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El profesor de Economía José María Gay de Liébana / EP

Gay de Liébana, un divulgador visionario

Su fallecimiento supone la desaparición de un notable experto en materia económica, que en los últimos tiempos se destapó además como un comunicador nato

7 min

“Están quebrados, Raúl, hazme caso: quebrados. Todos, los líderes, los de mitad de tabla y los que van a bajar. Si alguien no le pone freno a esto, llegará un momento en que estalle”. Si algo tenía el profesor José María Gay de Liébana es que hablaba claro; fuera de la inflación, de la deuda pública, de los fondos europeos… o de clubes de fútbol, como en este caso.

Y, además, ofrecía juicios a priori, cuando los problemas aún tienen remedio; y no los sesudos análisis a toro pasado de otros acerca de problemas que ya no tienen solución y, por ende, ya no son problemas, sino males muy complicados de combatir.

La primera vez que hablé con él no pensé que fuera a dedicar mucho tiempo a un periodista sin nombre que le llamaba desde un medio de comunicación de reciente creación y que el profesor ni conocía. Para mi sorpresa, me concedió todo el que le pedí y me habló con tal entusiasmo sobre el estudio que había hecho acerca de las finanzas de los clubes de fútbol que no me resistí a ser osado y pedirle que me hiciera llegar alguna reseña del mismo.

“¡Hombreee, clarooooo!”, dijo con aquel tono que se hizo tan familiar después en los medios, que destilaba una bonhomía que solo algunos elegidos pueden tener. “Ahora mismo le digo a mi secretaria que te lo mande”. Minutos después, en mi correo electrónico estaba el estudio completo, noventa y tantas páginas con todo lujo de detalle. “Me ha enviado el informe entero”, respondí sorprendido a la secretaria, que me replicó: “Le he enviado lo que me ha pedido el profesor”.

Mis temores iniciales se cumplieron, pero en el sentido totalmente opuesto. En el peor de los casos pensaba que lo que me haría llegar no daría para un artículo. Y era cierto. Daba para un libro. O para varios.

No acertaba a comprender por qué, sin conocerme de nada, Gay de Liébana me había enviado un documento en el que se podían adivinar toneladas de horas de trabajo. Horas que cuestan dinero. Entendí después que el profesor había venido a este mundo a divulgar conocimientos; cuantos más, mejor; a cuanta más gente llegaran, mejor. A cumplir aquella máxima que mi viejo profesor de Antropología, Jesús Muga, me trasladó en una ocasión: “No puedo evitar que la gente se muera, pero sí que se muera tonta”.

Con esa documentación en la mano, me ponía en contacto con un abogado del que me habían dicho que trabajaba para algunos clubes y también sabía de esto. Se llamaba Javier Tebas y cuando le referí las conclusiones de los estudios de Gay de Liébana me dijo: “Tiene toda la razón, vamos hacia el desastre. No sé qué hace la Federación, que no frena todo esto; y como el presidente de la Liga está a sueldo de los clubes, hace lo que ellos dicen y no están dispuestos a ponerse un control”.

Hoy, Tebas es el presidente de la Liga y dice que si fuera un empleado de los clubes hace tiempo que le habrían despedido. Férreos controles financieros están implantados no solo en España, sino en el fútbol europeo. Todo aquello de lo que hablaba Gay de Liébana y a lo que tanto tiempo dedicó, se ve plasmado en un sistema que ha evitado quiebras en cascada de sociedades. Y que ha contribuido a una drástica reducción de la deuda con Hacienda, con las arcas públicas; una bola que históricamente se dejaba que creciera para después resolver el entuerto con vergonzantes planes de saneamiento, bajo el leit motiv del fútbol como el opio del pueblo.

El profesor Gay de Liébana era un intelectual que veía mucho más allá de lo que lo hacen las personas convencionales. Y cuando volvía de aquel viaje, se moría por contar lo que había visto. Era aquel prisionero de la mítica caverna ilustrada por Platón en La República, que lograba escapar del lugar de las sombras y volver gozoso a explicar que allí fuera había otra realidad; y poco le importaba que la mayoría de los necios que seguían dentro solo fueran capaces de reírse de él porque ya no tenía la vista habituada a tanta oscuridad y difícilmente distinguía las figuras.

Un visionario divulgador; o un divulgador visionario, que tanto monta, monta tanto. Los cavernarios se hubieran reído de él si le hubieran conocido por entonces. Pero tenía toda la razón, estaban quebrados todos: el Sporting, el Betis, el Valencia, el Barcelona y el Real Madrid.

Por suerte, no solo hablaba de fútbol, que era su pasión; por suerte, llegó a tiempo de que los medios descubrieran en él (aunque tarde) una suerte de filón, alguien que hablaba de economía y al que, además, se le entendía todo. No ha llegado a ver a su Espanyol levantar la orejona, pero lo ha dejado en Primera. Ya sería un detalle dedicarle los primeros tres puntos de la nueva temporada.

No sobran tipos como Gay de Liébana y menos en estos tiempos. Algún error tenía que cometer el profesor y ese ha sido marcharse demasiado pronto. Sit tibi terra levis.