5 min

¡Por fin salgo del armario! Esta mañana me he dado cuenta al mirarme al espejo. "Fíjate tú --he pensado para mis adentros-- tantos años sin saberlo y ahora has caído en la cuenta". Efectivamente, soy un fascista, porque todo aquel que no crea irremisiblemente en el nuevo dogma de fe de la Inmaculada Concepción, la cosa esa del referéndum, según el cual Cataluña tiene el derecho a la autodeterminación no es según los indepes ni un demócrata ni un catalán, sino sencillamente un enemigo del pueblo, en este caso, del pueblo catalán. Así que, después de la revisión anual de la próstata, me he vuelto un fascista de tomo y lomo. Solo le pido a Dios no cometer la cursilada aquella de José Antonio de acabar refiriéndose a "la España faldicorta" como si fuese un Pablo Iglesias cualquiera. Eso sí que no me lo perdonaría. Antes Turquía o autoritaria que sencilla.

Quizás toda mi vida haya sido un fascista y yo sin saberlo. Hay gente que se ha convertido ya de mayor. Ferran Mascarell, por ejemplo, menos budista y alcalde de Barcelona --para lo que se postula--, ha sido todo lo demás. José Antich, quien me pegó una bronca de mucho cuidado porque tuve la desfachatez de publicar un libro titulado Contra el PP, mientras Aznar posaba con sus zapatos junto a los de Bush encima de la mesa, ahora es un independentista exacerbado. Salvador Sostres, para quien el español era el idioma de las criadas y los pobres, ahora veranea en el Abc y cree en Dios.

Gracias a las almas caritativas, como la señora Rovira de ERC o del  presidente de la Asamblea Nacional Catalana, por fin he sabido aquello que toda mi vida me he negado a aceptar: ellos son los demócratas, es decir, los buenos. Los míos son siempre los malos

Hace años, Antoni Bassas tuvo la ocurrencia de quererme fichar para su programa de Catalunya Ràdio. Mandaba el tripatito de Montilla y no fue posible. Recuerdo que me dijo que si ganaban "los otros", es decir los de CiU, las cosas cambiarían. Ganaron los otros, pero nada cambió. En una ocasión me encontré a Jordi Barbeta caminando apoyado en sendas muletas por la Diagonal. Al preguntarle qué le había sucedido, me respondió educadamente: "¡Han sido los tuyos!". "¿Quiénes son los míos?", respondí. A lo que el maestro de periodistas replicó: "¡Tú sabrás!". Desde entonces, he vivido con la duda existencial de saber quiénes son los míos. Al fin y al cabo no he cambiado mucho, ya se me debía notar de pequeño. Miquel Molins, que era un conspicuo dirigente comunista en la facultad y ahora dirige la fundación del Banco Sabadell, me dijo en tono de reproche: "¡No has cambiado nada desde la universidad!".

Debe de ser verdad. Ahora hay muchos independentistas --yo solo conocí a una, Eva Serra, magnifica profesora-- como antes había muchos comunistas, y antes católicos, y franquistas... Todos ellos eran los buenos, los otros --siempre los otros-- eran los malos. Así que, gracias a las almas caritativas, como la señora Rovira de ERC o del  presidente de la Asamblea Nacional Catalana, por fin he sabido aquello que toda mi vida me he negado a aceptar: ellos son los demócratas, es decir, los buenos. Los míos son siempre los malos. Y ahora los malos son "los fascistas", como antes eran "los rojos", los que no iban a misa, los maricones...

El mismísimo Francisco Franco ya dijo en cierta ocasión que "el fascismo constituye esencialmente una reacción de defensa del organismo, una manifestación del querer vivir, del no querer morir, que, en ciertos momentos, se apodera de un pueblo". No sé si les suena a ustedes de algo. A mí tampoco.

Artículos anteriores
¿Quién es... Manuel Trallero?
Manuel Trallero

Ex periodista y ex casi todo lo demás. Tengo una edad ímproba, ¡incluso me acuerdo de que Franco murió en la cama! Eché artículos en 'La Vanguardia' hasta que me cansé. Hice un libro junto con Josep Guixá sobre Carmen Broto y otro solito sobre el (mal) llamado 'caso Palau'. Ambos tuvieron un éxito descriptible. Preparo una biografía de Jordi Pujol. En fútbol voy con el Liverpool, me gusta Schubert, odio los restaurantes, mi ídolo fue Cassius Clay y leo libros de historia en lugar de ver a Josep Cuní y a Pilar Rahola.

¿Quiere hacer un comentario?