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'Homenot' Juan Marsé / FARRUQO

Marsé y la memoria inmóvil

El novelista de la Barcelona de la posguerra no quiso ser clasificado; él nunca escogió; fueron sus dedos con el lápiz sobre el papel en blanco los que determinaron su camino

14 min

Estamos hechos de frustraciones y de sueños. Esta mezcla panorámica es la foto fija y desacomplejada de Juan Marsé, que ganó el Premio Biblioteca Breve en 1965 con Últimas tardes con Teresa, umbral de una obra brillante como novelista. Harto de palabrería hueca sobre el arte de la escritura, un día exclamó: “Mi mundo interior tiene que ver con la escenografía y las vivencias de mis novelas”. Aquel día murió la teoría pija del microcosmos. Y el asunto tiene su miga, porque un autor, al que no le gustaba enfermar de literatura a base de citas y referencias, tenía en su despacho una cita de Nabokov –así lo cuenta Martí Gómez en una entrevista– sobre el fin último de Lolita, un mensaje más perturbador que simpático: “La literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle Neardental gritando el lobo, el lobo con un enorme lobo pisándole los talones. No. La literatura nació el día en que el chico llegó gritando el lobo, el lobo sin que le persiguiera ningún lobo”.

Marsé ha hablado siempre de historias por contar. Les pedía a los duendes de la narración que “todo lo que cuento parezca real” y que la historia se mantenga por sí sola, por “las propias leyes narrativas, como en las grandes novelas del XIX”.  Él es la memoria de un hombre “de pupila descreída, estatura escasa, escépticas las espaldas, incierta la sonrisa y oscuros sus designios”, según el autoperfil que escribió en su momento para el semanario Por Favor. Marsé leía como un poseso. Admiró a Baroja, a Faulkner y a Stevenson; y su forma de ordenar la memoria de la supervivencia estableció, sin pretenderlo, la frontera real del Medio Siglo, una generación en la que entraron todos sus colegas, los Barral, Vázquez Montalbán o Gil de Biedma, amigo muy especial, consejero y mentor en el intrincado mundo de las letras. 

Marsé habló de una “hermosa amistad” a la que Carme Riera añadió las frecuentes copas en Boliche, Cristal City, Jamboree, L’ Etoil o El Pastis; las tertulias en el “sotano más negro que mi reputación” que Jaime Gil tenía entonces en la calle Muntaner de Barcelona y donde el joven del Carmel trabó relación con los Goytisolo, Ferrater o Helena Valentí. Todo, siguiendo el orden taxonómico del crítico Josep Maria Castellet, mandarín supremo del realismo social, con el que Marsé no coincidía en casi nada.

Marsé no quiso ser clasificado; él nunca escogió; fueron sus dedos en el lápiz sobre el papel en blanco los que marcaron el camino. En su lugar, podríamos decir que, en su ruptura como novelista, conectó con El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio y se saltó a otros muy buenos, como Guelbenzu, Juan Benet o Luis Martín-Santos, escritor y psiquiatra, autor de Tiempo de silencio, que quiso hacer un cruce de caminos entre el Ulises de Joyce y el Árbol de la ciencia de Baroja; alta ambición. Marsé ha sido un hombre hacia dentro, proyectado al exterior solo por su letra. Su lápiz corto era su mejor atrezzo; infundía naturalidad, como sus clásicas americanas blandas o sus manazas de chapista; su nariz de boxeador era como un trozo de vida real, traspasada de Gironés, aquel peso medio que asombró a la Barcelona de la preguerra, y que, desgraciadamente, acabó dando palizas a gente en las checas de la Rosa de Fuego. 

No clavaba los ojos, miraba con ternura. La mejor imagen de su extensa obra la encontramos en Jan Julivert Mon, el presidiario que vuelve a casa con los sueños de venganza cicatrizados. Julivert había enterrado su pistola debajo de un rosal y todo el barrio del Carmelo daba por descontado que rescataría el arma para emprenderla a tiros con los grises y los guardias civiles. Pero de lo dicho nada; la guerra había terminado y empezaba el eterno tedio de los venerables mediocres. El maqui, salteador de bancos y caminos, ya no peleaba, aunque le recordemos subiendo la cuesta, a partir del Guinardó, con sombrero de ala ancha, suelas de claqué y gabardina.

Así lo mostró una serie televisiva de Betriu –Marsé adoraba el cine, la narración en imágenes–, fiel reproducción que nadie debe confundir con la película de Paul Newman y Sidney Poitier, a la que la censura caníbal de entonces tituló Un día volveré, traicionando el original de Martin Ritt, París blues, y de paso, tratando de enterrar a Marsé antes de tiempo. Nunca les llevó la contraria a los censores de los años oscuros; un buen día fue, llamado para aclarar el asunto de los mulos y los pechos de Teresa, la protagonista llameante de Ultimas tardes. El funcionario de turno le dijo: “Llámele entrepierna en vez de muslo y senos en vez de pechos, porque tal como está escrito excita la libido de nuestros censores”.

No tocó ni una coma; el francotirador de la narración era incombustible. Aguantaba entonces y aguanta hoy la mejor prueba del algodón: cojan una de sus novelas y déjense llevar por la ironía contra nadie; y, si se enganchan, ya son acólitos de un gran profeta apátrida y sin religión. Cuando empezó su recuento, en la autobiografía literaria, Aquel muchacho, una sombra, el narrador recordó que casi de niño había leído Las nieves del Kilimanjaro, el Ndàje Ngài, (La Casa de Dios), donde se encuentra el esqueleto secó de un leopardo y nadie ha podido explicarse nunca qué buscaba el cazador más veloz de la pradera en el pico más alto de África. Se deslumbró ante Harry Street, el personaje de Hemingway que agoniza consolándose de su final porque está delante de las nieves eternas. El juego siempre ha sido el mismo: deshacer lo ilógico, viajando por las mil posibilidades de la ficción. 

Si buscamos unir los iconos biográficos y literarios de Marsé no encontraremos un hilo conductor: él nunca se ha movido de sitio. No existe la venganza de Manolo, el Pijoaparte, en Ultimas tardes, porque la literatura es un arte que consiste en presentar el reflejo y esconder la causa. Tampoco sobreviven como mensaje sus derivaciones, La prima Montse y otras obras posteriores, como El embrujo de Shanghai (1993) y Rabos de lagartija (2000), en la que cobra valor el paso del tiempo como engaño, a través de voces casi nunca coherentes, deseos fallidos, mentiras necesarias y falsos consuelos que esconden crueldades cotidianas. 

Las mentiras que emergen en Si te dicen que caí, se van amoldando con el tiempo; ya no son para sobrevivir, sino que son mentiras que acaban reemplazando la realidad. Es el mejor Marsé; o es el Marsé de siempre que, en aquel momento, alcanzó el metalenguaje hecho de corazón y cabeza. Repensar el mismo material narrativo a la luz de los desengaños y del paso inexorable del tiempo es una consecuencia estética del principio de indeterminación de Wermer Heisemberg. Marsé nos desveló así su infinita potencialidad; se le sitúa entre logros incipientes, como Cerbero son las sombras, de Juan José Millás, y piezas ya maduradas como Relatos sobre la falsa sustancia de Pombo y hasta con papeles de Guelbenzu en los que este último dice dirigirse a un público selecto, porque la misión de la literatura es “escribir sobre lo que no se sabe”. 

Marsé y sus camaradas dotados de mayor finezza nos invitan a un baile de máscaras en el salón, pero bajo la atenta mirado de los niños de la casa congregados con sus aventis, en el rellano de la primera planta, como lo harían los del Carmelo sobre aceras desconchadas. Marsé descubrió el arte de contar sentado en el suelo de su calle y escuchando sucesos del barrio agigantados por los cómics y el cine de sesión completa. La infancia, tesoro de la memoria, vive de las imágenes.

Cuando la prestigiosa Seix Barral de los años 60 apostó por él, se habló de una cosa y su contrario: literatura comprometida o una bomba de relojería sobre este realismo denunciador. No era ni una cosa ni la otra. Desde la joven Teresa, hija de una familia culta y acomodada, hasta el expresidiario Julibert y muchos más allá, Marsé ha vivido sobre el fiel de la balanza del recuerdo emocional; le pega muy bien la frase sobada pero útil de recordar en latín: recordis. En gran parte de su obra habita la dura realidad de una posguerra sin futuro, pero su memoria se salva de la quema porque en ella interviene la emoción. La suya es la memoria es la de los novelistas; no de los cronistas ajustados al dato.

Hay momentos para todo. Marsé ha sido enormemente generoso pese al carácter huraño que le atribuían quienes no lo frecuentaban. En su Luna del sur, García Montero reprodujo la Granada de su infancia y le prestó un exergo a Juan Marsé en El embrujo de Shanghai. Dos tipos maravillosamente sabios. Fantasías y realidades mezcladas a propósito para la consecución de un objetivo superior: la novela como metáfora de la vida. Lo importante de un autor es su carta de navegación, su bitácora, como solía decir Galdós, que contó muchas cosas que siempre eran la misma cosa. El autor de Los Episodios nacionales se preguntaba así mismo: ¿Y si no escribo, qué hago? Marsé tenía esta misma frase en la punta de la lengua. Solo un día se explayó: “quizás es la búsqueda de la belleza y de la bondad”. 

Con el tiempo se fue haciendo lento y desconfiado, digamos que su inclinación natural le llevó a perfeccionar su oficio. No ha sido un escritor de un solo territorio, físico y mental, como Faulkner, Juan Benet o Juan Rulfo, pero sí ha sido un escritor de una única obsesión: la frustración y su redención en la Barcelona en permanente estado de cambio. Su gran hallazgo, Si te dicen que caí, marcó el reinicio de una transformación casi imperceptible de los sentimientos a través del recuerdo, el espejismo de los sueños y la libertad; un trayecto en irisación permanente; una búsqueda basada en el afán, pero sin mapa del tesoro.

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