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Roberto Alagna y Aleksandra Kurzak en un vídeo de promoción del espectáculo del Liceu

La forza del verismo

El Liceu programa con éxito 'Cavalleria Rusticana' y 'Pagliacci' con el tenor francés Roberto Alagna como estrella central del espectáculo

Toni Olivé
7 min

Para entender qué es el verismo basta con escuchar a Roberto Alagna en la famosísima aria Vesti la giubba de Pagliacci. No solo canta de maravilla, sino que, sobre todo, interpreta. Llorar y reir a la vez, desgarrando el alma del espectador. El verismo es contar historias terrenales, alejadas de la mitología o de historias terrenales propias de óperas de épocas anteriores. Amor, desamor, celos, traición,… pasión desgarrada, eso es el verismo. Vesti la giubba es un aria tan famosa que fue la primera canción grabada que logró más de un millón de copias, en ese caso cantada por Caruso. Exige todo y más del tenor y cada uno de los grandes le ha dado un toque singular.

Roberto Alagna es un tenor singular, francés de padres emigrantes sicilianos, que comenzó a cantar en la calle para luego hacerlo en un cabaret antes de saltar a la ópera. Autodidacta, con un timbre muy especial, casado tres veces, cada una de ellas con una soprano, enviudó de su primera mujer cuando su hija aún no había cumplido 22 meses. Se hizo más famoso de lo que ya era cuando en diciembre de 2006 marchó del escenario tras interpretar la primera aria de Aida al ser abucheado en la Scala de Milan como rechazo a unas declaraciones previas contra el elitismo de la Scala. Tan llamativa como su espantada fue la entrada en escena del tenor sustituto en vaqueros y camiseta, generando unas de las imágenes más singulares de la ópera al menos en el siglo actual. Su propia vida puede ser el argumento de una ópera y tal vez por eso borda el papel de Canio.

Dos piezas sincronizadas

Frente a las óperas inacabables de Wagner de cinco horas o más, hay pequeñas joyas de alrededor de una hora que suelen programarse a pares o incluso a tríos para componer una velada más o menos estándar. Cavalleria Rusticana y Pagliacci son dos óperas de poco más de una hora que suelen programarse conjuntamente. La producción que ahora puede verse en el Liceu presenta la singularidad de haberse planteado de manera sincronizada y así en el intermedio de una pueden verse protagonistas de la otra, creando un cierto hilo conductor ausente en las piezas originales. La idea es buena y juntamente con su escenografía, moderna sin caer en el estrambote como ocurre en demasiadas ocasiones, le llevó a ganar un premio Oliver en 2016.

Alagna bien merecería una crónica en sí mismo, pero sería injusto olvidar a los otros dos grandes protagonistas, la orquesta y el coro, que se pueden escuchar a todo volumen, sin contención, como tiene que ser en las óperas veristas, gracias a un generoso Henrik Nánási, que exige a los cantantes dar todo de sí hasta acabar desfondados, como parece llegar Alagna al final de la ópera. La protagonista femenina de Pagliaci, Nedda, es su actual esposa, Aleksandra Kurzak, brillante, con un tono de voz extraordinariamente agradable. Y los dos bajos, Gabriele Viviani (Tonio) y Vicenç Esteve (Beppo), rotundos. Viviani también hace doblete como Alagna y protagonizant también Cavalleria Rusticana.

Buen sabor de boca

Aunque la noche se puede resumir en el ária de Alagna en Pagliacci, antes del entreacto se representa Cavalleria Rusticana, también repleta de amor, celos y pasión en su argumento, pero sobre todo de música, de mucha música y muchos coros. El protagonismo de los solistas es mucho menor y Elena Pankratova defiende con corrección el papel más extenso de la obra, el de Santuzza, aunque su timbre de voz no acaba de llegar al espectador como el de Kurzak en Nedda.

Dos óperas muy bien enlazadas y muy bien interpretadas que dejan a la práctica totalidad del público con un excelente sabor de boca y deseando que Alagna se anime a hacer un bis.

El futuro del Liceu

Esta temporada todavía la firma la anterior directora artística del Liceu, Christina Scheppelmann, porque las programaciones se cierran con mucha anticipación, y se nota cómo esta cosmopolita alemana se adaptó a los gustos de los liceístas y a la realidad de nuestro teatro. El Liceu no puede competir con el Metropolitan, La Scala o el Coven Garden y tiene que componer una temporada con una o dos estrellas consagradas y el resto promesas. Además tiene un aforo excesivo para la afición de la ciudad y hay que acertar mucho para lograr la necesaria rentabilidad en una sociedad donde las administraciones cada vez podrán apoyar menos espectáculos como la ópera. De la necesidad Christina hizo virtud, los experimentos con gaseosa y lo mismo que Verdi al acabar cada función el equipo anterior medía el éxito de su gestión por la recaudación que permitía pagar las muchas deudas que había en el Liceu.

Habrá que ver cuánto tarda el actual director en entender un LIceu que sigue siendo frágil, que no se parece en casi nada al Palau, de donde procede, y que no puede hacer muchos experimentos so pena de caer de nuevo en la casi quiebra con la que se lo encontraron Molins, Guasch y Scheppelmann y que gracias a ellos hoy tiene unas cuentas más o menos saneadas pero que nunca permitirán un despiste. Con espectáculos como Alagna en Pagliacci la continuidad del Liceu está garantizada.