Las operaciones mágicas de Gustav Metzger

Ignacio Vidal-Folch
4 min

Extraordinaria en Gustav Metzger, que falleció el pasado día 1 en Londres, a los 90 años, y al que recientemente el MUSAC de León le había dedicado una retrospectiva, es, en primer lugar, la potencia de algunas de sus piezas impactantes ya a primera vista: los arbolitos pelados, trémulos, secos, clavados boca abajo en una plataforma de hormigón, con las raíces muertas al aire, como tétrica alegoría del desastre ecológico; o la reproducción a gran tamaño de la conocida, anónima fotografía del niño manos arriba en el gueto de Varsovia, sobre la que Metzger apoya un montón de escombros, sencillo trampantojo que lo arranca del embrujo de su condición icónica y antigua y lo devuelve a su naturaleza humana y al día de hoy.

Dicho sea de paso, en cuanto al recurso a imágenes de la Shoá, que en tantos otros es indecente apropiación buenista, Metzger, niño judío que perdió a sus padres en un campo de exterminio y se fugó de Alemania por milagro, estaba plenamente autorizado: con la autoridad del daño real, no impostado con el kitsch siniestro de tanto novelista de pijama a rayas y de tantos ventajistas de la industria del holocausto.

Lo extraordinario en Metzger era su juguetón balanceo en el filo de la dialéctica entre la pulsión creativa y su empeño autodestructivo

Más allá de esas y otras piezas ciertamente impresionantes, lo extraordinario en Metzger era su juguetón balanceo en el filo de la dialéctica entre la pulsión creativa --que se supone es el atributo por excelencia del artista-- y su empeño autodestructivo --la extinción de sus propias obras concebidas sólo para arrojarles ácido, incendiarlas o someterlas a otras operaciones de liquidación--. Había en esa singular deriva una intención (¿o una excusa?) didáctica: la reiterada advertencia jeremíaca de que nuestra explotación mecanicista del planeta conduce fatalmente al desastre ecológico, la extinción de las especies, el cambio climático y el apocalipsis. Contra la cosificación del mundo, destrucción de la propia obra.

Aunque este discurso de denuncia no me interese mucho, lo respeto y sé que llevaba razón, que seguimos un camino de perdición. Y al fin y al cabo fue precisamente esa voluntad política de predicador de la ecología lo que le llevó a abandonar durante décadas los circuitos del arte: destruir la propia obra está muy bien, pero más extremo, radical y puro es renunciar a hacerla. Cuando --como en este caso-- no impide estar presente y hablar por los codos, no hay gesto más elocuente que el silencio y la ausencia. Nunca fue Metzger más artista y más Duchamp y Beckett y más gato de Schrödinger que cuando cerró el taller y tiró la llave al río y se fue hasta perderse de vista, y luego, como tenía una copia de la llave, volvió a entrar.  

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario Papel y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.

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tobermory 12/03/2017 - 14:38h
Tienes toda la razón musical, el penúltimo “Amazing Game” de Paolo Conte es en sí mismo un mundo de músicas a explorar. Ahora lo tengo puesto y tiempo al tiempo. Puestos a pedir que sea mucho y bien, que no se nos seque la yerbabuena y a seguir largando hasta por los codos. Una copia de la llave del taller es indispensable cuando uno propende a tirarla al río con cierta frecuencia, je ne sais pas pourquoi. Y más si se nace huérfano por un maldito aerolito o –como en este caso- se nace solito en casa mientras los progenitores se divertían prosaicamente con los amigachos en el revientaferias del pueblo. Y ya la leche una llave maestra o una gatera para entrar y salir de la puñetera caja a voluntad sin quedarse frito a la primera. Amén, amigo Ignacio.
tobermory 12/03/2017 - 14:43h
PD De un salto cibernético me planto en el penúltimo álbum de Avishai Cohen, Almah, que es una delicia musical junto con toda su discografía. Qué pasión pone el jodio Avishai en sus composiciones y tocando el contrabajo. Sus actuaciones son un vicio familiar cuando aparece por Barcelona donde tiene una legión de fans muy entusiastas. Hasta el punto de que en una de éstas idas y venidas iba a tocar en el Jamboree (que en un aforo tan reducido no sabía yo) y allá fuimos los cuatro a disfrutar con su tocayo el trompetista y compositor y a tomar unas birras en primera fila por cuenta del yerno, y también estuvo muy bien. Un abrazo.
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