Los auténticos orígenes del calimocho y la bolsa "Frakta"

29.04.2017
Pablo Planas
8 min

"Lo llamamos 'cali-mocho' y lo bebemos con amigos", se afirma en la cuenta de Twitter de la compañía Pepsi-Cola. Acaba de lanzar al mercado un producto denominado "1893 The Kalimotxo", bebedizo compuesto a partes iguales por su brebaje carbónico de cola y un vino tinto inespecífico. En España nadie ha probado aún el "cocktail", pero la polémica es fenomenal. Los puristas del combinado se suben por las paredes. El calimocho se hace con Coca-Cola, jamás con Pepsi-Cola. Eso sería como un "Lumumba" de Nesquik en lugar del preceptivo Cacaolat. ¿Lumumba? Los jóvenes barmans no saben casi nada. Cacaolat con coñac, que es la imitación española del cognac francés. Se llamaba así en honor al líder congoleño asesinado por los belgas y la CIA y era un eficaz reconstituyente inspirado en el estupendo remedio casero contra la gripe de la leche caliente con miel y coñac. 

Frío o caliente, el Lumumba estuvo de moda en los sesenta y los setenta, al punto de competir en popularidad con el Cuba Libre, ron con cola, antecedente colateral a su vez del "The Kalimotxo". De esa época también es el Destornillador, la vodka con naranjada, sea natural, artificial e incluso con gas y cuyo nombre procede del efecto dos en uno, desayuno y aperitivo.

Todos estos nombres no hacen a la cosa. Del calimocho se sostiene con aceptable verosimilitud que es fruto de la contracción de dos apodos de una cuadrilla de Getxo que supuestamente alumbró el bajativo en una bañera. La historia refiere que los mozos utilizaron la Coca-Cola para aprovechar un vino picado. Al hacer acto de aparición en las operaciones de mezclado los sujetos nominados Kalimero y Motxondo surgió lo del calimocho. Sea como fuere, lo que es irremediable es que el vino con cola es calimocho y el recipiente de plástico en el que es preceptivo consumirlo en grupo se llama cachi y en un cachi caben dos litros.

daily mail.200La pura realidad es que el origen de eso se llama zurracapote y se ofrecía gratis en las fiestas de Logroño y otras localidades riojanas para dar una salida a los excedentes vinícolas del género más tosco. En la composición intervenían melocotones, naranjas, limones, plátanos, azúcar, canela y otros ingredientes que conferían al vino un mayor poder estupefaciente fruto de la maceración y la conversión en más alcohol de los abundantes azúcares. Ergo más o menos la sangría, dirían en Andalucía y media España. Pues sí. La versión abreviada y aligerada de todo esto es el vino con gaseosa, una delicia que ya no se estila. De ahí al calimocho no hay demasiada ciencia, sino un enorme retroceso en comparación, por ejemplo, con el agua de Valencia, obra cumbre de la coctelería de don Constante Gil.

No es previsible que la Pepsi vaya a vender mucho "The Kalimocho" en España porque su concepto es el de la barra americana. Entiéndase la barra de los Estados Unidos, los bares y restaurantes norteamericanos con licencia para vender destilados a un público ávido de novedades y exotismos. Se intuye ahí un mercado que abrió la crítica de cócteles del New York Times Rosie Schaap en un artículo ya un tanto remoto, primavera de 2013, en el que afirmaba con rotundidad que la mezcla funcionaba y funcionaba mejor con cola de azúcar de caña que con la de sirope de maíz. Además, resultaba chic, extravagante, de vida crazy.

La preparación e ingesta de calimocho no debería ser como para enorgullecerse, pero a cuenta del producto de Pepsi hay quien reivindica el nombre de "Rioja Libre" y auténticos perroflautas de manual que renunciarían a la revolución y la independencia antes que beber vino con lo que no sea pura, dura e imperialista Coca-Cola. También se advierte que el término "kalimotxo" está registrado por la competencia o que, en realidad, son los italianos de principios de siglo pasado quienes comenzaron a mezclar la cola que entonces tomaban los enfermos con el Chianti que llegaba irremediablemente destruido de la singladura del Atlántico.

Nada es lo que era. Balenciaga le ha copiado a Ikea el famoso saco de color azul, cosa que se llama "frakta" y que en sueco es tal que "bolsa para llevar". La copia cuesta 1.400 euros frente a los cincuenta céntimos del original y la diferencia no está en el material, sino en la marca. Vale que el bolso es de cuero y la bolsa, de polipropileno, que deviene de un gas de la combustión del petróleo, lo que induce a pensar que el procedimiento de confección del artefacto implica bastante más tecnología y manufactura que el curtido de un trozo de piel de vaca.

Viene al caso porque el complemento está pensado para los hombres contra lo que cabría suponer ante la tendencia femenina de llevar bolsos enormes. En los tiempos del varón dandy, algunos tipos portaban lo que se dio en llamar "mariconera". Tanto el nombre como la cosa están prohibidas, pero el bolsín de reducidas dimensiones era estupendo para las llaves, cartera, gafas de sol y el tabaco. Ni siquiera la generalización del teléfono celular ha devuelto al candelero el práctico portagaitas masculino. Una lástima. 

La copia cuesta más que el original, que no es más que puro aprovechamiento de residuos, como el calimocho. Sin embargo, el saco de Ikea no tiene rival y "si cruje" es el auténtico, subraya la marca sueca en una campaña muy ponderada en el Daily Mail, periódico que, por cierto, le ha tenido que pagar una cantidad superior a los dos millones de euros a la primera dama estadounidense, Melania Trump, por publicar el infundio de fue escort en los noventa.

Sin novedad en el frente Paula Echevarría, David Bustamante. Alba Carrillo y Gloria Camila, poligoneras totales en Supervivientes.

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Pablo Planas

Periodista.

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