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La bailaora Antonia Santiago Amador, La Chana / EFE

La Chana: "El flamenco de hoy es muy liso, no hay cambios de emociones, están a ver quién puede más"

La bailaora catalana repasa su trayectoria profesional a pocos días de ofrecer su última actuación en su tierra natal

17 min

Antonia Santiago Amador, más conocida como La Chana, era una adolescente cuando se subió por primera vez a un escenario. No lo tuvo fácil. Era una mujer catalana y gitana que, en pleno franquismo, se quería dedicar al flamenco desde el primer momento en que vio como sus vecinos de Mataró lo bailaban.

Aprendió por oído y con sacrificio, subida a dos ladrillos y sacando el compás. Su padre no quiso que se dedicara al baile; su primer esposo, con quien se casó a los 17, tampoco. El mismo Manolo Caracol pretendió negarle una audición en Los Canasteros de Madrid por ser catalana, pero con su decisión se la concedió y la puso a bailar.

Último espectáculo

Su carrera está llena de éxitos. El mismo Peter Sellers contó con ella para bailar en la película The Bobo y no hizo carrera en Hollywood porque su exmarido, que le dio "mala vida", se lo prohibió. Pero su fuerza pudo más y su baile se ha visto y reconocido en Europa, Estados Unidos y Australia.

Este 4 de junio pone fin a su periplo profesional. Con 75 años ha decidido despedirse en su casa, en el Teatre Monumental de Mataró, con La Chana, diosa del compás, acompañada de Antonio Canales, Rancapino Chico, Carmen La Talegona y El Yiyo. Una actuación con y para los suyos, sus vecinos, admiradores y amigos. 

La Chana / IRENE BEL
Antonia Santiago Amador, La Chana / IRENE BEL

Vida y anécdotas

Hablar con ella es repasar la pasión por el baile, un arte que, afirma, no se estudia, se siente. Creyente hasta la médula, está convencida de que su baile, sus gestos, sus movimientos no son de este mundo. Y, en parte, tiene razón. Pocas veces se ha visto tanta velocidad en los pies de una bailaora o bailaor.

Crónica Global habla con ella por teléfono desde su casa, una conversación repleta de anécdotas de una vida imposible de condensar en palabras. Pese a interrumpir su oración "por todos los niños del mundo", se muestra clara y con fuerza. Espera que llegue el 4 de junio y despedirse de los suyos, con los suyos, pero tiene miedo de no poder. "Me llaman genio y no soy tan importante, soy una gran cocinera y ama de casa", indica.

--Pregunta: ¿Es una despedida definitiva? Y si es así, ¿por qué?

--Respuesta: Tengo 75 años y tengo vitalidad, hace más de 15 años que no envejezco y me siento bien, con fuerza. Yo misma me sorprendo cuando hago algo con mis alpargatas. Me miro y pienso que no tengo esta edad, no nos engañemos. Me siento fuerte. Pero, como sabes, que creo en Dios, se hace con intención verdadera y de que sea mi última batalla, pero a mi me lleva Dios. La última palabra la tiene él. Yo no puedo premeditar el baile o lo que tengo que hablar. La intención es que sea la despedida definitiva y estoy contenta de que sea en mi tierra y en Mataró. 

--¿Cómo decidió dedicarse al baile?

--Los deseos que uno tiene de niño no se nos van de la mente cuando los anhelamos tanto. Yo sigo siendo aquella niña aprendiendo encima de dos ladrillos en el campo. En esa época, en Barcelona, todo se celebraba bailando, y yo al ver a las mujeres bailar la rumba, porque en Cataluña no había bulerías, seguiriyas, soleás o tangos, ni televisión, me preguntaba cómo aprender el compás para repicar. Un día, por casualidad, trajeron una radio un poco rota y me enteré de que a las ocho daban un programa de flamenco en el que cantaban Pepe Pinto, Manolo Caracol, Mairena y pensé: "¡Esto es lo que quería hacer!". Pero no sabía cómo sacar el compás. Antes los tiempos se daban ad libitum, dando los tonos, pero sin tiempo. Yo me quedaba contando los tiempos, escondida en la cama para que mi padre no me viera. Y a las salvas de la mañana, me iba al campo, cogía dos ladrillos de barro, macizos por dentro, y me ponía a hacer el compás por seguiriyas que me aprendí a la noche y me ponía a inventarme pasos, muerta de frío porque no tenía frío. Y empezaba a bailar y cuando me inventaba un paso miraba al cielo y le pedía a Dios que quería bailar por todos los teatros del mundo. Me caía, me hacía sangre, porque los ladrillos estaban sueltos. Estaba aprendiendo sin saber, porque los pies no los podía separar, que es como tienes que aprender, con los pies juntos. Así es como coges la fuerza, el equilibrio y la velocidad para que el cuerpo no salte, porque si separaba el pie me caía. Así es como cogí esa fuerza, velocidad y seguridad. Eso te lo digo ahora con el paso de los años. Luego saqué las soleás y me inventaba pasos y después los tangos, que son más difíciles. Me tiraba horas enteras. Aprendí sin saber, pero tenía al cielo conmigo. Todo lo digo e improviso porque es verdad, no me hace falta pensar y voy a salir a este evento, pero tengo miedo. Creo que no voy a dar la talla, todos se creen que sí. Yo soy una mujer muy normalita.

La Chana en uno de sus espectáculos / SAMUEL NAVARRETE
La Chana en uno de sus espectáculos / SAMUEL NAVARRETE

--¿Por qué sigue teniendo ese miedo?

--Porque dependo de Dios, porque lo tengo que improvisar, porque no me acuerdo. Yo tengo el compás en la sangre, en los huesos y en los tuétanos, pero no ensayo con los artistas, porque todo es nuevo cada día. Si lo prefabrico el día anterior, no me acuerdo y hago otras cosas. Soy espontánea.

--¿Cómo fue subirse a ese primer escenario? 

--Por tío El Chano, porque si no fuera por él no hubiera bailado. Hubo una gran pelea el primer día. Un día, mi tío, delante de la casa, tocaba la guitarra y yo salí a bailar en el suelo de tierra con mis alpargatas. Todo lo que tocaba lo bordeaba y paró de tocar para preguntarme: "Nena, ¿quién te ha enseñado eso?". "Yo, y el papa no lo sabe", le respondí, y le conté cómo aprendí a sacar el compás. Mi tío tenía una sala de fiestas en Tossa de Mar y trajo a los dos hombres que estaban con él a la casa de mi padre y con 13-14 años mi tío me hizo compás por tango y entré. Y al verme querían que empezara ya. Mi tío tuvo que jurarle a mi padre que no me iba a dejar y que me encerraría con llave al acabar de bailar y él se llevaría la llave. Mi padre accedió porque un juramento es como el evangelio. Yo no sabía de escuelas, de preparar el baile, y salía con los zapatos de una señora vieja con una correa y unos vestidos de carnaval. Lo único que me dijo mi tío es que iba a bailar por tango. "¿Pero qué hago, tío?", le pregunté. Me dio un golpe en la cabeza, pero desde el cariño, y me dijo: "¿Tú eres tonta? Tú sal y baila". Me entró mucha rabia y coraje y no lo pude demostrar, cuando él empezó a tocar salí desde atrás al escenario y le contesté con el baile. Él tocó y yo marcaba el tiempo y redoblé el tiempo, porque había pillado mucha velocidad con los ladrillos. Era algo diferente, no se hacía así. Yo era salvaje, lo que sentía lo hacía al instante, pero al otro día quién se iba a acordar. Esa fue mi primera vez y así he ido por todo el mundo.

La bailaora La Chana / EE
La bailaora La Chana / EE

--Por todo el mundo y muy joven incluso actuó para Hollywood. La llamó Peter Sellers para su película. ¿Cómo fue eso?

--Fue una odisea única. Yo tenía 18 años, tenía una hija, me casé a los 17 y me quité de bailar, porque para el pueblo gitano es un "ya no hay más que hablar", el marido manda. Me quité de bailar pensando que no sabía, porque los músicos me decían que tan rápido no se bailaba con tanto tiempo y contratiempo y no podían tocar, que no se entendía. Yo hacía lo que el alma mandaba al instante y ellos no lo entendían, los músicos paraban de tocar. El hecho es que mi mánager se enteró de que Peter Sellers iba a Los Tarantos, me puso un vestido y me puso en medio del cuadro, donde yo bailé por tangos sin saber qué pasaba ni decir nada a nadie, sin ensayar. Peter Sellers me quería a mí, pero el dueño le dijo que tenía que ser otra persona; a los dos meses volvió porque no era lo que quería. Contrató a todos los Tarantos y a mí. Nos llevó a rodar a Cinecittà y todos se pusieron a bailar sevillanas, y yo no lo sabía bailar. Tras esto me hizo salir a bailar porque me veía con la cara lavada, vestida de negro, con un vestido hasta los tobillos --porque antes eran hasta las rodillas--, me veía diferente. Puso un plató para mí, con unas marcas en el suelo y me lo hizo repetir una semana, pero nunca hacía lo mismo, porque yo no estoy aquí cuando bailo. Y le dije: “Si me pones pros y contras mi baile no será libre”. Fue entonces que me enseñó lo que grababa y me puse a llorar, porque nunca me había visto. Él me abrazó llorando y le pregunté si esa era yo. No pensaba que podía hacer eso (relata llorando), incluso pensé que habían aumentado la velocidad. Yo cuando bailo solo sé sentir, por eso me he quitado muchas veces de bailar, porque no sé dónde me va a llevar. Me llaman genio por eso y no soy tan importante, soy una gran cocinera y ama de casa. A mí me enseñó el que todo lo sabe, el que me dio una niña tan bonita, el que me escuchó y me salvó la vida tres veces. Yo no importo tanto como dicen. Tuve la mala suerte de enamorarme a los 17 años, creérmelo, fui madre a los 18 y me quise sacar de bailar. Fui su esclava y esa fue mi gran equivocación. Él era mi dueño y señor y me quitó de ir a Hollywood porque iba a ir con Peter Sellers a protagonizar películas.

--Con todos estos años encima y ese sentir que le han llevado a ser una estrella ¿cómo ve la evolución del flamenco?

--El baile del que yo hablo es de verdad. No es premeditado, no está tan evolucionado, lo que manda son los adentros, lo que que está hondo. Para mí, han cambiado los soniquetes del tiempo. Para mí, mi mundo es otro mundo y no lo cambio por ninguno. El flamenco no es fuerza ni velocidad, con los dos ladrillos cogí la musculatura. Yo sé que cuando bailo no estoy en el escenario, sino en un lugar de la inspiración donde todo está en un manantial, las cojo y las traigo aquí. Yo estoy allí en medio, cogiendo todo lo que rebosa y ojalá fuera poeta para poder decir lo que hay dentro de mí. Es algo increíble, inefable, no hay palabras terribles para sentir esa grandeza e inmensidad. Por eso no me gusta que me aplaudan cuando bailo, porque me despiertan, cuando acabe que hagan lo que quieran. Yo no dependo de mí. El baile de hoy, sí que ha cambiado. Está todo muy liso, no hay cambios de emociones, están a ver quién puede más. Van a los gimnasios cuando la musculatura no tiene nada que ver con el arte. El arte es una cosa impredecible, se lleva en los tuétanos, en la sangre, hace saltar los lunares del vestido y es puro y real. Todos los profesores de Barcelona son mis alumnos, yo no sé por qué no enseñan con compás, con las palmas, porque si se pierde el compás no vale nada. No sé si de esto se nace, yo juego con el tiempo, entré y salgo antes del tiempo, después y a destiempo, pero siempre lo llevo allí. Por eso, haga lo que haga, me sale bien, porque tengo que bailar como el alma mía. Hay dos o tres segundos al principio con las palmas que ensayamos para darle la entrada al cantador y luego entro yo, porque para mí un “ole” es como un amén. ¿Pero para qué voy a ensayar si no me voy a acordar? ¡Viva la pepa! (ríe). Yo tengo que tener el alma preparada, lo demás no me importa. Es cierto que llevo tres años con la pandemia que no me pongo las zapatillas y ya veremos qué sale. Yo siempre bailo a lo que manda el alma, porque por eso el flamenco se llama hondo.