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Bretaña, el país de las mareas (I)

Las idas y venidas del mar han marcado la historia de esta península, tanto en la forma de ganarse la vida de sus habitantes como en la arquitectura fortificada que les protegió de sus enemigos

6 min

Si hay un fenómeno, paisaje y carácter, que define a la Bretaña francesa son las mareas. Han determinado la forma de vivir y de ganarse la vida de los bretones, su dieta y cómo enfrentarse al mundo. Las fortificaciones que les defendieron de los invasores y que también ayudaron a los corsarios locales protegiéndoles de sus perseguidores nunca hubieran sido tan eficaces sin la complicidad del océano.

Además, son la imagen que esta tierra proyecta al mundo. El icono más definitorio de Francia, tras la torre Eiffel, es la abadía Mont Saint Michel, convertida en isla increíble dos veces al día gracias a la marea más profunda del continente.

La leyenda celta

La península está marcada por el mar en toda su ribera, la del norte, vecina del Canal de la Mancha y de Normandía, y la del sur, Finisterre, más atlántica. Y también por la leyenda celta que envuelve sus paisajes y que tiende a desvanecerse conforme el viajero se aleja de las costas y se aproxima Rennes, la capital, universitaria, francesa y con huellas de inmigración reciente. Su pequeño metro automatizado forma parte de una vida agitada, urbana y administrativa.

El ritmo bretón es calmo, sin prisas. Le pega a la perfección el paisaje de sus pueblos medievales con tejados negros de pizarra y entramados de madera. Y también el de sus costas, más irlandesas que gallegas, con enormes arenales, incluso dunas, junto a acantilados de vértigo. De hecho, en algunos momentos uno cree estar en los escenarios de La hija de Ryan, que David Lean rodó en la costa atlántica de Irlanda.

Playas de Bretaña

Saint Malo

La ciudad más atractiva --y probablemente más turística-- de la costa norte de Bretaña es Saint Malo. Mantiene las murallas militares que protegieron a sus piratas de las represalias, que fueron puerto seguro de refugio de sus pescadores y comerciantes y que antes habían defendido a los lugareños de las incursiones del Norte.

La aviación aliada la arrasó en 1944 para castigar a las tropas alemanas. Una vez acabada la guerra, autoridades y ciudadanos se pusieron de acuerdo en reconstruirla de forma fiel, de manera que hoy apenas queda rastro de los efectos del bombardeo.

Intra Muros

Uno de los principales atractivos de Saint Malo es la zona llamada Intra Muros, la ciudad vieja protegida por las murallas que la separa del estuario del río Rance y que se salvó del ataque de 1944. Desde allí se puede llegar a pie con la bajamar al islote de Grand-Bé, donde descansan los restos del escritor François-René de Chateaubriand, natural de Saint Malo.

El TGV une la ciudad con París en tres horas. Esa conectividad se deja notar en su turismo, básicamente francés. En las calles del casco viejo se ven muchas parejas de edad avanzada, vestidas y tocadas de forma singular –casi estrafalaria a nuestros ojos--, muy parisina. Son gentes mayores que se han independizado de hijos y nietos, que hacen turismo tranquilo, en buena parte gastronómico, en un ambiente muy doméstico, cassolà. Vacaciones en pareja a un estilo muy europeo, poco mediterráneo.

La gastronomía

La Guía Michelin recomienda Les 7 mers como el mejor restaurante local. Es un establecimiento al que se puede acceder directamente desde la calle, aunque forma parte de Le Nouveau Monde, un hotel de cuatro estrellas que utiliza sus mesas para servir el petit déjeuner de los huéspedes.

Como es habitual en Francia, la oferta más potente del cocinero es el menú, del que tiene tres tipos. Elegí el mediano, no tanto por el precio, sino porque sentarse a cenar a las ocho de la tarde –la reserva estaba hecha para media hora antes-- empuja a la moderación. Además, el hecho de que en esa esquina de Francia oscurezca tan tarde acentúa la sensación de estar en la merienda. Aperitivo, dos platos y postre; suficiente.

Mariscos y pescados

Ni que decir tiene que la especialidad de todo el país es el marisco y el pescado. Como la noche anterior había tomado ostras y langostinos, en Les 7 mers opté por una ensalada de langosta con manzana a láminas y espuma de rábano algo picante. Francamente rica. Después, cordero a baja temperatura con una muselina de berenjena, casi mejor. De postre, un curioso milhojas de chocolate acompañado de fresas.

El milhojas de chocolate de Les 7 mersEl menú costaba 60 euros, impuestos incluidos. Bebí un riesling Tribach agradable, ligeramente ácido y modesto: 38 euros en la carta, el doble que en bodega. Es un lugar recomendable con amplios ventanales a la bahía y al espectáculo de la marea.

La mayor parte de las mesas estaban ocupadas por franceses, aunque la proporción de inglés que flotaba en el ambiente era muy superior a la media de las calles. Los británicos del sur mantienen cierto vínculo con los bretones, que hasta el siglo V habitaron en Cornualles.