12. La nariz de Cleopatra

14 min
Marco Antonio y Cleopatra / CG
10.06.2017 00:00 h.

¿Cómo habría cambiado la historia si el hijo del último rey-conde de Aragón y Cataluña no hubiera fallecido prematuramente dejando la corona sin heredero? ¿Y si en los tratados de Utrecht de 1713 los vencedores de la Guerra de Sucesión hubieran impuesto a los Borbones el fin inmediato de las hostilidades en la península y el respeto a los privilegios de sus aliados catalanes en vez de abandonarlos a su suerte y exigir el Peñón de Gibraltar para los ingleses? ¿Y si, y si…?

Por qué razón habría de dar por buena la tesis de que la historia político territorial de España alcanzó su perfeccionamiento en una fecha concreta, fuera esta del mes septiembre de 1714 o del mes diciembre de 1978

La fiebre infecciosa que acabó con la vida de Martí el Jove o los intereses geoestratégicos de parte de las potencias europeas alineadas con la Casa de Austria son casualidades de la historia, coincidencias fortuitas que acaban determinando un estado de las cosas. Algo de esto le sucedió al apasionado Marco Antonio cuando conoció a Cleopatra y descubrió su preciosa nariz; se enamoró de tal manera de la reina de Egipto que descuidó sus obligaciones militares hasta el punto de perder la batalla de Actium, lo que significó su derrota definitiva en la guerra civil con Octavio por controlar el imperio romano. Unos cuantos siglos después, Pascal otorgó a la nariz de Cleopatra el honor de dar nombre a la teoría histórica del azar, tan combatida por la mayoría de historiadores como la del determinismo y la inevitabilidad de los sucesos del pasado.

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Ni la nariz de Cleopatra ni la historia por narices. Por qué razón habría de aceptarse como definitivo un resultado provisional de la historia, alcanzado en un momento dado por una combinación coyuntural y caprichosa de los acontecimientos internacionales, o dar por buena la tesis de que la historia político territorial de España alcanzó su perfeccionamiento en una fecha concreta, fuera esta del mes septiembre de 1714 o del mes diciembre de 1978. Una victoria militar lograda sobre un adversario abandonado por sus aliados o un referéndum constitucional celebrado a la sombra amenazadora de la involución franquista ¿pueden significar el carpetazo decisivo a las naciones de la nación, identificables en el tiempo, y a sus aspiraciones nacionales, sean las que sean? 

La presunción de que los diferentes pueblos de las Españas no vayan a poder disfrutar de una nueva ventana de oportunidad para perfeccionar también sus respectivas naciones en Estados, o para modificar el modelo estatal vigente, es de una lógica terrible. El Reino de España pudo inventar una nación moderna al amparo de una posición de fuerza, aprovechando las circunstancias políticas y las teorías absolutistas propicias del siglo XVIII. El Estado nación resultante declaró luego, unilateralmente, el fin de la época de la creación de nuevos sujetos políticos. Sin embargo, la historia reciente de Europa demuestra que, en realidad, la ventana de oportunidad se abre a conveniencia de la comunidad internacional, la última de ellas de par en par tras la caída del muro de Berlín. 

La resistencia, ortodoxamente numantina, de los sectores mayoritarios de la política española a reconsiderar una construcción estatal para muchos insatisfactoria, se ampara en el confortable argumentario de los vencedores ofrecido por la Perversidad de Hegel, desde el que se puede negar todo aquello que no pudo ser cuando debía ser, sin más explicaciones que las ofrecidas por el girar imparable de la rueda de molino: si las cosas sucedieron así sería porque habría una causa determinante; a saber, el destino inexorable de la unidad de España desde antes de ser España. 

El origen del estado unitario español y su eficacia actual como representante de todos sus territorios y ciudadanos será todo lo discutible que se quiera, en su formación se habrán perpetrado tantas tergiversaciones como podamos imaginar, todo será tan cierto como indiscutible es su existencia y suficiente habrá sido su dominio sobre el relato político a lo largo de tantos siglos como para haber forjado un imaginario colectivo, un sentimiento de pertenencia, un consenso sentimental y cultural, una tradición de convivencia bien perceptibles en la sociedad española en su conjunto. No con la profundidad proclamada por algunos, ni compartida por todos, pero sí por una gran mayoría. 

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Los discrepantes de este consenso sobre la conveniencia de mantener España tal como está, con o sin retoques, esgrimen razones, originarias o sobrevenidas, tan creíbles y fundadas como las de sus replicantes; habiendo utilizado ellos mismos para explicar y salvaguardar su singularidad idénticos artificios literarios, académicos y escolares que aquellos. La diferencia no está pues en el modus operandi sino en el desequilibrio de fuerzas sociales e institucionales al servicio de cada causa, aunque la apariencia pueda ser la de un empate técnico.

De aceptarse el principio de la voluntad del “querer vivir juntos” como factor substancial para reconocer a una nación moderna, la forma de organización de ésta solamente podría responder al ejercicio de la democracia, para ser coherentes

Una vez liberados de toda contingencia histórica que nos obligue a nada en concreto ni nos impida nada en particular, instalados en una nueva circunstancia política en la que predomina un visión generacional crítica de los métodos y resultados de la Transición, habría de convenirse que la construcción o deconstrucción de un Estado no debería ser resultado del arrebato parlamentario de unas fuerzas políticas en posición de aprobarlo; ni debería ser negada por la temeraria proclamación de la imposibilidad legal de hacerlo por parte de otras fuerzas igualmente legítimas. 

Es un conflicto democrático que solo debería resolverse de forma democrática. De aceptarse el principio de la voluntad del “querer vivir juntos” como factor substancial para reconocer a una nación moderna, la forma de organización de ésta solamente podría responder al ejercicio de la democracia, para ser coherentes. Una decisión tan trascendente para todos los implicados exige no descuidar lo más mínimo las formalidades y las precauciones en el método para abordarla, evitando la precipitación o la visceralidad generada en una confrontación identitaria.

ferran requejoFerran Requejo, catedrático de Ciencia Política, doctor de cabecera para muchos independentistas, y Alain-G Gagnon, titular de la cátedra de investigación de Canadá en Estudios Quebequenses y Canadienses, describían la complejidad de articular “de una manera justa una democracia liberal en una realidad plurinacional” en un texto conjunto de introducción al seminario ya citado celebrado en Monreal en 2009. La situación política ha cambiado de forma sensiblemente desde aquella fecha, mejor dicho, se ha crispado exageradamente; sin embargo, no parece haberse dado con una fórmula diferente a las de las soluciones clásicas, apuntadas por ambos, para resolver la plurinacionalidad: el federalismo (federaciones, estados asociados, confederaciones, federacy tipo Puerto Rico), la creación de instituciones y procesos de carácter consociacional (consensos entre mayorías y minorías, al estilo de Bélgica o Suiza) y la secesión, como último recurso.

Este catálogo, admitían los dos autores, podría llegar a ser insatisfactorio. Escribían entonces en Reptes pendents a les democracies pliranacionals del segle XXI: “Las sociedades actuales se han vuelto demasiado complejas para ser explicadas por unas concepciones políticas pensadas para un nivel de complejidad social, nacional y cultural mucho menor del actual. Hoy hay que establecer una interpretación mucho más refinada que la ofrecida por el constitucionalismo tradicional de los valores más básicos de la tradición liberal y democrática: la libertad, la igualdad, el pluralismo, la dignidad y la justicia. La complejidad exige teorías más sensibles a las variaciones de la realidad empírica en el momento de establecer la creación de valores legitimadores básicos. Y exige, sobretodo, soluciones políticas, institucionales y procedimentales mucho más apropiados al pluralismo de las sociedades actuales”.  

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En realidad, desde aquella fecha no ha habido ningún refinamiento ni ejercicio de imaginación, no se ha dado con ninguna fórmula, ni clásica, ni inventada ad-hoc. Simplemente, se ha declarado oficialmente abierto el conflicto de malas maneras por parte de todos los implicados. Un caso de desconfianza entre las partes tan perceptible como el de España y Cataluña exige prudencia en dosis exageradas para asegurar la consideración de todas las alternativas existentes. Tiempo y sosiego serán imprescindibles para desgranar las opciones, más o menos ambiciosas y de mayor o menor riesgo: desde la renovación del pacto autonómico a la independencia de algunos de sus pueblos, pasando por fórmulas intermedias para el supuesto estado intermedio de Núñez Seixas.

GagnonEsta perspectiva solamente se presenta como factible con la renuncia de los bandos a sus actuales estrategias. La épica de la unilateralidad asumida por el Parlament de Cataluña y la soberbia política implícita en la vía penal elegida por el gobierno del PP son incompatibles con la apertura del debate social y de la negociación con la participación de todo el arco parlamentario que vienen al caso. Tampoco casaría con esta opción la improvisación de una consulta repentina, al estilo británico, dando respuesta inmediata a la reivindicación escocesa o al desafío de los euroescépticos, fruto de un exceso de confianza del que muchos se habrán ya arrepentido en Edimburgo y en Londres. 

Todo lo anterior nos llevaría otra vez a Canadá y a Quebec; no al seminario allí organizado por el Institut Ramon Lull, sino a su larga querella constitucional. Antes de ser definitivamente aceptada o derrotada, la aspiración a la independencia de los Québécois habrá de superar una secuencia de varios referéndums; aunque todo sigue pendiente desde hace años de una compleja controversia en la Corte Suprema entre la ley federal de la claridad sobre las condiciones de la negociación y la ley provincial del Quebec con sus propias conclusiones al respecto.

Cada conflicto identitario tiene sus razones, su pósito histórico y cultural, una memoria singular de desencuentros y de experiencias fallidas que hacen difícil la aplicación de fórmulas ajenas. Cada país encuentra a la larga su propia vía, sin necesidad de importar recetas aplicadas en otras circunstancias; sin embargo, la referencia canadiense aporta una pausa, una prudencia y una madurez envidiables. La elección del camino más largo y complejo no debería ser rechazada por el solo hecho de no responder a la premisa de la epopeya y las prisas históricas. Mantener abierta la puerta de los cambios el tiempo suficiente para madurar las posiciones debería ser interpretada como una señal de inteligencia colectiva.

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