'Nolite Te Bastardes Carborundorum' hay que decirlo más

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Fotograma de la serie 'El cuento de la criada' / CG

Así como las lectoras norteamericanas se arracimaban en el puerto de Nueva York para recibir a Charles Dickens en su gira por el continente y calmar así su sed de historias, así los círculos seriéfilos hemos ido esperando nuestra dosis de la nueva serie de culto The handmaid’s tale como pura ficción no cortada, I’m waiting for the man; excelsa metadona catódica. Ya las pantallas no llevan tubo, pero aceptadme el arcaísmo porque la serie --con su aire a clásico instantáneo, con su fotografía cuidadísima, con esos diálogos líricos y lacerantes-- adapta fielmente la novela escrita por Margaret Atwood a mitad de los ochenta: pensad en la tele como lectora profesional infalible, como prescriptora definitiva de alta cultura.

El cuento de la criada --no me neguéis que el cable ha hecho más por la lengua inglesa en año y medio que siete leyes educativas en toda la democracia-- tal vez sea la ficción que mejor narra la mala conciencia de la sociedad occidental acerca del papel de la mujer en el mundo contemporáneo: cuenta las aventuras y desventuras de una exeditora esclavizada en una teocracia patriarcal y ecologista --ríete tú del manspreading-- sita en un Estados Unidos postnuclear. La serie abunda en horrores, pero la pasividad con que los XY se toman el nuevo papel de sus compañeras tal vez no sea el menos lacerante.

Los capítulos de la primera temporada atracaban cada miércoles al muelle negro de HBO mediante la corriente, siempre insuficiente, de nuestro ancho de banda. Alrededor de los mismos, diez capítulos a razón de 50 minutos de goce terrible, certificados 100% libres de machismo por el test de Bechdel, nos hemos ido reuniendo la madre y el millennial, el tío futbolero y la catedrática, la activista y el adicto, hermanándonos en una suerte de manifestación feminista y comodona: que ya sabemos que si no es con wifi y cuenta atrás para nuevo capítulo no es nuestra revolución.  

Lo que añade la imagen de la serie

Pero si esta es otra distopía, me diréis, esos culebrones para licenciados. Que tal vez Trump se la despache como utopía, dice otro. Que parece un cruce pretencioso entre hipsters y menonitas, vale. Que si Juego de Tronos es tetas y dragones, esta sería violación reproductiva y cofias, acepto. Que aunque sea tan buena como dicen los púlpitos culturetas, sería más provechoso leernos la novela de Atwood recién reeditada por Salamandra. Y ahí sí que no. No es que la novela sea mala, pero si prescindimos de su versión televisiva nos perderíamos el halo de su protagonista: una Elisabeth Moss de voz y mirada hipnótica, una Marlene Dietrich vecinal, que consigue sobrecogernos al arrullo del monólogo interior que explora los recovecos de su psique doliente e indómita.

Además la serie también ha popularizado el latinajo macarrónico del título: "Nolite te Bastardes Cardodorum" sería algo así como “Que los bastardos no te jodan” y sirve tanto para un roto como para un descosido. La consigna ha ido apareciendo en camisetas, chapitas, tatuajes y demás mercadotecnia: que te enteras que Dylan ha plagiado parte de su discurso de aceptación del Nobel: Nolite Te Bastardes Carborundorum. Que vas encadenando contratos basura: Nolite te Bastardes Carbodorum.  Que las temperaturas suben y los casquetes se funden: Nolite te Bastardes Carbodorum. Que hay que esperar unos meses para ver la segunda temporada, pues siempre nos quedará verla de nuevo: lo importante no es ver una serie, sino reverla, diría un posible Borges contemporáneo, después de corregirse a láser la miopía salvaje.

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