Una imagen de Lucía de Lammermoor, en el Liceu, con Javier Camarena / LICEU

Una imagen de Lucía de Lammermoor, en el Liceu, con Javier Camarena / LICEU

Creación

Una Lucía solo de dos

Camarena y Sierra están excelentes, pese a la absurda elección de trasladar de época la acción, como si fueran James Dean y Jackie Kennedy en los años 50

21 julio, 2021 00:00

La última producción de esta atípica temporada del Liceu está protagonizada por dos voces maravillosas, Javier Camarena y Nadine Sierra, que hacen que uno salga del Liceu sintiendo que ha escuchado a dos estrellas mundiales. Pero es una lástima que una pareja de este nivel no esté arropada por mejores voces y, sobre todo, por una escenografía que aporte algo en una Lucia de Lammermoor excelente para ellos dos, sobresaliente para orquesta, coro y el bajo Mirco Palazzi, pero con suspenso para la puesta en escena de la polaca Barbara Wysocka y el tenor Emmanuel Faraldo y aprobado justo para el resto de solistas.

La ópera es un espectáculo total, requiere que voces, música, dramatización, escenografía, vestuario e iluminación transporten al espectador a otra dimensión y, lamentablemente, en nuestro Liceu parece que no se entiende. Será por presupuesto, será por falta de ambición, pero hace tiempo que no gozamos de una producción redonda y por lo que anuncia la próxima temporada parece que seguiremos igual o peor, un teatro de segunda en una ciudad de segunda.

La producción escénica no merece más que dos líneas. Mala, muy mala, fiel a la absurda elección de trasladar de época la acción aunque todo lo demás sigua igual. No aporta nada, más bien resta, que Lucía y Edgardo se transformen en un remedo de James Dean y Jackie Kennedy de los 50 del siglo pasado, con Cadillac en escena incluido. Es surrealista ver bailar al coro la música de Donizetti como si fuese un twist o que Lucía se apoye en un micrófono de atrezzo en el área de la locura, maravillosamente cantada por Nadine Sierra, todo sea dicho.

Camarena, tenor más que consagrado

Entre los solistas destaca, por abajo, el tenor Emmanuel Faraldo que encarna un Arturo sin apenas voz. Tan mal estaría que al acabar la ópera, con un público entregado, le llovieron tímidos pero merecidos abucheos. Mucho mejor, aunque sin lograr la excelencia, la mezzo Anna Gomà y el barítono Alfredo Daza, quien no acabo de entender por qué no llevaba corbata en un, logrado, vestuario típico de los 50. Sin embargo Mirco Palazzi compone un sólido Raimondo que sí está a la altura de Camarena y Sierra. Para entender el desbalanceo de las voces nada mejor que el sexteto al final del segundo acto. Hace tres años logró un bis en el Real, aquí aplausos poco entusiastas, y muy dirigidos a los dos divos que encabezan el cartel. Y puestos a comparar nada mejor que la producción del MET con Kraus y Dame Sutherland, excelente de principio a final.

Pero la temporada acaba y quedémonos con lo bueno, hemos podido disfrutar de un tenor más que consagrado, Javier Camarena, espléndido en su transición de tener ligero a dramático y de una estrella en ciernes, la norteamericana Nadine Sierra que si no se deja deslumbrar por su éxito prematuro puede llegar a ser una diva enorme. Hoy con sus 33 años es una de las mejores voces para el repertorio del bel canto, combinando técnica con timbre y, también, una excelente puesta en escena. Esperemos que no coja el atajo de los recitales y siga picando piedra en temporadas de óperas regulares. Aunque para disfrutar de ellos dos, de la orquesta muy bien dirigida por Giacomo Sagripanti y del coro que habrá que ver, y entender, por qué Conxita Garcia lo deja de dirigir y pasa a adjunta a la dirección musical, en ciertos momentos lo mejor era cerrar los ojos.