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El historiador John H. Elliott, ayer en Barcelona / LENA PRIETO

John H. Elliott: Cataluña y Escocia, dos realidades distintas

El historiador británico sostiene en Barcelona que la situación política de Escocia y Cataluña "se puede comparar, pero no equiparar"

31.10.2018 00:00 h.
11 min

Barcelona es una ciudad de contradicciones, una ciudad paradójica o, por lo menos, una ciudad de contrastes. Ayer, mientras en el Palau de la Generalitat se presentaba el Consell per la República​, el historiador John H. Elliott presentaba en el Archivo de la Corona de Aragón su ensayo Catalanes y escoceses. Unión y discordia. Tan solo pocos metros separaban ambos eventos que, sin embargo, fueron reflejo de dos posiciones políticas no solo distantes entre sí, sino radicalmente opuestas. Un grupo de gente seguía en Plaça Sant Jaume el acto de presentación del Consell per la República a través de una pantalla y otro gran grupo de ciudadanos, más numeroso de lo que se esperaba, atestaba la sala en la que Elliott dialogaba con su editor en castellano Miguel Aguilar.

El CLAC, organizador del acto y cuyo presidente, Andreu Jaume​, presentó a los dos interlocutores, tuvo que colgar el cartel de aforo completo y más de uno tuvo que volver sobre sus pasos cuando, en la entrada, el responsable de seguridad le denegaba la entrada. Periodistas incluidos. ¿No se esperaba tanta gente? Sin duda, algo falló en los cálculos y el historiador inglés, que no dudó en subrayar que “Escocia y Cataluña no son iguales”, demostró tener un extraordinario poder de convocatoria. 

El historiador John H. Elliott, ayer en Barcelona / LENA PRIETO

Autor de una extensa obra ensayística, donde destacan títulos como El Conde-duque de Olivares o Un palacio para el rey, escrito junto a Jonathan Brown, este discípulo de Jaume Vicens Vives comenzó a pensar en un libro sobre Escocia y Cataluña al ver “la similitud de los movimientos secesionistas” y al observar que “faltaba una amplia perspectiva sobre las historias​ de Cataluña y Escocia. Empecé estudiando la Edad Media y seguí las dos trayectorias históricas hasta hoy en día. El libro, de hecho, termina en diciembre del año pasado”, explicó.

El historiador subrayó que lo más interesante de la investigación de su último ensayo ha sido observar las posibles semblanzas y diferencias entre “dos autoproclamadas naciones sin Estado”. Para ello, antes que nada, Elliott tuvo que preguntarse “en qué momento convergieron y divergieron” ambos movimientos secesionistas. En este sentido, el historiador niega cualquier posible tesis precipitada que lleve a afirmar o negar la relación de los dos movimientos secesionistas; afirmar o negar dicha relación no tiene ningún sentido si no se acompaña de un estudio previo en clave histórica. De ahí que Elliott hiciera hincapié que no era suficiente detenerse en la relación entre Escocia y Cataluña, sino que era necesario estudiar los posibles paralelismos entre España y Reino Unido.

Dicho en otras palabras: para comprender los movimientos secesionistas de Escocia y Cataluña es necesario estudiar las dinámicas que estas “naciones sin Estado” han establecido a lo largo de la historia con las naciones con Estado a las que pertenecen. “Quería dar una visión de la complejidad del pasado, de los acontecimientos y de los personajes”, afirmó Elliott, consciente de que su mirada sobre Escocia y Cataluña es la mirada de un extranjero, de alguien que observa desde la distancia. 

El historiador John H. Elliott, ayer en Barcelona / LENA PRIETO

“Escocia desde casi siempre ha sido un reino independiente”, subrayó con énfasis el historiador, para quien no hay discusión alguna: la situación de Escocia y de Cataluña se puede comparar, pero no equiparar. ¿El motivo? Principalmente por una cuestión histórica: a diferencia de Escocia, “Cataluña nunca fue un reino independiente, en todo caso fue un Principiado dentro de la corona de Aragón”. De la misma manera que con Irlanda o Gales, los ingleses intentaron conquistar Escocia, que “fue un reino independiente hasta 1603".

Tras la muerte de la reina Isabel I, sube al trono Jacobo VI de Escocia, que se convierte en Jacobo I de Inglaterra, imponiendo a toda la isla el nombre de Gran Bretaña”. El caso de Cataluña es, siempre en palabras del historiador, radicalmente distinto: “La corona de Aragón es el resultado de distintas conquistas. Con el matrimonio de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, Cataluña entra a formar parte de una monarquía enorme, un auténtico imperio global tras la conquista de América. En este contexto, Cataluña conservaba sus instituciones y su propia forma de ser y esto fue así hasta el siglo XVIII”. Para Elliott es evidente que “a lo largo de todos estos siglos hubo momentos de tensión”, pero no hay que olvidar que “siempre hubo diálogo entre las élites y el gobierno central”.

El historiador John H. Elliott, ayer en Barcelona / LENA PRIETO

Andreu Jaume, presidente de el CLAC, John H. Elliot y Miguel Aguilar, editor de Debate/Taurus / LENA PRIETO.

Los problemas de sucesión en el siglo XVIII acercan a Cataluña y a Escocia, si bien sus caminos volverán a separarse: “El miedo al regreso de los Estuardos gracias al apoyo de los franceses promueve un acuerdo entre ingleses y escoceses, que abandonan su propio parlamento ocupando escaños en Westminster. De esta manera, los escoceses lograron la entrada en el Imperio británico y en el comercio inglés”. La historia de Cataluña es distinta: “Con la llegada de los Borbones, tras el asedio de Barcelona, se impone el Decreto de Nueva Planta, que se materializa en una monarquía más centralizada, aunque seguía reconociendo la diversidad del país”. Dicho esto, matizó Elliott, es cierto que “la represión en Cataluña por parte de Felipe V siguió tras 1714, aunque no fue tan intensa como la que sufrió Escocia en el siglo XVIII”. Los catalanes, continuó el historiador, “viendo perdidos sus privilegios se dedicaron a la industria textil, mientras que los escoceses siempre fueron inmigrantes”. 

Para el historiador, el sentimiento nacional o, mejor dicho, el sentimiento de pertenencia a una nación encuentra su origen en el romanticismo y “en el caso de Cataluña todavía hoy perdura”. Para Elliott buena prueba de ello es la vigencia del pensamiento de Prat de la Riba, en cuyos escritos “de finales del siglo XIX, Cataluña aparece como un organismo con su propio carácter, mientras que España aparece como un Estado artificial. Queda patente el contraste entre la nación auténtica y el Estado artificial, un contraste que todavía hoy perdura”. En Escocia, sin embargo, la situación es algo distinta, puesto que “había un doble patriotismo: la gente se sentía tanto escocesa como inglesa”.

El historiador John H. Elliott, ayer en Barcelona / LENA PRIETOPara Elliott el problema último reside en la vigencia del sentimiento romántico, en el dominio del sentimiento sobre la razón. “Hay que reconocer la importancia de lo racional”, defendió con énfasis el ensayista inglés, para el que el problema reside en que “los historiadores no han dado cuenta de las razones que llevan a perder el sentido común”, es decir, “la razón”. Al contrario, “la narrativa historiográfica, que siempre ha tenido una gran influencia en la sociedad, ha tendido a construir mitos, necesarios para la sociedad. Dichas narrativas son fruto de la selección de ciertas historias”, o, podría incluso decirse, de la creación de ciertas historias que no tardan en convertirse en mito.

Elliott recordó que, cuando llegó a Barcelona, “Vicens Vives quería desmitificar la historiografía nacionalista catalana, porque deformaba el pasado y hacía difícil enfrentarse a los problemas del presente” y este trabajo de desmitificación es, en gran medida, el que ahora pretende llevar a cabo el historiador inglés. “Se han manipulado momentos históricos por motivos políticos”, concluyó Elliott, para quien existe una historiografía que lejos de “hablar para todos, habla solo para algunos”, olvidando que “no todo es blanco o negro como se suele afirmar en los libros de texto”.

Elliott quiso terminar su intervención aludiendo a la responsabilidad de los historiadores --“nuestra obligación es presentar la verdad”-- pero sin olvidar el presente. Ante la llamada cuestión catalana, el historiador invita a la “paciencia y al diálogo, aunque haya quien no quiera escuchar y, sobre todo, al sentido común”.

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