En Cataluña, de cumbre en cumbre... y tiro porque me toca

Manuel Trallero
5 min

Una de las aportaciones del llamado, en términos kafkianos, proceso catalán ha sido la reiterada celebración de "cumbres". Aunque el término, según los entendidos, debería estar reservado para los encuentros entre jefes de Estado o de Gobierno extranjeros, en Cataluña se utiliza con una profusión indiscriminada para las reuniones de políticos y/o representantes de la llamada sociedad civil, que en la mayoría de los casos cabrían en el ascensor de mi casa y que suelen verse día sí, día también.

Las calificadas como "jornadas históricas" están de capa caída y hace ya tiempo que no celebramos ninguna. El personal tenía un cierto empacho y la recogida de firmas para la causa tiene un aire como del Día de la Banderita. ¿Dónde las guardas y qué haces después con ellas? Una cumbre a tiempo te salva un informativo en TV3, entretiene a los voceros del régimen y a los palanganeros del proceso. Además, levanta los ánimos de los atribulados indepes, es un reconstituyente en vena para la causa y además retroalimenta a la vice Soraya a la espera de que aparezca en lo alto de la Diagonal la cabra de la Legión.

¿Y para qué sirve tanta cumbre?, se preguntarán ustedes. Sobre todo para pasar el rato. La principal conclusión de una cumbre como Dios manda es que se volverá a convocar otra cumbre para seguir avanzando, y así sucesivamente

La última cumbre bien podría considerarse como una cumbre-tipo, una de cuyas principales características es la urgencia para debatir una cuestión entre la vida y la muerte. Puigdemont, el Jefe Supremo, les convocó el domingo para el lunes a las cinco de la tarde, como quien ha roto aguas. Estos aquelarres llevan implícitos alguna coartada que los justifique. El epicentro de ese movimiento siempre está localizado en el mismo sitio: Madrid. El malvado Estado español (antes España) ha dicho o hecho algo que hace imprescindible una respuesta, algún tipo de reacción. Otra causa habitual es dar cumplimiento a la exigencia de la llamada sociedad civil --que bien podría caber en el ascensor de mi casa-- en su papel de vanguardia del movimiento, la avanzadilla que siempre tiene prisa en coger el autocar repleto de jubilados como un viaje del Imserso.

El colmo de toda cumbre que se precie es que se celebre "en Palacio", se sobrentiende que de la Generalitat. Nada de esa vulgaridad de la Moncloa sino en su sede acrisolada por el paso de los siglos. A la reunión casi siempre falta alguien por uno u otro motivo. Y eso les pone el alma en vilo. ¿Acaso se habrá roto el frágil jarrón de porcelana de la unidad de todos los catalanes? El suspense, como en las series televisivas, se resuelve en el capítulo siguiente, donde todo se arregla de nuevo con la convocatoria de otra reunión de algún ente fantasmal presidido por algún expolítico rescatado del pleistoceno. Y vuelta a empezar de nuevo.

¿Y para qué sirve tanta cumbre?, se preguntarán ustedes. Sobre todo para pasar el rato. La principal conclusión de una cumbre como Dios manda es que se volverá a convocar otra cumbre para seguir avanzando, y así sucesivamente. Como daño colateral lleva implícita la comparecencia de los participantes para que hagan sus valoraciones de aquello que no ha sucedido, es decir, de la nada y por tanto para no decir nada. Aunque sin duda alguna lo más importante de la última cumbre fue el modelo de gafas de sol que lucía Lluís Llach. Marcarán tendencia.

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¿Quién es... Manuel Trallero?
Manuel Trallero

Ex periodista y ex casi todo lo demás. Tengo una edad ímproba, ¡incluso me acuerdo de que Franco murió en la cama! Eché artículos en 'La Vanguardia' hasta que me cansé. Hice un libro junto con Josep Guixá sobre Carmen Broto y otro solito sobre el (mal) llamado 'caso Palau'. Ambos tuvieron un éxito descriptible. Preparo una biografía de Jordi Pujol. En fútbol voy con el Liverpool, me gusta Schubert, odio los restaurantes, mi ídolo fue Cassius Clay y leo libros de historia en lugar de ver a Josep Cuní y a Pilar Rahola.

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