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El economista y banquero Francisco Luzón / WIKIPEDIA

Francisco Luzón, la crónica del rigor financiero

El economista ha sido uno de los arquitectos principales de la banca moderna en España, de origen humilde y siempre constante en el trabajo

8 min

Todo empezó en 1988, durante los Cien Días de Neguri, el encierro de los altos cargos de los bancos Bilbao y Vizcaya, que acabó con la fusión de ambas entidades después de una batalla dialéctica y mercantil en la que empataron Pedro de Toledo (Vizcaya) y José Ángel Sánchez Asiain (Bilbao). Ambos salieron presidentes y, tras la muerte prematura del primero, el banco resultante de bilbainizó, como marca, hasta el punto de convertirse en la cúpula financiera del hierro y los altos hornos, bajo la presidencia posterior de Emilio Ibarra Churruca.

Francisco Luzón, fallecido ayer tras una larga convalecencia a causa del ELA, tuvo un papel de primer orden en aquella fusión, la concentración de capital más significativa de la historia reciente de España. Luzón puso el talento y Asiain el rigor científico de su cátedra de economía en Deusto, la escuela de negocios de corte ignaciano, cantera de las élites de Neguri, una vanguardia anterior a la ciudad del Guggenheim. De aquel crisol provienen hombres de primera línea como Goirigolzarri, actual presidente de Bankia, en plena fusión con Caixabank, o el mismo Alfredo Sáenz Abad, que presidió Banca Catalana (cuando era filial del Bilbao) y que acabó fichando por el Banco Santander, como Ceo, bajo el manto de los Botín.

Luzón, en modo funcionario y mano de hierro

Sáenz Abad definió una línea de querencia por el modelo del banco santanderino --el mas internacional de los antiguos Siete Grandes-- que, años más tarde, atraería al mismo Luzón, en carrera ascendente hasta su cúpula. A su enorme contribución corporativa, el banquero fallecido añadió un afilado acento académico. Destacó, junto a Emilio Botín, en la fundación de Universia, la mayor red de universidades de Hispanoamérica.

Francisco Luzón en un acto de su fundación en 2017 / EP
Francisco Luzón en un acto de su fundación en 2017 / EP

Un año después de la unión de los dos bancos vascos, ya en 1989, casi todo seguía ocurriendo en la cornisa cantábrica. Pero mientras Santander y BBV mantenían un duelo en la cumbre por la hegemonía del sector, La Caixa de Josep Vilarasau consiguió sorpasarlos a ambos gracias a la potencia de su Corporación Industrial, la actual Criteria Caixa Corp. Luzón inició un nuevo capítulo de su dilatada carrera en el Banco Exterior de España, una entidad pública condenada ya a privatizarse. Fue el entonces ministro de Economía, Carlos Solchaga, quien le nombró presidente del Exterior para sustituir a Miguel Boyer.

Mas que una reforma, Luzón puso en marcha una limpieza que empezó con el cese de Rafael Martínez Cortiña, hasta entonces CEO del banco. Había llegado el momento de acabar con las prácticas heterodoxas de una entidad pública, marcada por la circulación financiera opaca con otros países y con paraísos fiscales, sorteando la vigilancia de Transacciones Exteriores. El Estado se hacía trampas al solitario. Y Luzón, en modo funcionario y mano de hierro, cortó por lo sano: se acabaron para Cortiña su poder en filiales como el Banco Simeón o el Banco Atlántico controlada mayoritariamente por el Arab Banking Corporation, cruce de caminos para los inversores del Golfo y plataforma de apalancamiento de algunas operaciones ditirámbicas de KIO, la oficia de inversión de Kuwait.

Diseñador de la nueva Argentaria

Solo le faltaba una asignatura para liberarse de lo que consideraba sus obligaciones morales con el sector público, antes de reiniciar su carrera en el privado. En 1991, asumió la presidencia de la Corporación Bancaria de España, holding formado por el Banco Exterior, la Caja Postal, el Banco de Crédito Industrial, el Banco de Crédito Local, el Banco de Crédito Agrícola y el Banco Hipotecario. Fusionó de nuevo y esta vez reestructuró y modernizó las entidades de titularidad pública que se encontraban en el estado calamitoso de una banca nacida de la jerarquía del cargo, de las oposiciones restringidas y cuando no del simple enchufe. Así nació Argentaria, que de inmediato pasó a la órbita del grupo vasco, el BBVA. Él fue el diseñador de la nueva Argentaria, una cartera compleja vinculada a administraciones territoriales y a empresas sin suficiente patrimonio, que Luzón fue reestructurando y salvando de enormes procesos concursales.  

Luzón, de origen humilde, había estudiado Económicas en el País Vasco y de muy joven consiguió una beca para iniciar su carrera en la banca. Empezó en el Vizcaya, pasó por la división internacional, por la sucursal de Londres, por las segundas marcas, Banco de Crédito Comercial y Banco Occidental, hasta encaramarse al consejo de administración del Vizcaya, como un auténtico pata negra de Pedro de Toledo. Había comenzado desde abajo, cumpliendo la profecía del mítico ex presidente del Central, Alberto Escámez, el meritorio que empezó de botones. En 1996, Emilio Botín le nombró su adjunto y allí se convirtió en el motor del cambio de cultura de gestión del Banco Santander. Dirigió la fusión con el Central Hispano (1999) y dio los primeros pasos del nuevo conglomerado Santander Central Hispano, bajo la presidencia de Ana Botín. Convirtió a la marca española en la primera franquicia en diez países latinos.

Exactitud y fidelidad a la norma

Luzón se lo curró; lucía con orgullo la Medalla al Trabajo concedida por el Ministerio de Seguridad Social y ahora el resumen de su vida profesional entra con buen pie en la crónica histórica de la banca, sin hacer demasiado ruido; ha solucionado mucho más de lo que han estropeado otros como Mario Conde (Banesto), en la etapa en la que España se erigió en la California del futuro.

Los banqueros no opinan con facilidad, pero los técnicos de altos vuelos como Aristóbulo de Juan o el profesor Luis Ángel Rojo (ambos vinculados al Banco de España, el organismo Supervisor) dieron excelentes a hombres como Luzón y a otros de menor o mayor voltaje, pero del mismo rigor. La banca es una profesión de riesgo en la que la exactitud y la fidelidad a la norma tienen un valor decisivo, aunque aparentemente sea intangible.