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El poeta Joan Margarit, Premio Cervantes

Margarit, el poeta bilingüe de la multitud

El ganador del Premio Cervantes fue un hombre entero, para quien la poesía no tolera "la mentira"

7 min

Nos deja un hombre entero. El mismo que tiró a la papelera los textos de Simone de Beauvoir al hacer limpieza de sus libros, o sea, “de mi tiempo”, según escribió él mismo en un alarde de sinceridad incontenible. Desplegaba sentido de la vida y del humor, sin despreciar jamás al otro. De hecho, la vida de Joan Margarit, han sido tres vidas; la profesional (era arquitecto), la personal (esposo y especialmente padre) y la íntima, la del poeta que lo lleva todo dentro, “porque en poesía no puedes hallar nada fuera”. Militó en contra de la escritura impostada y defendió la poesía útil desprovista de sutilezas: “Lo que desearías es hacer un gran poema, que siendo corto, intenso y breve pueda salvar la vida a alguien”.

Cuando afinan en su arpa y en silencio, los magos de la palabra empequeñecen el mundo; convierten las aceras y superficies rodantes y las calles en corrientes cálidas. El poeta Joan Margarit, que falleció ayer a los 82 años de edad, ha sido un exponente de la introspección a través de los escenarios. Amó sin reservas la naturaleza. Alumbró dentro, para después atreverse a ser coreado fuera, ante el juicio de los lectores a riesgo de convertirse en el sujeto de un auto de fe. Este hombre, calmo en el gesto y la rapsodia, era valiente.

Fallece Joan Margarit
Fallece Joan Margarit

Nacido en Sanaüja (Lleida), en 1938, se consideró heredero espiritual y moral del bando republicano de la contienda civil, hoy lastimosamente recuperada con falsedades y exageraciones guerracivilistas, que a Margarit le descosían por entero. Miles de veces defendió en vida su republicanismo en contra de nadie. Ejerció la arquitectura herencia intelectual de su padre, el también arquitecto Joan Margarit i Serradell; y desempeñó su cátedra de Cálculo de Estructuras en la emblemática Facultad de Arquitectura de Diagonal.

Lúcido lenguaje

Muchos le conocimos de paseante, flâneur en su ciudad, la urbe empedrada y dúctil al mismo tiempo, siempre en compañía de una libretita con lápiz pegado en la solapa, en la que tomaba notas que él transformaría en sonidos audibles y a veces legibles en su laboratorio interior hecho de palabras y papel.

Como arquitecto sobrevivió al cemento moderno y arco de vuelta catalana, es decir al mito; admiró el gótico civil de la ciudad encantada y fue parte activa en los penúltimos coletazos de la Sagrada Familia de Gaudí, símbolo de la Cataluña cristiana y catedral del mundo. Escondido detrás de sus sentidos, Margarit se quedó para él la compleja religiosidad gnóstica de un defensor tenaz de la laicidad.

Los Reyes entregan el Premio Cervantes al poeta Joan Margarit / CASA REAL
Los Reyes entregan el Premio Cervantes al poeta Joan Margarit / CASA REAL

Ya en plena pandemia, en 2020, el poeta bilingüe recibió el Premio Cervantes de manos de los reyes Felipe y Letizia, que se lo entregaron en un acto privado después de viajar a Barcelona, donde Margarit estaba ya postrado a causa de su larga enfermedad. El jurado de nuestra más alta distinción lo escribió así: “a su obra poética de honda transcendencia y lúcido lenguaje, siempre innovador, que ha enriquecido tanto la lengua española como la lengua catalana”. Fue un día especial para los apasionados del verso y estoicos de corazón, la enorme troupe de los que no juegan a quedarse detrás del muro y tratan de mantener en lo más lato el baldón de la capital hispanoamericana de las letras. Pocas semanas antes, Margarit atravesó su penúltimo honor. Esta vez de la mano de Sofía, la reina madre, que le entregó el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Margarit ha sido el arquero de la flecha certera; defendía la verdad, la cultura y la estética, universos que hoy parecen rendirse a los pies del populismo y la barbarie. También lo dijo miles de veces: “Lo único que no tolera la poesía es la mentira”. En sus cantos se unen obsesiones como la vejez, el amor o la muerte. De sus poemarios quedará, a partir de hoy, casi todo por decir; estudiar a Margarit será el mejor honor al maestro por parte de los bardos vacacionales y de los simples aficionados.

La materia de los sueños

La versatilidad gana siempre ante un autor capaz de hacerte sentir en las dos lenguas madres, cobijo del corazón. Sobresalen Casa de misericòrdia, con el que logró el Premio Nacional de Poesía; y especialmente el poemario Joana (2002), dedicado a su hija fallecida, a la que Margarit llamaba “mi verdadero amor” y en el que aparece su pieza cenital, Encuentros: “A veces, en lugares solitarios,/como un bar de aeropuerto o la litera/ de un tren nocturno,/me envuelve una oleada de tristeza./ Es que ella está pasando junto a mí/, y que, voluntariosa, apoyada en sus muletas,/ se aleja caminando hacia el fin de los tiempos”.

El poeta fallecido dijo en su momento que Encuentros era lo único que se había permitido escribir en caliente. Mucho antes de llegar a la plenitud, Margarit había recibido el Premi Carles Riba (1985) por Mar d’hivern, el Jaume Fuster (2015) y en tres ocasiones el premio de la crítica Serra d’Or. Llegaron otras entregas como Càlcul d’estructures y Misteriosament feliç. Siempre con la verdad frente al espejo, pero cargando sus razones en una mueca de media sonrisa permanente del que es capaz de parodiarse, parodiando. Quizá la mejor forma de acercarse a la materia de sus sueños sea Per tenir casa cal guanyar la guerra (2018), libro de memorias de su infancia, junto poco después de otro jarro poético de memoria dura: Un asombroso invierno (2017). Tal vez nadie haya sentido con más nitidez la indefensión de la memoria, “el peso del mundo” del que habló el Nobel Peter Handke.

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