Valeria Cavestany posa con uno de sus lienzos

Valeria Cavestany posa con uno de sus lienzos Cedida

Creación

Valeria Cavestany, artista: "El protagonista número uno, dos y tres de mis cuadros es el color"

Nacida en Barcelona y afincada en Manila, construye una obra donde el color y la composición mandan en la búsqueda de un lenguaje propio alejado de modas y discursos conceptuales

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Si hay algo que destaca en el universo creativo de Valeria Cavestany es una intensa y variadísima paleta cromática. En su obra, el color nunca actúa como un simple recurso estético, sino como el verdadero catalizador de su trabajo: retratos, lienzos, tapices y esculturas textiles y de todos esos objetos que recicla convirtiéndolos en vibrantes piezas de arte. “El protagonista número uno, dos y tres de mis cuadros es el color”, afirma a Mujeres en Crónica.

La suya es una biografía que transcurre entre Barcelona y Manila, dos ciudades que han dejado una huella imborrable en su mirada. Nacida en la capital catalana de padre español y madre filipina, con dieciséis años decidió trasladarse a Filipinas a vivir con sus abuelos.

Regresó durante un tiempo, pero pronto comprendió que el gran archipiélago del sudeste asiático acabaría siendo su hogar. Allí se casó, formó una familia y comenzó un recorrido profesional que nunca imaginó.

Su obra destaca por una vivaz paleta cromática

Su obra destaca por una vivaz paleta cromática

Su dedicación al arte no responde a una vocación precoz ni a una estrategia lineal perfectamente definida. De hecho, los primeros años trabajó como profesora particular de español y llegó a plantearse estudiar Derecho. No pudo hacerlo porque entonces no tenía la nacionalidad filipina. Acabó matriculándose en Historia Asiática en la Universidad de Diliman, en parte porque “siempre me ha fascinado la cultura china, aunque en realidad creo que no sabía lo que quería”, reconoce con honestidad.

Quizá esa ausencia vocacional fue lo que le permitió explorar un camino mucho más personal.

Autodidacta y apasionada del textil

Aunque se define como artista autodidacta, Valeria estudió pintura china con un maestro al que recuerda como una figura importante de su formación, y aún hoy mantiene intacta la curiosidad de quien entiende el aprendizaje como un proceso que no acaba nunca. “Pienso que todavía me estoy formando”.

Esa inquietud ha sido y sigue siendo una constante en cada etapa de su carrera y explica, en cierto modo, por qué resulta difícil encasillar su trabajo.

Pero mucho antes de dedicarse profesionalmente a la pintura, sentía verdadera fascinación por lo textil. De hecho, en Barcelona estudió en una escuela experimental donde descubrió materiales, tejidos y procesos que décadas después continúan atravesando su obra.

“Siempre me gustó lo textil por mi madre, que era una artista innata con un gusto exquisito”. Ese gusto heredado se percibe, por ejemplo, en sus tapices, en sus esculturas textiles, en sus muebles decorativos.

Un inesperado (y exitoso) golpe del destino

El salto definitivo llegó de manera inesperada. El prestigioso crítico Rod Paras-Perez vio su trabajo y le propuso hacer una exposición individual. “Cuando Paras-Perez me descubrió no había hecho nada a nivel profesional. Simplemente siempre me había gustado mucho dibujar y pintar acuarelas”.

Aquella muestra fue un rotundo éxito. “Lo vendí todo. Ahí descubrí que podía dedicarme a esto”. Aunque también reconoce que, desde entonces, su trabajo ha evolucionado notablemente. “Recuerdo aquellas primeras obras como acuarelas amables, todo muy suave, muy europeo, y eso gustaba mucho”. Un punto de partida, un estilo, que determinó en cierto modo su futuro pero del que pronto sintió la necesidad de alejarse.

Obsesión por la originalidad

Y lo hizo porque pudo pero también porque nunca permitió que el mercado condicionara su evolución. “Me llovieron las exposiciones pero también reconozco que, como no tenía que vivir de la pintura, tuve el lujo de poder experimentar. Mi obsesión no era vender”. Esa independencia le ha permitido evolucionar hacia un lenguaje propio.

Le interesa más la búsqueda que la repetición. La originalidad, como el color, para Valeria son innegociables. “No quiero copiar, quiero ser original, que es lo más difícil del mundo”. Sabe que la originalidad absoluta no existe porque no somos impermeables a los estímulos, a la belleza, a la realidad que nos rodea. Aún así insiste en perseguir una voz propia construida a partir de influencias diversas.

Calentamiento, inspiración y horror vacui

En esa búsqueda hay un ritual que se repite cada vez que entra en su estudio, ya sea en Barcelona o en Manila. Nos cuenta que antes de enfrentarse a un lienzo necesita un tiempo de calentamiento. “Primero enguarro, me pongo a hacer warm up. Luego aparece lo quiero hacer”. Es durante ese proceso liberador cuando surgen las mejores ideas, y aquí alude a una cita atribuida a Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que pillarte trabajando”.

Después llega el momento de la composición, quizá el aspecto que más le obsesiona junto con el color. Confiesa sufrir horror vacui y que finalizar una obra suele convertirse en el momento más complicado. “Lo más difícil para mí es acabar un cuadro porque al final todo está lleno. Y hay que dejar espacios de silencio”. Lo aprendió de su mentor quien la exhortaba a buscar el “espacio negativo”, a entender que el silencio también forma parte de la pintura. Desde entonces dedica tanto tiempo a imaginar una obra como a ejecutarla. Una antesala de la creación donde la gira, la invierte, la deja reposar… “A veces tardo más tiempo observando que en pintar”.

En este ejercicio constante de búsqueda, de absoluta libertad de lenguaje, la inspiración tampoco entiende de límites. Pero dice que siempre han estado presentes los azules del Mediterráneo, “esos cielos fantásticos de azul cobalto, de azul cerúleo”; también la música, los lugares a los que viaja, los museos que visita con una curiosidad casi compulsiva o los materiales que recoge en la playa donde tiene un estudio en Filipinas. Allí transforma cocos, objetos arrastrados por el mar en piezas de artesanía. “Me encanta explorar los materiales. Se puede hacer de todo”.

Una artista artesana

Su defensa del trabajo manual refuerza una idea que atraviesa toda su obra: la importancia de ejercer este oficio desde una base sólida. Cavestany observa con cierto recelo el predominio del discurso conceptual.

“Pienso que ahora ya no se hace arte, se hace concepto de arte”. Y no es que rechace la reflexión intelectual per se, sino cuando una obra necesita de un discurso elaborado para ser entendida, para otorgarle valor. También echa en falta la pérdida de exigencia técnica. “Yo ahora prefiero un artesano que a un artista”. Y habla de anatomía, de proporciones, de composición como si defendiera un patrimonio que merece seguir ocupando un lugar fundamental. Su definición del arte extracta esa visión con lucidez: “El arte es una parte del conocimiento humano que nos eleva”. Para ella una obra debe ser capaz de emocionar sin ser explicada. “Tiene que ser una flecha al corazón”.