De candemor, mundo viejuno y latineo

Carlos Robles disecciona el nuevo fenómeno de mundo del humor en nuestro país, Pantomima Full, el dúo formado por Rober Bodegas y Alberto Casado

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De candemor, mundo viejuno y latineo

La patria son los chistes. Recuerdo a una eminente filóloga hispánica recién llegada de Moscú pagándose clases particulares a precio de oro para tratar de desentrañar los estragos léxicos causados por Chiquito de la Calzada a su querida lengua castellana. Uno no empieza a ser de un lugar hasta que no entiende sus chascarrillos, sus tiras cómicas, hasta que no remeda sus gags. Podríamos trazar la historia de una civilización atendiendo a la influencia de sus humoristas sobre el habla popular: la nuestra estaría formada por Eugenio, Martes y Trece, Faemino y Cansado, Arús, Chiquito, Polònia y --mal que nos pese-- José Mota. No tengo claro que los chicos de La Hora Chanante hayan conseguido romper ese techo de popularidad --aunque sí sus expresiones-- y la atomización parece ir a más. Tal vez no volvamos a tener un fenómeno humorístico intergeneracional en nuestra vida. Es un alivio. ¿No?

Mi colega X. me enlaza unos vídeos --presuntamente humorísticos-- y me dice que escriba sobre ellos. El cuñado que llevo dentro levanta la ceja de la desconfianza: son de producción sencilla y duran apenas un minuto. "Lo que menos necesitas ahora son otro par de treintañeros presuntamente graciosos mirando directamente a cámara y soltando topicazos", me dice el tipo, ensañándose. "Mira, suenan tan mal que los han subtitulado", sentencia.

La trayectoria de Pantomima Full (Rober Bodegas y Alberto Casado) parece estar escrita por aquel Woody Allen finisecular que escribía retazos de películas brillantes. En Granujas de medio pelo unos ladrones desastrosos comandados por un perfecto idiota alquilan un local al lado de un banco para excavar un túnel y así poder atracarlo. Para que el butrón no levante sospechas, la esposa del ladronzuelo debe montar una tienda de galletas como tapadera. El plan, claro, no sale según lo previsto: el ladronzuelo ha calculado mal y el túnel desemboca en una tienda de ropa donde le espera la policía para arrestarle junto a toda su banda. Pero la pastelería tiene tanto éxito, es tan rentable, que el policía --emprendedoramente corrupto-- les propone que lo acepten como socio en el lucrativo negocio de galletas a cambio de hacer la vista gorda.

Los primeros veinte minutos de la película de Allen son tan brillantes que ya se han independizado del resto del metraje (una corrosiva y descacharrante radiografía de lo kistch por otra parte) y se han convertido en el epítome del éxito lateral, de querer centrar y meter el golazo de tu vida.

Sencillos y adictivos

Los Pantomima han protagonizado algo parecido con los vídeos que me ha enviado X. El dúo cómico estaba buscando la manera de publicitar su espectáculo sin grabar un anuncio al uso. Querían algo que se escapara del spam promocional, que no resultara un coñazo. Así decidieron pergeñar unos pequeños retratos costumbristas --cámara en mano, cierto aire chanante-- que han acabado por convertirles en virales.

En esta casa no nos impresiona el número de reproducciones --ese nuevo Ibex-- pero algo sucede cuando los tipos empiezan a soltar sus monólogos llenos de sentencias de perogrullo, lugares comunes llevados al extremo y latiguillos generacionales.

Las piezas están protagonizadas por arquetipos bien conocidos: el canallita, el sumiller, el corporativo, el runner y el indie pesado. Resultan tan adictivos como sencillos: tienen algo del humor marciano de Noguera pero juegan en una liga más accesible y cercana. Tienen el oído de un Martín Santos del siglo XXI para retratar nuestras maneras de adolescentes viejunos, el arrojo necesario para meter el dedo en la llaga, el valor de disparar contra su hipotético público potencial. Nosotros mismos. Por decirlo con Rimbaud, nos hace percatarnos de que en realidad "yo es el cuñado".

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