Puigdemont: el hombre que susurraba... aún no sabemos a quién

Carles Enric
5 min

Otro año más en Cataluña. Otro año donde la mentira de la inmediata independencia se propaga en ciertos ambientes. Mientras ciertos personajes siguen viviendo del dinero de todos. Algunos como Puigdemont confiesan que no volverán a ser presidentes. No tanto porque lo propaguen como un acto de decencia personal, sino simplemente porque la sangría de votos de su partido lo harían imposible. Los cobardes tienen eso. Suben a la ola cuando creen que van a ganar y bajan antes de que no haya olas.

Puigdemont siempre fue un perdedor. Fue un perdedor como periodista. Fue un perdedor como pareja. Y no duden de que es un perdedor como presidente. Justificó su inacabada carrera con un accidente de carretera. Justifico su fracasó en el amor con una aventura casi adolescente. Y cerrará su etapa política con una fritura calentada por aceite de desvergüenza bajo el maná del dinero público.

Cuando esta semana la publicación Político le coloca entre los 12 personajes del mundo más siniestros para el próximo año 2017, no lo hace para "ponerlo en el mapa", como insinúa la nefasta consellera Munté. Sino simplemente dicen de él lo que muchos medios catalanes callan en público para poder sobrevivir en privado. El tipo no sólo no tiene carisma, sino, lo peor, con la poca personalidad de que dispone engaña a su máximo protector, él mismo. Un personaje nacido de la vida oscura, de un pasado tenebroso, cuyo único mérito ha sido embutirse en la carrera del dinero público, el engaño, y la incapacidad de un entorno servicial.

Luego vienen de Baviera y le tumban esa democracia que echa de menos en España. Ya le gustaría al infame personaje que Cataluña dispusiera de tal democracia. Un país --algunos no tenemos miedo a llamar a Cataluña país-- cuya máxima es mantenerse con el dinero de todos por la manifiesta incapacidad de generar recursos propios. Un lugar donde el conseller de Economía reclama más de 7.000 millones a la España odiada para mantener sus sueldos y sus familias. Una familia, en definitiva, que no puede vivir sin España, por la que son capaces de traicionar hasta a los suyos.

Puigdemont pasará a la historia como el presidente que no fue. Aquel que nunca ganó unas elecciones, y tuvo la santa ilusión de huir cuando el viento no soplaba a su favor

Sí, porque al final lo triste es la imagen de ese 20-25% de catalanes que siempre han pensado que la independencia era el camino. Esos que ahora ven que han pasado unos años y que aquellos que decían ser de los suyos se arrodillan temerosos abriendo la boca --siempre sin cerrar los ojos-- simplemente por tener algo que blandir en su labios. Es el eterno problema de los cobardes. Ya ven, la ola desaparece y ellos se difuminan como la lágrimas bajo cualquier gota de agua.

Puigdemont pasará a la historia como el presidente que no fue. Aquel que nunca ganó unas elecciones, y tuvo la santa ilusión de huir cuando el viento no soplaba a su favor. Al final, el viento, los votos, jamás soplaron como querían. Los catalanes, todos y cada uno de nosotros, somos especiales pero no somos imbéciles. Cataluña es algo más que una bandera, un himno o un farolillo cutre. Es un sentimiento del que ningún fariseo vividor del dinero de todos puede adueñarse.

Ojalá el procés sirva para desenmascarar a esa generación de personajes grotescos que en vez de trabajar se han dedicado simplemente a vivir del dinero de todos. A una mina, aunque sea la de Cardona, les enviaría yo, para saber que vivir como vivimos se debe a un esfuerzo diario, no a tocarse los huevos como ellos llevan haciendo años y años. Puigdemont ha susurrado, pero no a los caballos como Redford. Por desgracia para él, no sabe cómo llegó, sí sabe cómo se irá y, peor aún, ya no sabe ni a quién debe susurrar.

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¿Quién es... Carles Enric López?
Carles Enric

Soy un tipo corriente. Estudié una carrera en Barcelona e hice un Erasmus en Londres. Me casé, tuve hijos, me divorcié, me divertí, me junté, me separé… y siempre pensé que escribir era apasionante, sobre todo de lo cercano. Mi experiencia en el mundo editorial me permitió entender que vivía en un país que confunde profesionalidad con no tener ideas propias. Eso me preocupó y con los años sólo procuro ser coherente. No me caso con nadie, y eso no gusta. Si busca pleitesía al poder no lea mis artículos.

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