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Imagen de archivo de Francesc Xavier Martínez Cristóbal, autor de 'Lobos de ciudad', una historia que se pregunta dónde nace el mal / CG

¿Dónde nace la maldad?

'Lobos en la ciudad' narra la historia de una mujer que se convierte en el objetivo de dos depredadores que llevan una vida normal sin levantar sospechas en su entorno

6 min

Ése podría haber sido el título de la novela ambientada en la Barcelona de nuestros días en la que el autor nos cuenta la vida de una mujer que se ve atrapada entre dos hombres para los que se convierte en objetivo de sus peores instintos. Lobos en la ciudad trata de dar con las razones por las que unas personas sienten el impulso o la necesidad --quizá solo la satisfacción-- de hacer daño a otras.

Aunque la historia se centra más en el discurrir de los acontecimientos que en la descripción de los personajes, Clara Soler, la protagonista, aparece con el perfil nítido de una mujer atractiva y dulce, de buena familia y formación universitaria, destinada a tener una buena vida y a hacer feliz la de quienes le rodean. Sin embargo, esas mismas características la convierten en presa fácil, o al menos deseable para los depredadores.

El lobo al acecho

Cualquier persona anónima que vive en una ciudad es libre en la misma medida en que está a merced de quien se proponga convertirla en su víctima. Y ese cazador puede ser alguien cercano, un conocido o una persona totalmente ajena a su vida.

Francesc Xavier Martínez Cristóbal nos explica esa inquietante fragilidad, que no necesariamente es femenina, como la senda para ir al fondo del asunto, a lo más intrigante. ¿De dónde viene esa violencia? ¿A qué responde ese deseo natural (más que animal) de hacer daño? Su conclusión es que la genética pesa mucho más que el ambiente o la educación: la herencia condiciona la conducta, que toma un camino inevitable, como si estuviera previamente escrito. El policía que investiga el caso sobre el que gira la obra se inclina también por ese determinismo contra el que poco se puede hacer.

“Marcos Klein –el segundo protagonista-- es un psicópata, como muchos dirigentes importantes políticos o empresariales a los que importa poco el dolor ajeno”, dice el autor. “No sienten. Esa falta de empatía es genética, en absoluto ambiental, puesto que su padre es el tipo más equilibrado de la historia y en sus ambientes no se respira un clima de superioridad racial ni de género que sí asumió y defendió su abuelo.”

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La novela se desarrolla casi al cien por cien en Barcelona, con unos protagonistas que pertenecen al baby boom de los años sesenta. Gentes procedentes de la zona alta de la ciudad, que han veraneado en lo más chic del Maresme y que luego han podido cursar estudios universitarios y que acaban por instalarse en barrios menos lujosos. La primera generación que, aun y ganándose la vida, estando más preparados que sus padres, no pueden vivir mejor que ellos. Martínez Cristóbal confiesa que no ha pretendido reflejar esa pérdida de estatus, sino en todo caso la equiparación al upper Diagonal de ciertas zonas de Barcelona que antiguamente fueron menos nobles.

Aparecen lugares y establecimientos barceloneses muy conocidos, con la presencia curiosa y frecuente de los supermercados como escenarios de vida, como los bares, algo a lo que no es ajena la profesión del autor, que en paralelo a su afición literaria se dedica como economista al negocio de la distribución comercial.

Como una serie televisiva

Lobos de ciudad se lee con mucha facilidad, de un tirón. Es el típico relato que cuando el lector acaba un capítulo está deseando empezar el siguiente, no necesariamente porque el anterior haya dejado una incógnita en el aire, un suspense, sino porque el novelista ha conseguido que entre en su historia.

Martínez Cristóbal se ha autoeditado en Universo de letras, un sello que Planeta utiliza para obras en las que prefiere no arriesgar, aunque en este caso merece la pena subrayar que el autor nunca llegó a llamar a la puerta del grupo, sino que hizo de la autoedición su primera opción. Y es curioso porque la cualidad más destacada de este libro es su ritmo, algo que muchos escritores consagrados no dominan y que sus editores les proporcionan a través de profesionales que conocen al dedillo esta difícil técnica capaz de convertir buenos textos, incluso algunos anodinos, en éxitos de ventas.

Es difícil leer Lobos de ciudad sin tener la sensación permanente de estar viendo una película trepidante. Los capítulos son cortos, muy cortos a veces; de manera que en cuanto has leído las primeras páginas el relato ya te está anunciando que vienen más novedades, más perspectivas de un mismo hecho de la historia que conoces y que ayudará a entenderla mejor. Todo ello en un contexto de actualidad, como los guiones de esas series televisivas por las que incluso pagamos.