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Los políticos catalanes pasan por la Villa y Corte a vender la independencia de Cataluña como los viajantes de antaño llevaban debajo del brazo un muestrario de mercería fina. Van en una exhalación, igual que pulpo perdido en un garaje, con cara de yogur caducado y el gesto adusto. Les hace de introductor Ferran Mascarell, delegado de la cosa esa, en forma de Buda fatigado. Se han puesto un rato debajo del foco mediático, por aquello de la montaña y Mahoma, como quien toma los rayos UVA. Les han perpetrado unos desayunos a base de zumo sintético, unos cruasanes biodegradables, un café aguachirri, las sobras del día anterior y unas azafatas que más que perfumadas van sulfatadas. A juego hay un auditorio de becarios de periodismo enseñando el tirante del sujetador. Por si acaso se traen de casa a su propio público llegado de Barcelona o reclutado entre las huestes desplazadas tras la líneas enemigas en las que nunca falta Quico Homs. Algunos ya le confunden con una pieza del mobiliario de los salones de techos altos y hoteles de lujo.

Pujol, cuando practicaba la puta y la Ramoneta, se volvía de Madrid con una transferencia bajo el brazo, estos regresan con el corte de un programa de radio

Pujol, cuando practicaba la puta y la Ramoneta, se volvía de Madrid con una transferencia o unos Mossos d'Esquadra debajo del brazo, y estos regresan con el corte de un programa de radio, unos breves en los periódicos y un titular en algún telediario remoto. Esta troupe parece víctima del síndrome de Estocolmo, tienen la imperiosa necesidad de que Madrid les quiera. Todo lo que necesitan, por lo visto, es tan solo un poco de amor. Se vuelven contando los embajadores que han asistido, como los niños completan el álbum de cromos de futbolistas de la Liga: "Tengui", "repe", "falti"...

Regresan con la satisfacción del deber cumplido. Hacen unos discursos perfectamente ininteligibles, porque lo realmente importante no es lo que han dicho, que no han dicho nada, sino dónde lo han dicho. Madrid, la capital del Tíbet, sede de la Brigada Aranzadi, del Ibex 35, del palco del Bernabéu, de las élites extractivas y de la Brunete, la mediática y la de verdad. El mismo infierno. Goethe ya describió lo acaecido en su prólogo de Fausto: "Muchos son los que vienen de leer los diarios / Se apresuran hacia nosotros como si fueran a un baile de máscaras / y la pura curiosidad les pone alas a sus pies".

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¿Quién es... Manuel Trallero?
Manuel Trallero

Ex periodista y ex casi todo lo demás. Tengo una edad ímproba, ¡incluso me acuerdo de que Franco murió en la cama! Eché artículos en 'La Vanguardia' hasta que me cansé. Hice un libro junto con Josep Guixá sobre Carmen Broto y otro solito sobre el (mal) llamado 'caso Palau'. Ambos tuvieron un éxito descriptible. Preparo una biografía de Jordi Pujol. En fútbol voy con el Liverpool, me gusta Schubert, odio los restaurantes, mi ídolo fue Cassius Clay y leo libros de historia en lugar de ver a Josep Cuní y a Pilar Rahola.

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tobermory 29/10/2016 - 14:23h
Muy buena la estampa matritense de las tribulaciones de los separatas sobrevenidos del PDECat, a vueltas con sus contradicciones irresolubles. O se mimetizan con el mobiliario y pasan desapercibidos, como el ínclito Quico Homs resucitando desde el gallinero del Congreso lo del Trío de las Azores sin venir a cuento, o se tiran al monte como "outlaws" de pacotilla y el personal les huye como de la sarna y van directos a la irrelevancia de un salto con tirabuzón. Y eso por no hablar de sus socios protoseparatas de ERC cuyas caras visibles son Tardà, que anunció a bombo y platillo la castración química de todo el Parlament, y su segundo Rufián que se hizo marxista cuando sus padres se conocieron en un mitin de Bandera Roja. La pareja no podría infundir más terror por lo sañudo de sus gestos, y desde luego bastantes carcajadas, si algún día se presentasen en el Congreso disfrazados de carlistones bragados, trabuco en mano, gritando: s'ha acabat el bròquil, ¡se sienten, coño!
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