Catalanofobia del odio en marcha

por Carles Enric

15.07.2016
Carles Enric
5 min

Llega el calor y el silencio se adueña de las redacciones. Ya saben, el verano es un tiempo, salvo causa mayor, de escasas noticias. Un brindis perfecto en múltiples ocasiones para chascarrillos u ocurrencias varías. Un momento ideal para campañas breves, calculadas y, seamos francos, con un poco de mala leche.

Los artículos del supuesto profesor López Bofill llamando a la violencia, o algunos tuits propios de mentes enfermas. Poco a poco van inoculando el virus del odio

En nuestro rincón de la España política peninsular todo era tranquilidad. El tiempo pone a cada uno en su lugar. Un gestor desastroso como Artur Mas zarpaba en su enésimo barco a Ítaca con cada vez menos tripulantes. Sigue emperrado el personaje en liderar un proyecto con los resultados más pobres de la historia política en Europa. A su vera, un Gobierno con un presidente únicamente pendiente de pasar sus últimas vacaciones en palacio. Los más fieles, abandonados al calor veraniego. Los radicales, sabiendo de su oportunidad.

Como hemos comentado en más de una ocasión, cuando las cifras fallan es tiempo de los radicales. Aquellos cuya mayoría llega más por los gritos o la violencia que por los votos. En Cataluña siempre hemos tenido radicales. A diferencia de otros lugares, aquí han sido permitidos, y en muchos casos aupados a lugares clave. Son como las ratas agazapadas esperando su momento para comer queso. Silenciosos durante los momentos álgidos del independentismo. Ahora, cuando la caída en cifras y votos de su idea trasnochada parece efectiva, dispuestos a salir a por todas.

Estos años los radicales han aprendido a no improvisar. Han visto que sus actos, propios de principios de los años 30, han funcionado siempre en base al orden y la planificación. Disciplina, órdenes concretas, pensamiento único, organización cuasi militar. Han creado un ejército de fieles partidarios a los que, en muchos casos, les da igual las ideas, el respeto, la democracia, y, sobre todo, la verdad. Son inalienables a su único fin: la independencia.

Actos como el de Portet fueron el primer síntoma. Más tarde, el tema del socorrista. Los artículos del supuesto profesor López Bofill llamando a la violencia, o algunos tuits propios de mentes enfermas. Poco a poco van inoculando el virus del odio. Usan a medios prostituidos a la subvención, como esa cosa denominada elNacional.cat. Allí estuvo el punto de partida de esta nueva acción organizada, con un artículo publicdo en mayo pasado: "El origen histórico de la catalanofobia".

La violencia empieza de forma verbal. Ya veremos cuánto tarda en ser no verbal. La excusa, siempre, la lengua. Ahora sabemos que al final todo el procésse reduce a algo tan sencillo como la lengua. No a la economía, como decían; no al robo, como insinuaban; no a la cultura --algo muy diferente de la lengua--, sino simplemente a la lengua. Y hablar, como motivo principal para la independencia, de un conjunto de signos para comunicarse es cuanto menos extraño. Ellos lo sabían, y por eso ofrecieron argumentos que han ido cayendo mes tras mes.

Por fin, y gracias a su desesperación, hemos visto su realidad. Quieren la independencia para imponer una lengua

Al final, vuelven al origen. Su problema es simplemente de lengua, es el idioma catalán. Un problema ciertamente menor en un mundo global. Y no menor porque las lenguas no sean importantes, que lo son. Sino simplemente porque han montado su vida, su asalto a lo público, dando a la lengua, al idioma, un valor superior a las personas. Han asociado una lengua a una cultura, incluso a una forma de vida. Y, señores independentistas, las lenguas son respetables pero jamás crean un país.

La radicalidad traerá alguna lágrima, más de un dolor. Pero confirmará que al final todos estos años han sido simplemente una gran cortina de humo para seguir robando de la administración pública de todos los catalanes. Muchos años donde se ha permitido que la lengua sea ese ardid supremacista medio oculto entre discursos de economía o sociedad. Por fin, y gracias a su desesperación, hemos visto su realidad. Quieren la independencia para imponer una lengua. Y olvidan que las lenguas no se imponen con odio, simplemente se hablan con respeto.

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