'Catmikazes'

18.07.2017
Julio Murillo
9 min

En la recta final de un proceso que a estas alturas ya aburre hasta a las moscas –a pesar de que el ritmo de la película es endiablado–, mientras los independentistas de andar a pie triscan como cabras por los riscos, sin badajo en el cencerro y más desconcertados que nunca, llega la hora de la verdad, la hora de los héroes tot per la pàtria i més, la hora de los catmikazes: esos políticos suicidas, orgullo de nuestra nación milenaria, que con un par de lo que hay que tener –en salva sea la parte– emulen a los fanáticos pilotos de los zero japoneses en las postrimerías de la Guerra del Pacífico.

Se trata, básicamente, de arrodillarse y besar tres veces la Santa Estelada Suprema, de dos mil quinientos metros cuadrados, desplegada en Sant Cugat –el tamaño sí importa, que esto va de falocracia pura y dura–; cantar Els Segadors, con los ojos arrasados por las lágrimas; jurar lealtad al cantamañanas del mocho y al beato de Sant Vicenç del Horts; poner el patrimonio familiar a salvo –en Kioto o en Andorra–, y antes de subir al caza cargado de bombas, vaciar de un solo trago una botella de sake, perdón, de ratafía.

Una vez en el aire, impulsados por ese Viento Divino de la ira vieja y el fet diferencial, ya sólo queda elegir el objetivo. Al grito de Banzai! –y con ánimo festivo– nuestros líderes procederán a estrellarse, uno tras otro, contra el Consejo de Garantías Estatutarias de Cataluña, contra el Estatuto de Autonomía de Cataluña, contra la Comisión de Venecia, contra la normativa de la UE y, sobre todo, contra el odiado portaaviones Constitución Española Franquista, construido en El Ferrol.

El tamaño sí importa, que esto va de falocracia pura y dura

Se trata, evidentemente, de causar el mayor daño posible al enemigo y a nosotros mismos, teniendo en todo momento muy presente la arenga efectuada por el Gran Samurái Oliol Junkelas, cuando durante la presentación de las Galantías pala la democlacia: pol un lefeléndum legal, efectivo y vinculante espetó: “La legalidad española es ilegal. La legalidad catalana es legal, superior, y fraternalmente fraterna, porque obedece a los mandatos de la Unicef, la FAO, la Agencia Espacial Europea, Greenpeace, el Club de Fumadores de Pipa, y la ONU. España no cumple con los tratados internacionales que rubricó en su día, porque en la Declaración Universal de los Derechos Humanos se dice que el hombre nació para independizarse. Sí, para independizarse; que el resto es secundario. Así que nosotros cumplimos con el mandato de la ONU, porque no sé si les he dicho que tenemos un mandato de la ONU... ¿Y cómo podría yo negarme a cumplir un mandato de la ONU? ¡Ni quiero ni puedo! ¡Lo nuestro es una misión divina!”.

Toda esta retahila de sandeces capaz de fulminar a cualquiera, puede soltar, a la que le dan un micrófono, el que parece estar destinado a ser el futuro presidente de la Generalidad de Cataluña –Déu meu, huyamos por la izquierda–. Él va y lo larga, y se queda tan campante, con el rostro iluminado por la dicha –en plan beatus ille–, con sonrisa bobalicona, mientras con un ojo mira a Almería y con el otro apunta a Raticulín.

Mientras tanto, el otro iluminado, el Emperador del campanile de Girona, para no ser menos, se aventaba el flequillo a soplidos y soltaba en la Universidad de Barcelona, ante la presencia de 500 caciques de la vara, una amenaza destinada a encoger el alma a todo bicho viviente: “¡Les damos miedo, y más que les daremos!”.

Confieso que sentí terror al escucharlo. Poco después, cuando aún nos temblaban las piernas a todos, guillotinó a Jordi Baiget, al que el papel de catmikaze le venía muy grande, por poner en tela de juicio la deriva que les lleva, a ellos y a nosotros, a ir a freír espárragos en Ítaca. El buen hombre, en un arrebato de sinceridad, argumentó que el poder del enemigo bien pudiera ser causa de aplastante derrota, y que él podría incluso asumir ir a la cárcel, pero que lo de suicidarse y suicidar su patrimonio ni hablar del peluquín.

El tinglado se les cae, todo se desmorona a su alrededor, y tienen claro que tras haber engañado a cientos de miles de personas durante cinco años, o cumplen con lo prometido o salen por piernas y no dejan de correr hasta Tombuctú

Puigdemont no podía permitir semejante traición al credo único en tiempo de guerra, y ni se lo pensó: lo fulminó, pese a la protesta y pataleo de algunos. Y atrapado como está por la tenaza de ERC y la CUP, ha seguido dándole, en los últimos días, a las tijeras de podar. Crisis de Govern al canto y limpieza de sotobosque y matorral. Adiós a Neus Munté, Jordi Jané y Meritxell Ruiz, patriotas, por lo visto, de medio pelo. Porque no son éstas horas de tibieza, duda o comedimiento. Sus sustitutos, Jordi Turull, Joaquim Forn y Clara Ponsatí, respectivamente, encarnan la esencia perfecta del guerrillero estilo unabomber que tanto precisa Cataluña en estos momentos: dispuestos a la inmolación personal, a la guerra sin cuartel y a llegar hasta el final, peti qui peti...

La última sacudida la ha protagonizado hace escasas horas el director de los Mossos, Albert Batlle, que ha presentado su dimisión, probablemente por haber sido puesto en un brete por Cocomocho y su guardia pretoriana; ya saben: “O dimites por las buenas o te dimitimos por las malas”. Asegurarse, tal y como está el patio, una obediencia ciega por parte de los Mossos en el referéndum del 1 de octubre es esencial para toda esta caterva de iluminados. El tinglado se les cae, todo se desmorona a su alrededor, y tienen claro que tras haber engañado a cientos de miles de personas durante cinco años, o cumplen con lo prometido o salen por piernas y no dejan de correr hasta Tombuctú.

Esto no ha hecho más que comenzar, amigos. Al calor de un verano sofocante se une la demencia de unos sectarios dispuestos a alimentar la caldera a base de mucha nitroglicerina. Y a la combustión infernal le llaman democracia. Mientras tanto, Mariano dice que no es preciso aplicar ni el 155 ni ningún otro protocolo de emergencia nacional, y hace volutas con el humo del puro mientras mira al infinito... ¿Hay alguien más ahí? ¡Que Dios nos coja confesados!

Lo dicho, es la hora de los catmikazes, la hora de la inmolación colectiva y colegiada. Damas y caballeros, sediciosos todos: pongan a salvo sus carteras, acciones, inmuebles y patrimonio, y estampen sus firmas. Bon cop de falç i... Banzai!

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¿Quién es... Julio Murillo?
Julio Murillo

Periodista, escritor, director creativo y experto en publicidad y comunicación. Formé parte del elenco de periodistas especializados en música y cultura durante los años setenta y ochenta en revistas como 'Vibraciones', 'Ajoblanco', 'Rock Espezial', 'Rock Deluxe' y 'El País'. He sido director de publicaciones mensuales en RBA Revistas y Grupo Godó-La Vanguardia, al frente de la edición española de 'Playboy'. También he sido responsable de innumerables campañas de publicidad para grandes marcas. En los últimos diez años me he dedicado a la literatura, con seis novelas publicadas y una séptima en camino. He sido finalista y ganador del Premio Alfonso X El Sabio de Novela Histórica, en 2005 y 2008 respectivamente. Melómano hasta la médula, yo soy yo y mis vinilos. Asisto con perplejidad y desazón al armagedón social, político y económico de nuestro tiempo.

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