Chaves Nogales, ¿adónde va Cataluña?

Los ocho reportajes que el periodista publicó entre febrero y marzo de 1936 son un fino y certero análisis de la dinámica secesionista catalana en la II República

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Chaves Nogales, ¿adónde va Cataluña?

Eso fue para Manuel Chaves Nogales escribir en los periódicos: una forma de estar en el mundo. Ejerció el oficio con el pulso de saber decir lo que había visto con ideas secas y templadas. Con la forma exacta del entusiasmo. Para acabar poniendo en pie una obra en rebeldía. Impulsado por la curiosidad simple de ir, mirar y contar, tienen sus crónicas una elegancia en extinción, un olfato desmedido para sacar de lo nuevo lo más importante. Pero también un lenguaje propio: él fue uno de los de aquella tripulación que le descubrió al periodismo su mucho de literatura por dentro.  

Aprendió la profesión en aquellas redacciones de intenso humo y alcohol malo donde los periódicos empezaban a resolverse tarde, con los plumillas alrededor de una mesa entre noticias de primera mano y chascarrillos de velador de café. Pero Chaves Nogales no fue una momia de redacción, sino que se confeccionó para el periodismo trotando por el mundo: viajó en avión por toda Europa y la Unión Soviética, vislumbró la llegada del nazismo, percibió pronto el fracaso de la revolución bolchevique y le tocó contar el derrumbe de una República en la que, como el “pequeño burgués liberal” que era, creyó ver el mejor de los destinos posibles.

El secesionismo catalán en la II República

Atento al presente, el periodista se asomó a la dinámica secesionista que se estaba gestando en Cataluña durante la II República. Lo hizo, en concreto, en dos ocasiones. En la primera, entrevistó en diciembre de 1931 para el periódico Ahora al presidente de la Generalitat, Francesc Macià, quien había proclamado el 14 de abril de forma unilateral la República catalana. La segunda ocasión se dio entre febrero y marzo de 1936 a través ocho reportajes dirigidos a conocer cuál era la situación tras el triunfo electoral del Frente Popular. Los textos iban acompañados, también en Ahora, de abundante material gráfico.  

Al respecto, María Isabel Cintas, la gran especialista en la obra del periodista, apunta en la biografía Chaves Nogales. El oficio de contar (Fundación José Manuel Lara): “Cronista siempre de su tiempo, iba tras los acontecimientos para proporcionar al lector, no sólo una cumplida información, sino un punto de vista, el de superación de extremismos que ayudasen a mantener el Gobierno legalmente salido de las urnas, que era la postura de su periódico y la suya propia”. Y, en este sentido, añade: “Chaves fue deseoso de encontrar ‘un estado de ánimo de buen augurio para Cataluña y para España’”.

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Reproducción del reportaje '¿Qué pasa en Cataluña? Después de haberse comido el sapo', fechado el 27 de febrero de 1936 en Barcelona

Uno de los atractivos de los reportajes de Manuel Chaves Nogales es, sin duda, el esfuerzo por desentrañar los mecanismos del soberanismo catalán durante la II República, algo que, con su lucidez periodística habitual, parece descubrir bien pronto. Así, en la primera de las informaciones, titulada En la hora del triunfo (26 de febrero de 1936), reconoce: “El separatismo es una rara substancia que se utiliza en los laboratorios políticos de Madrid como reactivo del patriotismo, y en los de Cataluña como aglutinante de las clases conservadoras”.   

Soberanismo conservador

Tal como ha destacado el editor David González Romero en el prólogo de ¿Qué pasa en Cataluña? (Almuzara), compilación de estos reportajes de Chaves Nogales, el periodista “parece saber bien a dónde va, especialmente a la hora de seleccionar el grupo de voces que le servirán para dibujar la situación”. Así, está convencido de que la situación de Cataluña la definen mejor los que están tras una “discreta cortina”, aquellos que no parecen afectados por la vibrante actualidad de las calles, que los protagonistas de las grandes movilizaciones ciudadanas.

“Voy preguntando a los hombres representativos de Cataluña qué es lo que piensan del momento presente, qué es lo que quieren, adónde van. Mi encuesta es, hasta ahora, bastante satisfactoria. En Cataluña no pasará nada. Es decir, no pasará nada de lo que el español no catalán recela... En Cataluña hay, por encima de todo, un hondo sentido conservador que se impondrá fatalmente”, escribe el periodista, quien reconoce la capacidad del pueblo catalán para unirse al fervor soberanista: “Entusiasmo. Entusiasmo. En ninguna región de España se sabe lo que es el entusiasmo popular si no es en Cataluña”. 

Esa pulsión conservadora que percibe Chaves Nogales en el soberanismo catalán sale a relucir en los clarividentes comentarios sobre la economía que le ofrecen sus fuentes. “Las clases conservadoras de Barcelona --anota-- están formadas por una burguesía industrial cuya prosperidad está ligada a un régimen de salarios altos y capacidad adquisitiva del obrero en toda la península. Los fabricantes catalanes lo aprendieron bien durante el primer bienio de la República. Jamás los industriales de Cataluña han vendido tantos utensilios de cocina como los que vendieron en los pueblecitos andaluces nuestros viajantes durante el ominoso bienio”. 

La historia se repite

Más tarde, por esta vía del conservadurismo catalán, el autor de A sangre y fuego asesta un golpe mortal y despiadado a la clase política de Cataluña: “Los parlamentarios catalanes son malos, notoriamente inferiores a su edificio, porque un buen parlamentario no se improvisa ni se construye tan fácilmente como un Parlamento”. “Reconozcamos --añade-- que Cataluña tiene esa virtud imponderable: la de convertir a sus revolucionarios en puros símbolos, ya que no puede hacer de ellos perfectos estadistas. Lo uno vale lo otro”. Y remata: “Ochenta y tantos hombres que quieren seguir cobrando unas dietas no tienen derecho a restar calidad a un pueblo” (La política y el verbo, 8 de marzo de 1931). 

Finalmente, Chaves Nogales ilustra la deriva del soberanismo catalán en la II República a través de la fábula de dos aldeanos que, a raíz de una apuesta estúpida, acaban comiéndose un repugnante sapo. “Si las izquierdas no querían lanzarse a una aventura revolucionaria --ya se ve hoy bien claro que no lo quieren--, ¿por qué la intentaron? Si las derechas no pretendían acabar con el régimen autonómico, ¿por qué fueron contra él? Ahora, después de haberse comido el sapo mitad por mitad, resulta que ni las derechas fueron tan capaces de acabar con el Estatuto ni las izquierdas quieren otra cosa que mantenerlo”. Palabra de periodista.

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