¿Nos toma el pelo David Lynch?

Laura Fernández analiza el universo de este artista irrepetible con motivo de su documental 'The Art Life'

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david lynch

Un día cualquiera en la vida de David Lynch es un día en el que pinta y esculpe. En sus cuadros hay tipos altísimos, tipos con cuchillos en camas ensangrentadas que no parecen tipos, teléfonos negros que alguien ha, misteriosamente, descolgado, cabezas que huyen de cuerpos, manos que sujetan esas mismas cabezas, gente en llamas, llamas que casi siempre son negras. En sus cuadros, como en sus esculturas, todo resulta invariablemente aterrador. Desagradablemente incómodo. Y cualquiera podría imaginarlo atormentado, golpeando el lienzo o ensamblando las piezas, deformando alambres, lo que demonios haga para crear su peculiar y bizarrísimo arte.

Pero todo aquel que haya visto The Art Life, el portentosamente íntimo documental dirigido por Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental que es como un puñado de piezas sueltas del enigma Lynch, o lo más parecido al retrato de un artista adolescente que jamás dejará de ser un artista adolescente --profundamente marcado por una infancia arrolladoramente feliz en los suburbios y la visión, una noche cualquiera, de una mujer desnuda salida de la nada, que se aproximaba a él por la carretera, la carretera que discurría junto a su casa, y que además de desnuda parecía ensangrentada--, sabrá que no es así. Porque Lynch habla, cuenta una historia, otra, juega con su hija de cuatro años --Lula-- y a la vez está esculpiendo, coloca un alambre aquí y otro allá, esboza un cuadro collage, el cigarrillo colgando de los labios, el pelo revuelto, la taza de café en la mesa, no hay atisbo de tormento. Hace lo que haría de todas formas: crear. Y lo que crea son pesadillas.

El universo Lynch

Lynch confiesa, en el documental, que si llegó al cine, si llegó a la televisión, fue a través de la pintura. Que le bastó descubrir que uno podía ser pintor para darse cuenta de que no quería hacer otra cosa que pintar. Y, en cierto sentido, eso es todo lo que ha hecho. Porque su cine, su televisión, es también pintura, artefacto de vanguardia, instrumento, sueño, pesadilla, collage expositivo de distribución internacional. Porque no, Lynch no está tomando el pelo a nadie con el metraje pincelado de la nueva Twin Peaks. Porque la nueva Twin Peaks no es una mera serie de televisión en el sentido en que la por momentos terrorífica y abismalmente profunda Inland Empire no era una mera película. Una y otra son obra de Lynch y en tanto que obra de Lynch, decíamos, sueño, pesadilla, collage expositivo, broma (a ratos, macabra) infinita.

La televisión no tiende a abandonar el terreno seguro y firme de lo estrictamente narrativo para jugar a golpear, incomodar, destruir, no narrar, o cualquier cosa que al autor se le ocurra. La televisión de Lynch es, en ese sentido, una televisión instrumental, pues está al servicio del yo sin concesiones de su autor. Sí, Dale Cooper, nuestro querido agente Cooper, se ha convertido en un bebé gigante, en un perro estúpido --oh, todo ese Dougie, Dougie, DOUGIE--, y a veces habla con tipos diminutos y con árboles chicle que no existen, y todo resulta tan maravillosamente absurdo que incomoda. Pero sólo incomoda a aquel que no está dispuesto a aceptar que la televisión puede ser también, y por qué no, únicamente una experiencia estética, tan poderosamente profunda como aparentemente vacía.

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