Puigdemont, el presidente que nunca estuvo ahí

Víctima de la pinza Mas-Junqueras, el convergente que nunca reinó ha intentado destituir a una consejera clave en las maltrechas finanzas de PDeCAT, pero su partido se lo ha impedido

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El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, junto al vicepresidente Oriol Junqueras / EFE

Carles Puigdemont (Amer, 1962) es un personaje tan atípico como su legislatura. Un periodista políglota, presidente por casualidad de un Gobierno que acaba de dar un golpe de timón hacia el referéndum, en realidad orquestado por Oriol Junqueras y Artur Mas. Esta es la historia de un exalcalde, cuyo nombramiento le sorprendió hace 18 meses haciendo la compra con su familia y que fue "conducido" --metáfora de lo que vendría posteriormente-- desde el parking de la plaza Sant Jaume hasta el Palau de la Generalitat después de que la CUP pidiera la cabeza de Mas.

Desde entonces, Puigdemont ha tenido que conciliar sus sinceros sentimientos independentistas, que le arriman al líder de ERC, con su deber de obediencia a Mas. El último ejemplo de esa dualidad es el intento frustrado del president de destituir a la consejera de Gobernación y responsable de los procesos electorales, Meritxell Borràs, tal como le pedía ERC. Sin embargo, el entorno de Mas le recordó quién es el testaferro de CDC, el hombre que cobra las subvenciones parlamentarias para luego transferirlas a PDeCAT. Nada menos que Jacint Borràs, el padre de la consejera. Puigdemont no tuvo más remedio que aceptar una solución salomónica: Borràs sigue, pero sin competencias sobre el referéndum, que pasan a la vicepresidencia de Junqueras.

Frustrado 'coup de force'

Dicho de otra manera, el último coup de force --por no decir el único-- de Puigdemont fue destituir al consejero de Empresa, Jordi Baiget, quien dudó de la viabilidad del referéndum. Por el contrario, las tres últimas destituciones --Neus Munté, Jordi Jané y Meritxell Ruiz-- han sido gestadas en connivencia con Junqueras, que aspiraba a una purga mayor, y PDeCAT. Pero el daño está hecho, pues la imagen de debilidad que ha mostrado la nueva Convergència es difícil de mitigar, por mucha autodisolución de sanedrín --David Madí, Xavier Vendrell, Artur Mas...-- que se publicite.

En efecto, poco o nada ha decidido Puigdemont durante este mandato sin contar con el expresidente Artur Mas o con Oriol Junqueras. “Está solo, sólo cuenta con un pequeño grupo de fieles entre los que se encuentran Pere Martí o Elsa Artadi, y poco más. Curiosamente, su principal valedor público es Junqueras, aunque es Artur Mas quien mueve los hilos”, explica una fuente conocedora de los entresijos palaciegos. Poco aficionado a las ruedas de prensa, pese a su preparación periodística, Puigdemont ha ejercido de correa de transmisión de la impostura convergente, sin una acción de gobierno que poder publicitar --de las 45 leyes prometidas, solo se han aprobado cinco-- avalado por una complicidad del líder de ERC que tiene fecha de caducidad: las próximas elecciones catalanas.

Dos factores en su contra

No obstante, hay quien asegura en PDeCAT que, con un poco más de tiempo, Puigdemont podría haberse hecho con un equipo más amplio y afianzarse como futuro líder del partido. Pero dos factores jugaron en su contra: la precipitada refundación de CDC y, sobre todo, su negativa a ser candidato a la presidencia de la Generalitat.

En efecto, este hijo de pasteleros, íntimo amigo de Joan Laporta --el president está haciendo todo lo posible para que TV3 apoye su regreso al Barça--, casado y padre de dos hijos, reitera que no quiere renovar mandato y que desea regresar a Girona, posiblemente a ejercer de nuevo su profesión de periodista.

“Puigdemont es el presidente que ahora necesitamos”, explicaban hace unas semanas fuentes convergentes, acentuando así la faceta instrumental de un dirigente que asegura haber hecho cambios en el Govern para blindar el 1-O, pero no así el postprocés. PDeCAT tendrá que afrontar una nueva refundación, posiblemente en la oposición, en la que ni el gerundense ni Artur Mas encajan.

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