents?

--Respuesta: Fueron dos. Uno de ellos es que mi segundo padre, por así decirlo, era fontanero y en las sobremesas me contaba historias de cuando entraba en las casas. Y me parece que la situación de un trabajador que entra en la casa de alguien es en sí misma muy interesante porque hace emerger de la realidad tanto la comedia, como el surrealismo, el drama, los prejuicios, el trato con el otro… Había temas de esta situación que me parecen significativos y había además algo de orgullo de clase en él.

Por otro lado, había otra parte más cinematográfica o de lenguaje. Yo venía de dos películas muy duras, con cierta intensidad, especialmente La Plaga. Cuando estaba acabando de montar Staff Only ya estaba inmersa en Sis dies corrents y tenía ganas de abordar un tema relevante, pero desde una perspectiva más ligera. La idea de la ligereza ha envuelto todo el proyecto. ¿Se pueden abordar temas importantes de un modo más ligero? Esta es la idea del proyecto.

--De hecho, en la idea no se verbaliza ese racismo, lo hacen explícito las escenas, las miradas, las situaciones. ¿Cómo ha tratado de evitar el subrayado de este tipo de temas para no hacerlo obvio?

-- Se hace tratando la realidad en el proceso de creación de una manera muy intensa. Lo que yo pueda escribir en un diálogo como guionista será mucho peor que lo que diga Valero de forma espontánea y natural, porque lo ha escuchado en la obra. Los diálogos de la película no están escritos por mí. Yo tenía una versión de guión con diálogos que ellos no tenían. Yo no sabía qué iban a hacer o decir. Para prepararlos y que se sintieran libres durante dos años quedamos una vez cada quince días para hacer improvisaciones de situaciones reales que les habían sucedido. Eso fue una forma de prepararlos para el rodaje y detectar todas las temáticas y como se sugieren y surgen los conflictos de forma natural. Así se hizo, dándoles espacio y que ellos propusieran los temas de qué hablar.

--Ninguno de ellos es actor, además.

--Todo ellos hacen de sí mismo o una versión de sí mismos. Yo, en base a la observación, lo que hice fue crear situaciones sabiendo más o menos cómo iban a reaccionar y qué temas van a salir. Ninguno sabe qué vamos a rodar, con qué cliente se van a encontrar, no se conocer. Provocamos una avería y una situación de tensión para que todo pueda desarrollarse como si fuera un documental. No lo pedimos, sino que hacemos que pase. Es una forma muy híbrida e indirecta. Todos estaban preparados para rodar así, para no cortar nunca, jugar y decir barbaridades. Se trata de conocer muy bien todos los elementos de la realidad, todos los ingredientes, por así decirlo, y de cocinarlos con cautela y en cada momento el suyo. A veces pasa y a veces, no. Tenemos 70 horas de grabación y hay muchas cosas que no salen, pero cuando sucede es muy de verdad y parece inesperado para el espectador.

--Y allí, surgen los temas que quiere abordar como la mirada hacia el otro, las fricciones, el racismo, que resuenan en la actualidad.

--Es algo lamentablemente muy actual. Este es un tema que está en mi filmografía porque siempre me ha preocupado desde muy joven: la diferencia, el otro, cómo gestionamos lo no normativo. Esta película te pregunta qué es la realidad, ¡somos todos extrañísimos! No somos normales, somos distintos, no vamos a fingir que somos lo mismo y a partir de ser conscientes de la diferencia, empecemos a trabajar la comunicación. No creía que la película fuera tan pertinente en el momento en que se va a estrenar, lamentablemente. Yo lo hago con ligereza, pero ahora estoy muy enfadada con todo lo que está ocurriendo con los temas de género, de raza, con violencia muy extrema en la calle que no estaban ocurriendo hasta este punto como ahora. Ojalá la película haga reflexionar sobre qué prejuicios tenemos, cómo tratamos al otro y si realmente intentamos verlo o no. No sabía que esta microviolencia que se muestra en la película llegara a escalar a niveles de violencia, de racismo e intolerancia hasta los niveles que vemos ahora. Ojalá la gente que no los vea se haga consciente.

--Intenta mostrar dos caras de cada situación: el inmigrante que trata de integrarse y aprender el idioma y los que le reprochan que hace demasiado y que no va a obtener lo que busca. Sin buenos y malos, ¿cree que ayuda a hacer llegar mejor el mensaje?

--No se trata de la eficacia. Hay una voluntad social, sí, pero también de retrato. Pero un retrato sutil, sin blancos ni negros. Valero no tiene mal corazón, no es consciente de sus prejuicios, pero los tiene, pero ser racista y puede ejercer violencia, lo hace. Los trabajadores se han visto a hacerlo juntos desde hace años y a entenderse lo quieran o no. La clase trabajadora gestiona la diversidad de la forma que puede, pero lo hace, mientras la clase intelectual piensa en cómo hacerlo. Quería que los trabajadores nos hiciesen reflexionar sobre cómo actuamos respecto a eso.

--Y ante este reto, ¿cuáles han sido tus referentes? Hay cierto estilo cercano a Joaquim Jordà y a los hermanos Dardenne, ¿puede ser?

--Es difícil de decir. Jordà es evidente porque fue profesor mío en el Máster de Documental. Yo me he formado en su escuela y en la de [José Luis] Guerín, Isaki [Lacuesta], es lo más obvio. Soy fan de Dardenne y otro cine social como Ken Loach. En cambio, quise acercarme más a la comedia. Parece que el cine social tiene que ser muy serio y dramático y quería ver si se podría hacer de otra manera y no encontré referentes. A la cosa más difícil que me he enfrentado es este montaje en el que tenía que encontrar el balance entre comedia y drama, lo ligero y lo profundo, y el documental y la ficción. Ha sido un trabajo de orfebrería porque no tenía de donde agarrarme.

--¿Cree, entonces, que el cine social peca de reducir las cosas a buenos y malos?

--¡Y el cine comercial, también! El cine clásico y más comercial tiende a la ultrasimplificación. Las capas de profundidad y de los personajes van en detrimento a la narrativa, a veces. Yo allí tenía que elegir entre una trama muy redonda o dejarla abierta para profundizar en las situaciones.

--Ha comentado antes que ha pasado seis años dedicada al proyecto, ¿es muy normal?

--Yo me siento afortunada, porque en estos seis años acabamos de montar y estrenar El viaje de Marta (Staff Only) mientras preparaba Sis dies corrents. Pero es cierto, que con esta última es un proyecto muy artesanal y muy largo y tienes que mantener un compromiso y equilibrarlo con dar clases y charlas y no caer en ofertas tentadoras. Estos proyectos son muy frágiles y no puedes desaparecer nunca.

Neus Ballús durante el rodaje de 'Sis dies corrents' / FILMAX
Neus Ballús durante el rodaje de 'Sis dies corrents' / FILMAX

--En este sentido, ¿cómo ve la salud del cine español?

--Hay como una especie de polarización, de separación entre proyectos más artísticos de lo que es más el producto. Estas películas encaradas al gran público han ganado peso y tienes presupuestos más interesantes porque se les han sumado las grandes cadenas. Y las películas más de autor que prueban cosas diferentes se han hecho más pequeñas y tienen menos visibilidad. Al final, se ha convertido en una cuestión de márketing, de vender las películas. La clase media de películas de entre uno y tres millones de euros, que funcionaban muy bien en salas y contaban quiénes somos y lo que está pasando, han ido desapareciendo.

--¿Los festivales ayudan a darles visibilidad?

--Es evidente. Los festivales se encargan de visibilizar estas otras películas que intentan aportar algo nuevo dentro del cine que luego en cartelera compiten con los blockbusters.

--¿Pero cree que se visibiliza más fuera que dentro?

--La salud a nivel artístico a nivel español es muy buena y lo ves en festivales, donde España tiene una ratio de participación muy buena, y se valora el riesgo, la creación, el estar a la vanguardia. Y es cierto que luego eso no se traduce en más impacto en taquilla en nuestro país. Esto tiene que ver con la cultura cinematográfica de aquí. Si se estudiara cine en las escuelas, no nos pasaría. La película de nuestra historia sería material de estudio y los adolescentes estarían pendientes de qué sucede. Por eso estamos tan huérfanos los directores que no son la norma y tenemos que realizar un gran esfuerzo de comunicación, casi de educación al público.

--A esto se le suma la llegada de las plataformas, ¿qué relación tiene con ellas?

--No tengo ninguna relación con las plataformas ni las series. Para muchos técnicos ha sido una suerte porque pueden trabajar dignamente más a menudo y es una buena noticia. Y hay directores a los que les apetece hacer películas más comerciales y les ha supuesto una buena inyección económica para este tipo de proyectos. En mi caso, no implica ninguna transformación seria hasta que no haya opción de probar cosas distintas en las plataformas.

--¿Cree que pueden acabar con la extinción de las salas?

--Creo que no tiene mucho que ver con eso. Ahora lo que vemos es gente que quiere recuperar la vida presencial. Hay cierta necesidad de hacer las cosas físicamente. Necesariamente va a haber una transformación, como la ha habido siempre, sobre cómo consumimos y cómo. No soy especialmente pesimista, pero sí es necesario defender que se pueden hacer películas que no son las norma, que son las que nos permiten pensarnos con un poco más de riesgo como sociedad.

--Y siempre ha apostado por el catalán en sus títulos, aunque en las historias se combina con otros idiomas. ¿Es porque le sale así? ¿Es una voluntad de internacionalizar el cine en catalán?

--Yo trabajo con la realidad y mis tres películas parten de una realidad social. En mi alrededor, la gente habla catalán, español, bereber y ruso. Yo observo la realidad y la incorporo a mis películas. Yo soy catalanohablante y hablo castellano, como buena parte de mi familia. A mí me parece que lo más natural del mundo es que las películas sean bilingües como mínimo y que esto no resulte un conflicto, porque a nosotros no nos lo resulta. En la película se ve, que hay un clima de naturalidad y convivencia que no es algo forzado. Yo lo que veo es que no hay conflicto.