Aunque Convergència se vista de seda...

Manuel Trallero
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Son dignos de admiración los denodados esfuerzos de los dirigentes del partido de Artur Mas para desvincularse del mismo partido que gobernó Cataluña durante más de veinte años, presidido por el señor Jordi Pujol y en el que el primero tuvo un papel tan relevante hasta el punto de ser su sucesor. Tiene un especial valor tal empeño, teniendo en cuenta que no hay nadie capaz de enunciar la nueva denominación así de corrido, pues parece escogida por un especialista en trabalenguas o por sus adversarios políticos. De tal manera que, al final, todo el mundo acaba refiriéndose a "la antigua Convergència". Sin duda, un éxito clamoroso del cambio de nombre. 

Estos chicos y chicas tan simpáticas y tan rematadamente jóvenes quieren hacer una cosa que en política o sale mal o sale peor. Es decir, la refundación de un partido. Esta operación de travestismo tiene un glorioso precedente cuando la Lliga Regionalista de Cambó, durante la II República mutó en la Lliga Catalana con el resultado conocido de una estatua en la Via Laietana al prócer que financió la sublevación de Franco y el bombardeo de Barcelona. Quieren, pues, cambiar de bicicleta en plena carrera con el inconveniente de que el ciclista no quiere apearse ni en broma. Así se pueden hacer muchas cosas, pero desde luego nunca se ganan unas elecciones. Aunque cueste creerlo, estar en la oposición desgasta más, muchísimo más que estar en el gobierno.

La "nueva Convergència" trata de deshacerse de Pujol y sus mariachis como si la historia fuera un cortar y pegar, o guardarla con los trastos viejos. Quieren pasar página y olvidarse de todo, como si el pujolismo nunca hubiera existido o ya hubiera pasado a mejor vida. Y sin Pujol no serían lo que son, ni estarían donde están. Están hipotecados de por vida

El problema de "la nueva Convergència" es que no acaban de creérselo ni ellos. Primero, no acaba de creerse que sea nueva por mucha sonrisa de dentífrico que le echen a la foto esa de grupo en donde aparecen todos, menos los que en realidad mandan. El poder en disputa, digan lo que digan, es de Mas y Puigdemont. El resto es como el trío del La la la haciendo los coros. Esas dos primas donnas que se matan mutuamente de celos nadie sabe exactamente a qué juegan. Y para acabarlo de arreglar, uno tiene la sensación de que lo que realmente quieren los de Convergència cuando sean mayores es ser de ERC. Toda la vida ha tenido ese complejo del "hijo pródigo" que quiere retornar a la casa del padre de los auténticos patriotas catalanes y no de los sucedáneos para hacer negocios. Junqueras solo tiene que esperar que caigan en el cesto. No hay ninguna prisa.

El tiempo corre en contra de Convergència, o como se llame. Tratan de deshacerse de Pujol y sus mariachis como si la historia fuera un cortar y pegar, o guardarla con los trastos viejos. Quieren pasar página y olvidarse de todo, como si el pujolismo nunca hubiera existido o ya hubiera pasado a mejor vida. Y sin Pujol no serían lo que son, ni estarían donde están. Están hipotecados de por vida.

Hannah Arendt ya nos advirtió de este peligro: "Llamarlas 'últimas bocanadas del pasado', condenándoles a la irrelevancia o al famoso 'basurero de la Historia', es el más viejo truco del oficio, poseen un efecto hipnótico, adormecen nuestro sentido común que es nada menos que nuestro órgano mental para percibir, comprender y tratar la realidad y los hechos".

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¿Quién es... Manuel Trallero?
Manuel Trallero

Ex periodista y ex casi todo lo demás. Tengo una edad ímproba, ¡incluso me acuerdo de que Franco murió en la cama! Eché artículos en 'La Vanguardia' hasta que me cansé. Hice un libro junto con Josep Guixá sobre Carmen Broto y otro solito sobre el (mal) llamado 'caso Palau'. Ambos tuvieron un éxito descriptible. Preparo una biografía de Jordi Pujol. En fútbol voy con el Liverpool, me gusta Schubert, odio los restaurantes, mi ídolo fue Cassius Clay y leo libros de historia en lugar de ver a Josep Cuní y a Pilar Rahola.

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