La bicicleta de Santi Vila

Carles Enric
7 min

Cualquier lector mínimamente informado habrá observado que el sermón independentista --nada mejor que compararlo con un tema religioso chamuscado como fe-- está perdiendo fuerza mediática. Si hace unos meses abría día tras día las portadas de diarios y televisiones, ahora, parece, ha quedado postergado a un segundo plano.

Incluso algunos actos declarativos en el Parlament han pasado casi desapercibidos a nivel nacional. Es obvio que la crisis del PSOE, primero, y el cansancio sobre un tema camino de la eternidad son las principales causas. Por cierto, a nivel internacional nunca fue un asunto de interés, y por lo visto tampoco lo será. Peor para algunos, tampoco nadie espera que lo sea a corto, medio o largo plazo. Fuera, obviamente, de esos diarios que reciben una buena cantidad económica en publicidad de la Generalitat. Nada nuevo en un mundo global. Explicar la prostitución de algunos medios de comunicación es más fácil de entender viendo la realidad de la prensa en Cataluña.

Con todo eso, no les aburriré contando cuál es el próximo acto previsto por el Parlament. Si un referéndum, una votación, otro referéndum vinculante, uno sin vínculo, uno aprobado, otro desaprobado o, la verdad, una fiesta un domingo de calçotada en casa de Pilar Rahola. Cualquier cosa previsible e imaginable puede ser aprobada. Uno ha perdido la cuenta de los innumerables actos, a cargo del erario público, creados, lanzados, pagados y, cómo no, gestionados por la Generalitat de Cataluña.

La nueva formación catalanista perfilada entre algunos ex altos cargos de Convergència destila ese "tufillo sospechoso" a más de lo mismo

Esa pérdida de cuentas es la constatación de una pérdida de orientación. Aderezado todo por un presidente, Puigdemont, con una perspectiva de voto minúscula. Atado a partidos a los que nunca votaría su electorado. Pensando exclusivamente en su silla. Su partido herido de muerte, en claro peligro de extinción. Algunos fuera, otros preparando su salida. Esos callados cobardes mientras cobran dinero público, pero infieles, a renglón seguido, para mantenerse a costa de la política, del dinero de todos.

La política debe ser siempre el lugar de las ideas. Pero también debe ser el lugar de las líneas rojas. Porque, en política, como en la vida, uno puede significarse. Uno puede tener sus opiniones. Uno puede ser un cobarde e incluso, en algún caso, hasta valiente. Cómo no, al final, uno puede buscar su lugar en política como forma única de sobrevivir. Todo eso es válido, pero siempre sin pasar las líneas rojas.

Por eso, la nueva formación catalanista perfilada entre algunos ex altos cargos de Convergència destila ese "tufillo sospechoso" a más de lo mismo. Gente que ha estado muchos años viviendo del dinero público y que ahora, viendo el desastre de su partido, han saltado como ratas husmeando cualquier olor rastrero a queso. Esa gente son lo peor de la política. Uno puede estar de acuerdo, por ejemplo, con Puigdemont o no, pero al menos él es consecuente. Cree en algo y tira adelante. Está claro que los números ya no le respaldan, y sus actos son de una irresponsabilidad grave. Pero mantiene su línea.

Otros, por su lado, pensamos en Santi Vila, abren ahora una vía cuando se han dedicado a mamar de la teta durante estos años en silencio. Colaborar con la división de Cataluña, pero sobretodo usar dinero público con un fin partidista, debe inhabilitar a cualquier político. Está muy bien tener ideas, tener tablas, luchar por sus principios. Pero, es obvio, no vale cambiar de chaqueta cuando las cosas no van bien. Creo nadie duda de que, si hubiera un gran respaldo popular, Santi Vila sería más independentista que el propio Puigdemont. Y eso que para algunos es la política, para otros es simplemente un ejercicio de indecencia de alguien cuyo único fin es cobrar dinero público. Dinero de todos.

Creo nadie duda de que, si hubiera un gran respaldo popular, Santi Vila sería más independentista que el propio Puigdemont

Otra cosa es que para descarrilar, más si cabe, este procés lo fomentemos e incluso le anímenos a que tire por ese camino: ¡Vamos Santi, campeón, tú puedes! Aunque, visto lo visto, una cosa es hablar, y otra bien diferente es mantener lo dicho. Por desgracia, en Cataluña el miedo ha llegado a tal nivel que hasta un conseller dice un día una cosa y, al día siguiente, se retracta por pánico a qué dirán. 

Quizás hace cien años, en una época donde Twitter no existía, Santi Vila podría funcionar bien. Ahora, en la era de la información, en pleno siglo XXI, la política ya es otra cosa. Por supuesto, la base sigue siendo la comunicación, pero también debemos sumar la coherencia, las historias personales y --como dirían los americanos-- el background. En resumen, un pasado, unos actos. Uno no sólo debe hablar, sino ante todo debe saber aguantar lo que ha dicho. No hacerlo, esconderlo o tergiversarlo nunca es política, es simplemente sobrevivir. Y, como el procés independentista, Santi Vila, a día de hoy, es ya sólo un superviviente. Simplemente sobrevive porque sin la política no tiene otra cosa que hacer. Otro que pedalea para no caer de la bicicleta.

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¿Quién es... Carles Enric López?
Carles Enric

Soy un tipo corriente. Estudié una carrera en Barcelona e hice un Erasmus en Londres. Me casé, tuve hijos, me divorcié, me divertí, me junté, me separé… y siempre pensé que escribir era apasionante, sobre todo de lo cercano. Mi experiencia en el mundo editorial me permitió entender que vivía en un país que confunde profesionalidad con no tener ideas propias. Eso me preocupó y con los años sólo procuro ser coherente. No me caso con nadie, y eso no gusta. Si busca pleitesía al poder no lea mis artículos.

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