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La dramaturga Anna Maria Ricart / ORIOL CASANOVAS

Anna Maria Ricart: "El teatro ha de mostrar las contradicciones de nuestra época"

La dramaturga regresa a la Sala Beckett para enfrentar al espectador a su "obsolescencia programada"

15 min

Anna Maria Ricart (Barcelona, 1968) dejó el periodismo en 2013, cuando tenía 45 años. El teatro la llamaba y el público parecía esperarla. Ya con su primera obra, Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas, se alzó con un premio Max. Desde entonces hasta ahora ha adaptado y escrito decenas de obras.

La última que llega a los escenarios es Obsolescència programada (Sala Beckett), un texto que refleja una sociedad que pone fecha de caducidad no solo a los objetos, sino también a las personas y, en especial a las mujeres. Una reflexión, un retrato que la dramaturga considera necesario, una función esencial del teatro.

Cartel de 'Obsolescència programada'
Cartel de 'Obsolescència programada'


--Pregunta: ¿Cuál es la trama de Obsolescència programada?

--Respuesta: Es la historia de una mujer de unos 50 años que entra en una tienda de electrodomésticos, se sienta y dice que se queda a vivir allí un tiempo. La propietaria y dependienta no quiere que se quede, no lo entiende. Luego está el personaje de un tendero que tiene un local de objetos de segunda mano, amigo de la propietaria. Ambos tendrán que vivir con esa situación.

--¿Cómo nace el proyecto?

--La directora, Mònica Bofill, me pidió un texto porque quería dirigir una obra mía. Aquí nos pusimos en marcha, empecé a escribir un poco, unas 10 páginas, hicimos un dosier y lo empezamos a mover. Luego, tomando un café con Joan Negrié de la Sala Trono, me preguntó si tenía algo, le expliqué el proyecto que tenía con Mònica y nos produjo la obra, algo que le agradezco, porque encontrar a alguien que te produzca una obra ahora no es fácil. Además, que hacen un trabajo estupendo desde fuera de Barcelona, cuando siempre parece que toda tenga que ser allí. De allí entró la Beckett y todo se puso en marcha.

--¿Y la idea de Obsolescència programada de dónde sale?

--De mi situación y mi entorno. Yo tengo 54 años ahora, y con mi grupo de amigos vi que a los 20 hablábamos de las parejas, luego las conversaciones giraban en torno a los hijos y ahora de nuestros padres y nosotros. Sobre todo, de nosotros, porque ya hemos pasado de los 50, nos queda menos de lo ya vivido y es un momento de plantearte cómo quieres vivir, qué es de tu vida, y se producen unos cambios físicos que se ven más. En las mujeres, más tal vez, porque llega un momento en que no puedes tener hijos y es como una especie de obsolescencia programada biológica. Además, también en esta sociedad de consumo en la que existe este culto a la juventud y su belleza, las mujeres dejan de ser deseables. Notas que ya no atraes la mirada del otro. Y de allí salen esos tres personajes que no se ajustan al mundo tal y como funciona, todos ellos tienen maneras distintas de verlo, de vivirlo, y esperan alguna cosa.

--Habla de ese trato, de cosificación de las mujeres, de la misma belleza, y le añade un nuevo aspecto: seres humanos que, como comida, electrodomésticos y objetos tienen una fecha de caducidad. ¿Somos ya meros objetos? ¿Nos damos ese trato?

--Exacto. Yo hablo de una mujer, pero podría ser un hombre que se hace mayor y ya no le dan valor. Parece que te haces mayor y ya no puedes hablar de ciertos temas en una sociedad que pone la potencia de la juventud en primer plano. Y a las mujeres también se nos cambia cuando nos hacemos viejas. Y al hombre le pasa lo mismo, por ese culto a la belleza, pero aún hay diferencia entre hombres y mujeres a la hora de hacerse mayor. Pero es ese momento que uno se para para ver qué sucede y no se encuentra a gusto con lo que le rodea y se plantea qué es lo importante.

--En el mundo laboral sucede, sobre todo en la actuación. ¿También en la dramaturgia, que están menos expuestos? ¿Tienen caducidad las autoras?

--No, porque no estamos delante del público. Quienes lo sufren mucho son las actrices. Hay un momento que son las jóvenes y guapas y luego pasan a ser madres y abuelas. No hay papeles interesantes y centrales de mujeres de 50 años, y las actrices de esa edad te lo dicen. Creo que si cada vez hay más mujeres dramaturgas y directoras eso se puede cambiar, pero se producirá poco a poco.

Victòria Pagès y Albert Triola / SALA BECKETT
Victòria Pagès y Albert Triola SALA BECKETT


--De hecho, hay una cierta eclosión de dramaturgas y directoras. ¿Es fruto de que ahora se ha puesto el foco en las mujeres y temen que ese foco desaparezca, es porque están en un buen momento creativo?

--No creo que vayamos atrás, ya. Cada vez se nos tiene más en cuenta y si somos 50% hombres y 50% mujeres, no puede ser que ellos ocupen el 80% de la programación, porque los hombres no son un 80% más creativos que las mujeres. Desde hace unos años se ha puesto el acento en la falta de presencia de mujeres directoras y dramaturgos. Sobre todo, para dar otra visión de las cosas. Los teatros poco a poco han ido a buscar esta mirada y hasta ahora no se nos daba esta oportunidad. Está pasando y queda camino por recorrer, los programadores y directores de teatro son básicamente hombres.

--Y sabiendo que es un mundo tan difícil, usted deja su carrera de periodista para meterse a dramaturga. ¿Qué le hizo dar ese salto?

--Siempre me gustó mucho escribir y el teatro. Llevaba más de 20 años en el periodismo, no me gustaba mucho hacia donde tiraba el periodismo, sentía que me repetía e intenté buscar algo nuevo que me gustase. Primero fui a unos cursos de la Beckett, luego me apunté a dramaturgia y dirección en el Institut del Teatre y cuando salí dejé el periodismo para convertir el teatro en mi profesión. Y así ha sido.

--No le fue mal. Tiene un premio Max, entre otros reconocimientos, sus montajes se convierten en éxitos, ¿se esperaba esto y tan rápido?

--No, nada. Yo salí del Institut del Teatre en 2013, no hace ni 10 años. Dejé un trabajo y un sueldo fijo en Catalunya Ràdio y pensé en lanzarme de cabeza, dije que sí a las propuestas que me hacían, trabajé mucho y estoy muy agradecida. Trabajo, me encargan cosas, estreno. Estoy muy contenta. He de decir, por eso, que he trabajado mucho. Eso y la parte de suerte. Si me lo hubieran dicho cuando dejé la radio no me lo hubiera esperado. Todo se precipitó muy rápido con Fuenteovejuna. Breve tratado sobre las ovejas domésticas, que era un proyecto que salió del Institut del Teatre, lo movimos y todavía se hace de vez en cuando, ganó el premio del Festival de Almagro y me dieron el Max. A partir de allí, me salieron trabajos. También tuve la suerte de que Carme Portaceli contó conmigo para la adaptación de Jane Eyre… y así.

--Cierto es que usted ha hecho varias adaptaciones. ¿Cómo es ese trabajo?

--Me gusta todo. Escribir mis propios textos me encanta, pero me gusta mucho hacer adaptaciones, porque es un reto. Primero, porque me han pedido adaptaciones de textos muy buenos y trabajas con una materia prima muy interesante. Asimismo, intentar pasar una novela a una obra de teatro y ponerla en un escenario es un trabajo que me gusta. Son encargos que me han ido bien, también para aprender el oficio. Lo que sí que no he hecho es de directora, tengo más alma de dramaturga, ser directora es más difícil, no sé si me atrevería (ríe).

--¿Se atrevería, como han hecho otros autores, a hacer guiones de cine o series?

--A mí el teatro me gusta muchísimo. Si tuviera la oportunidad de hacer un guion de cine y tele, lo probaría, los retos me gustan, porque te prueban. No ha salido, y yo haciendo teatro soy muy feliz.

Gemma Martínez, Victòria Pagès y Albert Triola / SALA BECKETT
Gemma Martínez, Victòria Pagès y Albert Triola SALA BECKETT


--En su trayectoria reciente vemos una temática de la guerra y sus heridas. ¿Es esa vertiente periodística que la ha llevado allí?

--En Encara hi ha algú al bosc se juntaron el periodismo y el teatro. Para mí, el periodismo y el teatro tienen una misma función: explicar el mundo que nos rodea. El periodismo lo hace de una manera y el teatro lo hace desde el teatro documental o desde la ficción. Yo no puedo evitar mi parte periodística, he trabajado y me he dedicado a ello. En esa obra quería explicar lo que nos explicaron esas mujeres de forma teatral y que enganche.

--También Obsolescència programada habla de las heridas de guerra. ¿Teniendo en cuenta que cuenta que los personajes están perdidos en esta sociedad, qué pesa más: el pasado y la desmemoria o un futuro poco alentador?

--Tiene que ver con esa mirada poco optimista hacia el futuro, porque el mundo también nos lo pone así: la crisis climática, las guerras, la pandemia. Estamos en una sociedad que no sé si va a ningún lado, si evoluciona de forma inteligente. La sociedad tiene un malestar y es normal que uno se plantee qué es la vida y qué quiere uno. Sí que miro en el pasado en la obra. No es que en el pasado esté la llave de la felicidad, pero sí hay momentos del pasado en los que uno se ha podido sentir muy bien donde está. ¡O nos la imaginamos porque la memoria también es ficción y nos lo imaginamos! Ellos miran al pasado para saber qué tenía yo allá que sea útil en este presente.

--Y en esta sociedad con este futuro incierto, ¿qué papel juega el teatro?

--Uno muy importante. El teatro ha de mostrar las contradicciones de nuestra época, este malestar. Debe poner sobre el escenario hechos, sentimientos, acciones que nos hagan preguntarnos qué mundo queremos y qué somos. Nos ha de poner delante de nuestras contradicciones. El teatro puede tener y ha tenido un papel muy importante en este sentido.

--¿Cree que tras la pandemia el teatro ha cobrado mayor protagonismo?

--Sí que al principio de poder salir fue más gente al teatro, ahora los que conocen la situación del sector dicen que empieza a bajar la asistencia. Estamos viviendo momentos realmente difíciles y creo que es signo del tiempo, de lo que pasa. El teatro siempre existirá porque necesitamos que nos expliquen historias en vivo, estos actos rituales de juntarnos todos en un sitio en que nos explican cosas. Es necesario, pero hay épocas que por las circunstancias el teatro va mejor o peor. Ahora creo que muy bien no estamos, pero tiraremos hacia adelante.

--¿Esta sensación extraña, de incertidumbre, tras la pandemia, es más estimulante?

--No me lo había planteado, pero igual sí, tal vez tienes más ganas de explicar cosas. Escribiendo descubres cosas nuevas, a mí me gusta no tener claro dónde van las obras cuando las escribo, porque ya sabría qué decir. Me gusta que el proceso de la escritura me lleve y ver qué descubro. Puede ser que en un momento convulso tienes ganas de escribir para descubrir este mundo que te produce este malestar o incertidumbre. Supongo que tienes esa necesidad de explicar cosas y poner sobre el escenario estas contradicciones de un mundo que está como está.

--Y con toda esta creatividad, ¿qué más tiene a futuro?

--Con Cultura i conflicte, el grupo con quien hicimos Encara hi ha algú al bosc, preparamos el segundo proyecto que versará sobre la gente mayor, cómo se ha cambiado el paradigma de una sociedad que daba valor a la gente mayor y a la experiencia a una que la aparta. Lo hemos visto en la pandemia.