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Detalle del icónico alienígena de la saga del Ridley Scott / GEEKTYRANT

La morada de Alien en la idílica Suiza

La localidad helvética de Gruyères acoge el museo H.R. Giger dedicado al padre de Alien, el alienígena más terrorífico del cine de ciencia ficción

7 min

La noche del 14 de abril de 1980 H.R. Giger (Coira, Suiza, 1940- Zúrich 2014) se alzó con el Óscar a los mejores efectos especiales por Alien, el octavo pasajero, la icónica película del cineasta Ridley Scott. El famoso xenomorfo, de mandíbula retráctil y cráneo de contorno fálico, reina desde entonces en el laberinto privado de nuestros miedos primigenios y su fama fue tal que fagocitó en gran medida la figura de su propio creador.

De la mente de este fantasioso artista, de fascinante personalidad y asombrosa capacidad creativa, brota un mundo oscuro, apocalíptico y perturbador poblado por terroríficas criaturas de extraña complexión, exoesqueletos futuristas nacidos al servicio del conocido como arte biomecánico. El incierto futuro de la humanidad en un planeta superpoblado, la amenaza nuclear, los especímenes mutantes o su obsesión por el sexo fueron temas constantes y recurrentes a lo largo de toda su obra. “Pinto lo que me asusta”, decía el suizo que, ya en la década de los 60 con las series Pozos y Los niños atómicos, dejaba vislumbrar su inconfundible estilo y su estética.

Cuentan que en 1977 llegó a manos de Ridley Scott un ejemplar de Necronomicón, el libro de Giger inspirado en los seres imaginados por Howard Phillips Lovecraft, el célebre escritor norteamericano autor de los Mitos de Cthulhu. Su fascinación fue tal que enseguida supo quién sería el encargado de dar vida al aterrador alienígena que sembraría el pánico en la nave comercial Nostromo, al que la teniente Ellen Ripley deberá enfrentarse. Ese al que Ash, el androide oficial científico de la tripulación, definía en una secuencia del film como “Un perfecto organismo. Su perfección estructural solo es igualada por su hostilidad”

La icónica mesa de la nave espacial de Alien / ARTSTATION
La icónica mesa de la nave espacial de Alien / ARTSTATION

Alien, señor del castillo

Tras ganar la codiciada estatuilla dorada el suizo no se compró una mansión en las colinas de Hollywood. Regresó a su Suiza natal y adquirió un castillo en la villa medieval de Gruyères, en la bella región de Friburgo. Rodeado de verdes pastos e idílicos paisajes alpinos se alza una edificación de cuatro siglos de antigüedad, el Château de Saint Germain, sede del museo H.R.Giger, un templo consagrado al padre de Alien inaugurado en junio de 1998. Varias salas distribuidas a lo largo de cuatro plantas recorren la sobrecogedora obra del que es considerado el “padre de la biomecánica artística”. Configuran su fascinante obra: pinturas, bocetos, carteles publicitarios, esculturas, muebles, diseños de producción para películas entre las que se encuentran Prometheus, Poltergeist 2, Alien 3, o Dune, además de proyectos arquitectónicos y de interiores y, por supuesto, el “octavo pasajero”, la pieza más codiciada.

La alianza perfecta entre lo prehistórico y lo futurista definen la atmósfera de una de las estancias más singulares, el Giger Bar del museo inaugurado en 2003. Disfrutar de un merecido aperitivo sentado sobre sillones, que se asemejan más al esqueleto de un extraño engendro que a un confortable objeto decorativo bajo una cúpula de huesos, resulta sin duda una experiencia inolvidable. Quizás darse un respiro en este singular local sea la mejor manera de adentrarse en el complejo mundo del artista. El visitante experimentará la sensación de encontrarse en el interior de una gigantesca ballena, como en la odisea bíblica de Jonás.

Un vistazo por el impresionante bar del museo de H. R. Giger / ANDY DAVIES
Un vistazo por el impresionante bar del museo de H. R. Giger / ANDY DAVIES

Gruyères, donde te la darán con queso y chocolate

Tras disfrutar de este lúdico ambiente de pesadilla, nada mejor que callejear por el pueblo de Gruyères, elegido en 2014 como el más bello de la Suiza francófona. Situado sobre una suave colina prealpina, sus calles empedradas acentúan su porte medieval, mientras que las encantadoras casas blancas de ventanas y balcones de madera cobijan pintorescos restaurantes y tiendas. En el punto más alto de la ciudad se encuentra el castillo fortificado, cuyas primeras menciones datan de 1244, una visita imprescindible de la ciudad. Ocho siglos de apasionante historia se han sucedido entre estos pétreos muros. Hoy podemos atestiguar su dilatada historia contemplando sus colecciones permanentes conformadas por obras de arte, objetos históricos, muebles o decorados. Además desde la terraza se disfruta de unas espectaculares vistas panorámicas de la región.

El impresionante castillo de Gruyères / SILVANO ZEITER
El impresionante castillo de Gruyères / SILVANO ZEITER

Resulta prácticamente imposible pensar en Suiza y que lo primero que se nos venga a la mente no sean el queso y el chocolate. Dulce o salado, aquí no tendrán que elegir, ya que podrán comenzar por su famosa fondue “moitié-moitié”, elaborada con las mismas proporciones de Gruyère AOP y Vacherin Fribourgeois AOP sus célebres quesos regionales, y coronar la velada saboreando sus finos chocolates. Pueden además acercarse hasta alguna de sus queserías para observar el proceso de fabricación de este sabroso producto, mientras que los más golosos disfrutarán de una dulce experiencia en la Maison Cailler, sede de la marca de chocolate más antigua del mundo, en la vecina localidad de Broc, descubriendo todos los secretos de este codiciado ingrediente.

A todos estos atractivos se le suma un apabullante entorno natural con numerosas rutas que lo transitan en una región, la de Friburgo, con una riqueza cultural y un patrimonio histórico único, palpable en todos sus municipios. No hay mejor aderezo para este viaje que pasear por Friburgo, la ciudad de los “14 puentes”; Moléson, un balcón de 360° prealpino; Murten, la perla del lago Morat; o Vully el paraíso de los gourmets.   

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