'Políticos' y libros oraculares

Manuel Huertas repasa la obsesión de los poderosos a lo largo de la historia por controlar el futuro

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'Políticos' y libros oraculares
12.07.2017 00:00 h.

Augusto (63 a.C.-14 d.C.) fue un emperador paradójico. Su gobierno se presenta como un periodo floreciente en cuanto a cultura, entre otras, porque bajo su mandato Virgilio escribió la Eneida, una epopeya que contempla el destino de Roma. Pero no es menos cierto que el tan celebrado ciclo áureo se construyese sobre la maniquea exclusión de autores y la destrucción de libros.

El hombre que acabó con la República y se erigió emperador destruyó los tratados de historia de Timágenes y Tito Labieno. Quedaba claro que quien controlase el pasado controlaría el futuro, como diría George Orwell en 1984, pero eso no era suficiente. Había que evitar predicciones desfavorables que pusiesen en duda su política. A finales del año 12 a.C., Augusto confiscó y quemó 2.000 libros oraculares. No obstante, ni siquiera ese Estado de única lectura pudo apagar el deseo humano de proyectar una mirada hacia el futuro. Y como de la quema se salvó la Eneida, el pópulo aprendió a obtener vaticinios de ella.

Estas suertes virgilianas fueron muy populares y se practicaron durante largo tiempo. Incluso el joven Adriano (76-138 d.C.) encontró en la Eneida su verso propicio, cuando Eneas ve "al rey romano cuyas leyes renovarán Roma". Constantino (232-337) también las empleó para conseguir más adeptos entre los paganos. En el Concilio de Nicea (325) expuso que el poema hablaba de la llegada de Cristo.

Tras la caída del Imperio, la Iglesia​ llenó el vacío de poder. En la cúspide, se encontraban obispos que gestionaban ciudades y papas que gobernaban como emperadores. Y dado que su poder se fundamentaba en la fe, no existía mayor enemigo que un hereje, un visionario, alguien que prodigase profecías de potencialidad incendiaria. Los dominicos dieron buena cuenta de ellos. Ningún profeta podía sustituir a un estadista ungido por la mano de Dios.

Putin

Con Napoleón se inventó al uso una curiosa historia. Durante las campañas de Egipto, cerca de Tebas, se halló una momia con un papiro depositado sobre el pecho. Se trataba de un oráculo, que una vez traducido al alemán fue consultado por el general. Absorto quedó Napoleón al comprobar que las respuestas coincidían con los hechos vividos. Pero sorprendentemente, ese manuscrito, que le acompañó en todas las batallas, se extravió en la de Leipzig (16 al 19 de octubre de 1813), donde cayó en manos de un oficial prusiano. Éste lo vendió por unos cuantos napoleones a un prisionero de guerra francés, que se lo hizo llegar a la emperatriz. María Luisa, conocedora de su importancia, dio la venia para que se tradujese al inglés y se divulgase. Lo primordial era que la gran mayoría creyese que en el cielo, o un poco más abajo ya en la tierra, existiese alguien que supiera dónde vamos y así nos pudiese conducir. Este es el ideal al que aspira todo poder: la previsión adecuada para una planificación perfecta que, sin embargo, nunca consiguen, ni tampoco les importa. Los desbarajustes generan más proyectos de futuro y de eso viven los políticos.

Palabras que están cambiando el mundo es el libro que Putin regaló a 1.500 empleados del Gobierno ruso. Antón Volodín es su autor, su Virgilio, quien asegura que su presidente "es un profeta. Todo lo que ha dicho se ha cumplido. Si todos los países le hubieran hecho caso, nos habríamos evitado muchas tragedias, como guerras y la llegada de cientos de miles de refugiados a Europa". Y para gusto los colores: el libro de Mao era rojo, el de Chávez azul, el de Gadafi verde y el de Putin blanco. ¿De qué color será el del gobierno de Junts pel Sí? Junqueras se encomendó esa labor tras tachar de apocalípticas los vaticinios de García-Margallo sobre la autoexclusión de Cataluña de la Unión Europea. "No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo, retened lo bueno", aconsejaba Pablo en Tesanolicenses 5:20.

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